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El primer día del resto de nuestras vidas

RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Martes 3 diciembre 2013 | 16:32

Sinceros como pocos, los chiquillos también son espontáneos. No soy el único que lo escuchó. Puerta del Astillero, Esteiro. El viernes de la luz y el fuego, 29-N. Ante la antigua Bazán, esperábamos el alumbramiento de las antorchas. El brillo en la penumbra, el enésimo intento por llamar la atención de los poderosos. De los que pueden decidir nuestro destino.

Y un niño soltó lo más natural que se puede oír. “Mi padre se va a quedar sin trabajo”, dice. Muy probable. “Va a haber huelga”, añade. Menos acertado. Al menos, por ahora.

Asiste al nacimiento del caos con la madurez que escasea en mentes adultas. Sabe que en casa no habrá tiempo para muchas alegrías. Aunque no lo diga. Que Navantia puede decir lo que quiera, pero de un tiempo a esta parte los que pagan el pato son los empleados de la industria auxiliar.

Peores condiciones laborales, estabilidad cero, poco a lo que agarrarse. Un día, se cierra la puerta y no hay tiempo para recoger los recuerdos.

No mide más de medio palmo. Los ojos de un chaval. Gritos en la oscuridad, velas y calabazas encendidas cuando acaba noviembre. Una fiesta alternativa al Samaín. Piel de gallina que calienta el ambiente en una sesión de otoño.

Acostumbrado a aguantar un micrófono, ahora me aferro a un cuaderno y un bolígrafo. A veces, a un teléfono se supone que inteligente. Me senté en las escaleras de la casa de mi pueblo. Escuché cómo hablaba la noche, a María Manuela cantando como pocas aunque no tenga la fama de otras.

Tomaba notas. El iPhone hervía. Mensajes de aliento. Miré al cielo, miré a las estrellas. Ya me detuve en ellas el miércoles, mientras cruzaba Castilla en la madrugada junto a alcaldes y dirigentes en un autobús. También me fijé en la luna. Recordé muchas cosas, pensé que mereció y merece la pena. De la pancarta a Os Caladiños del siglo XXI, de matinal de jueves en Madrid a noche de viernes en A Magdalena.

He pensado estos días, tendré la mente como uno de esos renacuajos, que los barcos también tienen ojos. Que el Adelaide atravesó la ría sabiendo lo que deja atrás. Es nuestra desgraciada primera vez, la ciudad creada por el Estado como laboratorio para exitosos experimentos se queda sin trabajo. Como dijo este martes la vicerrectora, aquí “se copió lo mejor de Europa y se excluyó lo malo”. Lo afirmó el Marqués de la Ensenada.

La “ciudad más cosmopolita del norte de España”, almirante Manuel Garat dixit. Estos días abrimos informativos. Por fin. Pero tampoco nos emocionemos. Como las guerras de países lejanos, será por unos días. Vitales. Definitivos para que, en caso de que falte alguien, todos sepan qué pasa.

No en vano, la ropa cuelga de la verja. Carga de dignidad. Lágrimas ocultas de los miles que no saben qué hacer. Que se sienten defraudados, abandonados a su suerte.

“Nunca choveu que non escampara” fue mi frase de referencia durante una etapa. Pero no es fácil soltarla ahora. No hay consuelo. No basta con insuflar ánimo y dar una palmada en la espalda, acaso un abrazo de los fuertes. Pero, qué quieres que te diga, yo ya espero al 2014. Por qué no, a esta Navidad. Estos últimos años no tenía ganas de celebrar nada. En cambio, y sin ser el nuevo Onassis, esta vez me pido descanso y excesos.

Bueno, tampoco pido mucho. No he redactado lista de regalos, acepto sorpresas. Así, en general. Quiero despertarme y verme agarrado a una Red Vintage y a tu sonrisa. Lo siento por los incrédulos, pero yo creo en el futuro. Y, sí, en la protesta. Nacida para incomodar al que ocupa el sillón. Para recordarle que estamos aquí abajo, llamándole la atención por su incapacidad para gestionar, para hacer lo que se espera de él.

Paso del Adelaide entre castillos (foto: Navantia)

Paso del Adelaide entre castillos (foto: Navantia)

Muchos se quejan de tanto lamento. Díganme qué más podemos hacer, si en esta ciudad solo sabemos despellejarnos. Ser los más críticos del lugar, los primeros en rajar. Ahora cualquiera entiende del naval. Con ínfulas de padre que lo sabe todo, muchos opinan sin conocer nuestra realidad.

Hablan de diversificación, que nos han negado durante años. Hablan de un sector que ha cambiado con los tiempos, pero los astilleros no son adaptados a ese vértigo.

Eso sí, somos una ciudad con horarios de funcionario. Acostumbrada a veces a las vacas gordas, a cerrar a la una y media de la tarde. Que se queja por las nuevas tendencias cuando ni se esfuerza en adaptarse a ellas. Pero entregada a la Defensa, privada de su primera línea de costa. ¿No se dan cuenta?

Banalización del problema. Tópicos. Daño gratuito a una ciudad que sobra. Pero, claro, qué te esperas en el lugar en el que solo los amigos aciertan y todos los demás son enemigos e ignorantes. Y tú más, fulanito hizo no sé qué cuando gobernaba.

Si se trata de historia, diré que mi familia es una de esas perfectamente repartidas. Con rama sindicalista criada en la cuna de Bazán y otra militar igualmente curranta en la férrea dictadura. Urbe atravesada entre izquierdas y derechas que apostó por primera vez por una mayoría absoluta. La del PP de Rey Varela, superado el ecuador de su mandato. El alcalde que más difícil lo tiene desde Quintanilla.

Este martes es el primer día del resto de nuestras vidas. El siguiente a la marcha del Adelaide. A través de la mirada de ese niño, pienso que está por llegar el despertar. Lo visualizo. Con la calma de lucir camisa vaquera para ir al cine a ver otra de americanos en Irak. Noches de sábanas blancas sin la incertidumbre del día después.

Entremos en razón. Ya tendremos tiempo para otras cosas. No dejemos que nos hagan daño. Es difícil, sí. A veces, quieren enseñarme a callar lo que me molesta. No me apetece. Prefiero lanzarme a la piscina. Y equivocarme. Pelear por lo mío. En lo que creo. Aunque me caiga la enésima bofetada. Que vean tu cara pese a que estorbe.

No siempre se gana en la vida, pero ya basta de derrotas. Sequémonos las lágrimas, no nos llevarán a ningún sitio. Limpiémonos de convencionalismos, salgamos a la calle. Es cosa de todos. El secreto está en nuestros ojos. Solo hay que abrirlos. Y actuar.

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