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06.095, el número ‘feo’ que cumplirá 10 deseos en Ferrol

Marisol, feliz, a las puertas de la administración de Bonilla (foto: Raúl Lomba)

FOTOS: RAÚL LOMBA / TEXTO: MARTA CORRAL | Ferrol | Martes 22 diciembre 2020 | 21:17

A Carlos Bonilla le hubiese gustado saber —a lo mejor las noticias han volado hasta ahí arriba y ya lo sabe a estas horas—, que la administración de Loterías que un día regentó y que para los ferrolanos sigue llevando su apellido ha sido noticia nacional. Al frente del negocio, ahora, está su tocayo Carlos Fernández, que trabaja codo con codo con Marisol López, una veterana lotera que lleva más de 46 años detrás del mostrador.

Otra de las cosas buenas de la Lotería de Navidad, además de lo evidente, es que democratiza el acceso directo a los telediarios de los pueblos de provincias y que vean que seguimos tirando del aliento allá en la meseta nunca está de más. En este caso la culpa del revuelo la ha tenido un número feo, el 06.095, del que se vendió una serie en Ferrol. Diez décimos de un segundo premio que valen la friolera de 125.000 euros cada uno. Quién los pillara, que diría el otro.

El subidón llegaba al final de una mañana que se pasó lenta, viendo cómo los premios no estaban por la labor de subir un poco más al norte. Con el chisporroteo de las voces infantiles de hilo musical y el tedio asomando lo justo para tener preparado en los labios, un año más, ese «porca miseria» que tan bien entonaba mi madre para sacudirse la frustración y procurarse consuelo ante una nueva decepción.

Pero poco después de la una salió el seis mil noventa y cinco, pegué un grito —«¡Ferrol!»— cogí el abrigo y la mascarilla y corrí calle Rubalcava abajo como si fuera joven y no una exfumadora más cerca de los 40 que de los 30. Allí estaban los compañeros y un lotero que se debatía entre la prohibición de la celebración y el desfogue necesario que a uno, en su posición, le pide el cuerpo. «Nos han dicho desde Loterías que mejor que no se celebrase», anuncia.

«La alegría va por dentro y al que le toque llevará más», decía un Carlos resignado. Él y Marisol explicaban que habían vendido los diez décimos por ventanilla y que creían que había sido hace meses, probablemente en verano. Cualquier otro año podríamos pensar que la pasta, entonces, iría a parar al bolsillo de veraneantes, pero las ventas han sido mayoritariamente a vecinos por las restricciones.

Carlos lleva algo más de seis años regentando la administración y solamente había dado un premio grande en La Primitiva. Marisol confirma que en el casi medio siglo que lleva trabajando solo recuerda un segundo premio en la lotería de El Niño y algunas pedreas. Contestan a las preguntas de la prensa mientras el teléfono no deja de sonar y los traseúntes empiezan a pasar por la zona a la ferrolana, como quien no quiere la cosa. Como queriéndonos hacer creer que antes de haber visto en Facebook que había tocado en Bonilla ya hubieran escogido ese itinerario.

Otros corrillos no pasan de la esquina. Pipean desde lejos, cuchichean, sacan alguna foto furtiva porque pobres sí, pero dando testimonio en Instagram. Mientras esperamos al señor de Loterías que viene de Coruña para traer el cartel y las camisetas —para quien tuviese dudas, como yo: no, no se lo imprimen ellos mismos ni tienen un par de camisetas por cada número, obvio—, Carlos confiesa que «ni siquiera tengo champán».

Él todavía no lo sabía, pero el champán iba a acabar llegando. Primero lo hicieron el cartel y las camisetas. Y otra ráfaga de fotos de los compañeros gráficos. Después desembarcaron las televisiones y, con ellas, empezó la fiesta. «Pero, hombre, no tendrás un poco de champán para brindar. Venga, aunque sea para abrirlo y brindar mientras conectamos en directo». Negarse hubiese sido un error porque, primero, uno no es de piedra y para una vez que da un premio querrá celebrarlo. Y segundo, porque toda España se iba a pensar que menudo sitio más soso que es Ferrol y eso por encima de nuestro cadáver.

Así que alguien va al Moncloa a pedir el champán y, de repente, medio centenar de personas surgen de la nada, incluyendo una señora con perrito enfundado en traje navideño que llega en brazos. Es esta la típica persona que siempre ha de estar presente en las administraciones premiadas que se precien. Poco después, un montón de chicas se ven abocadas a meterse en el plano —«¡poneos ahí atrás! Eso es, ¡pero guardad distancias!»—. A nadie le había tocado ni un céntimo, pero aquello era una nimiedad.

La actriz Cristina Moreira cruzaba en mitad de la muchedumbre paseando del ganchete de su madre mientras preguntaba si nos había tocado algo. Negamos y ella continuaba la marcha, sonriente, diciendo que «da igual, lo importante es que se quede en el pueblo». Y ahí ya sí que nadie tenía dudas de que estábamos rodando una película de Fellini. Y llegó el champán y el tapón salió volando por los aires y no importaron los lamparones porque allí todo el mundo era feliz, de repente.

Y la gente seguía pasando. Y yo preguntaba si les había tocado para adivinar una sonrisa delatadora; pero lo único que se escuchaba eran comentarios de absoluta felicidad: «No me tocó nada, pero me alegro mucho de que haya tocado aquí». Y es que para un lugar como este, en el que las crisis se encadenan como la vainica del mantel que se pone en la mesa del patrón, que a diez personas les sonría la suerte es emocionante.

A punto de irme, despidiéndome de los compañeros. Ultimando con Lomba la quedada del envío —espero que estas letras no hagan desmerecer tus maravillosas imágenes—, atravesó Pablo Vergara con Pepe de la mano. Intercambio fugaz de información y sentencia del sabio de la calle de la Iglesia: «Pues a ver si no le ha tocado a ninguno de los míticos usureros de Ferrol». Su deseo, en el fondo, era el de todos los que estábamos allí. Ese y que ojalá que esos diez se lo gasten aquí. Para el resto: salud, que no es poco.

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