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Ferrol para principiantes

RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Martes 10 diciembre 2013 | 17:05

Dame la mano. Déjate. Arráncame una carcajada de felicidad. Quítate los zapatos y atraviesa conmigo el tablero de A Magdalena. Estás en casa. Desembarca en Ferrol Vello. Será más fácil aparcar. Relativamente. Te enseñaré el árbol que animó mis tardes, las calles silenciosas de una antigua villa pesquera y las tabernas en las que comer y llenar el vaso.

Ilusiones bajo la luz tenue al abrigo de la iglesia del Socorro y pantalones cortos en el agitado verano. Iluminados por la luna de Curuxeiras y la cadencia de la ría al pie de la lancha de Mugardos.

Apura. Sube a mi lado San Francisco, llegarás a la atalaya que no te imaginas. Grúas como guadañas, atardeceres de ensueño. Aquello que solo el agua separa de nuestro alcance. El primer paseo por Herrera. Sobre la Cuesta de Mella, imaginamos otro mundo.

La nariz se despertará entre los olores del belén de la Orden Tercera. Solo tus ojos se creerán que las Discípulas parezcan parte de un cuento mágico. Sabrán que el Reina Sofía encierra tantos juegos como se puedan imaginar.

Saluda al edificio Jofre como merece. Entramos en la tableta de chocolate. Si el metro tuviese la estación del corazón que late a mil por hora, su eje sería Capitanía-Amboage. Ante la estatua del Marqués, marqué el trazado del resto de mi vida. Todo por empezar. Por encima de los demás. Elegantes como en un día de gala, sobrevolamos el adoquín de la calle Real.

Entra en la redacción que antes fue el OAR y que ahora alumbra a emprendedores inquietos. Los tronos que ensayan para la Semana Santa dando vueltas en torno a la plaza. Sus retiradas a la sombra, ante el corralón. Cuando no había tantas terrazas, cuando el Bla Bla hizo renacer una esquina de prestigio. Las Adidas de Andrés hicieron creer a muchos que la NBA era cosa del San Rosendo.

Balcones del Suizo y del Casino, mirar lo que otros no perciben. Peceras, abrigos de pieles y oscuridad latente en las postrimerías de la era conocida.

Mira a esa mujer con el pelo electrizado y una guitarra, no te asustes. Es parte del paisaje entrañable. Recuerdo los granizados de Javidena y, sí, estoy saltando de casilla en casilla sin que te des cuenta. Soy el guía, decido cuándo rebobinar y en qué momento puedo acelerar. El abrigo de Levi´s con mi primer sueldo. Tantas camisas con las que, paradojas, dar la cara.

Idas y venidas ante los bajos de la plaza de Armas, que ahora tapan unos coloridos murales. Aparcamiento cómodo, goteras mediante.

Toma la primera copa, en el Derby. Un café, en el Nueva York. La Escuela de Idiomas que fue la Maestría de muchos profesionales en su respectivo oficio. De fachada industrial a aspecto moderno. Para recoger fuerzas y afrontar la subida a la plaza de España. La respiración a prueba ante el frío invernal.

Cierra la puerta, parece que vamos a volar. Y aparecer, como en una de Disney, en un suelo de color rojo vino. Ah, que es de verdad. Con fuentes antiguas y algún árbol. Espera, creo que no estoy soñando.

Tuércele el gesto al viento. Enfila Galiano. Saluda a los de la cristalera del Cafeto, detén tu mirada en el Concello. Años 50. En verdad, si no quieres que se te escape nada, sube al primer piso de En Panes. Vale, o al María 51. Hubo una época en la que nos escondíamos en el Venecia, evocando a Hombres G.

tabletadechocolate

La barra de pan de última hora en el Supercor, ese local de yogures que acaba de transformarse en pulpería. Como te lo estoy contando.

No dudes. Cuántos recuerdos. No caben. Ni en este ni en los artículos anteriores o siguientes. Tampoco los secretos que me guarda El Marqués. Cuando la de enfrente se llamaba el Moderno y te sentías en un salón de té francés. Entre plantas, música envolvente y aristas de Modernismo.

Yo, desde luego, quiero volver a entrar al Hospicio. Antes o después de tapear más abajo de Purriños, con o sin vallas que detengan a los coches. Olvidando el ruido en un pequeño trozo de mundo.

Prepárate. Quizás quede lo mejor. No sé de qué pie cojeas. O lo sé demasiado bien. La calle del Sol es agresiva, como las bravas y el kebab. Como el Tarot y sus clientes de edad madura. Los chupitos, el Alborada, empezar por lo fuerte. Sí, hay un bar que ofrece caracoles. No seré yo. Que Torrente Ballester diga algo desde el Hospital de Caridad.

Yo paso, quiero otro vaso de tubo. Allí arrancaba nuestra movida. Nada como aquel gin tonic en el Carteles, la música que no aguardábamos apareció.

Baja de golpe si te gusta el vértigo. Magdalena, tiendas selectas. De alimentación y de ropa. Cafeína en horas sosegadas, el Rodolfo Ucha más callado. Escalera de caracol, la Casa Romero y las ofertas de Rafael y Vicente. Los Telares, para nuevas generaciones. No cojas el bus en Correos.

O subimos o bajamos, o Cantón o volver al puerto. Queda sortear la manzana que no entiende de aceras, el abarrote cuando no llueve en las noches del Manchita y La Novena.

Atrévete con la calle del Olvido. El Callao resiste al tráfico. El bingo transmite buena energía a unos metros de distancia. San Julián recoge cantos y rezos. El Mercado guarda el fruto de la costa en la Pescadería azulada.

Resuenan las charlas de la Sidrería, las veladas estivales. Su explanada hacia la cuna de la ciudad. La desconocida. Los lemas turísticos de no hace tantos años eran muy poco discretos. Descubrirla implica mezclarse con el gentío. Ser ferrolano consiste en criticar hasta perder el aliento. Pero yo añado un mandamiento supremo: no renegar nunca. Por encima de todas las cosas.

Otro estilo, otra gama de colores. Te gusta. Me gusta. Repítelo como lo hago yo. Solo estamos empezando a jugar.

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