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A Cova dos Mouros

RAFAEL SAURA | Non serviam | Miércoles 21 enero 2015 | 11:28

Al igual que ocurre con muchas otras, la palabra gallega mouro no tiene una traducción precisa al castellano. Se trata, además, de una voz polisémica que incluye más de un significado:

Mouro puede emplearse para decir moreno u oscuro, para denominar a los moros o magrebíes, y especialmente para referirse a lo que podríamos llamar duendes: seres mitológicos, generalmente inmortales, cuya morada suele coincidir con los castros —aldeas prerromanas de cultura celta cuyas ruinas son muy comunes en Galicia—, con otros monumentos más antiguos de origen megalítico como los dólmenes o menhires, con rocas grabadas con petroglifos también milenarios, e incluso con manantiales u otras singularidades geológicas a las que todavía hoy se atribuyen influencias de naturaleza telúrica, a veces medicinal y siempre mágica. En todos esos lugares resulta fácil que habite un mouro dotado con poderes sobrenaturales.

También suele decirse que son obra de mouros aquellas construcciones u obras prehistóricas como las ya mencionadas, de cuyos desconocidos artífices el saber popular sólo constata el hecho de que vivieron en estas tierras y que su cultura lleva extinta desde la noche de los tiempos. Dicho de otra forma: que también fueron mouros los antiguos moradores humanos de Galicia de cuya vida los ciudadanos comunes lo desconocemos casi todo, y a quienes —debido, en parte, a que la humedad y acidez del suelo gallego ha impedido que se conserven sus esqueletos— nos cuesta reconocer como nuestros antepasados.

Esta última clase de mouros, cuya capacidad de mover enormes piedras o abrir túneles en la roca viva nos lleva a creer en su posible condición de magos o colosos de enorme fuerza, es la que en algún momento de la prehistoria excavó la extraña y misteriosa galería troglodita, conocida como A cova dos mouros, situada en la parroquia de Cervás del municipio de Ares.

La palabra mouro o mouros se halla presente en multitud de topónimos en Galicia y Portugal, y la cueva que se haya en nuestra comarca no es la única que recibe ese nombre.

Lo que sí es exclusivo de nuestra singular caverna es el completo misterio que existe sobre los motivos que llevaron a los humanos de carne y hueso a su incuestionablemente artificial excavación y al consiguiente derroche de energía que, en época probablemente prehistórica y con medios sin duda precarios, hubieron de hacer para horadar un túnel con una altura suficiente como para permitir que una persona pueda caminar prácticamente erguida a través de muchos metros de roca.

El singular emplazamiento de la entrada de A cova dos mouros resulta, además, especialmente evocador y sugerente. Situada a menos de cien metros de un antiguo castro costero —donde tal vez habitaron sus constructores—, la boca de la cueva se abre casi en lo alto de la pared de un acantilado vertical y directamente frente al precipicio, haciendo que sólo se tope uno con ella a bocajarro, luego de caminar con gran cuidado por un estrecho y abrupto sendero situado al borde del abismo.

La presencia de abundante maleza, e incluso de ramas de árboles que han fijado sus raíces en lo que parece fruto de un derrumbe natural —aunque se trate en realidad del escombro rocoso procedente de la antigua excavación, situado más abajo— impide ver la entrada desde la distancia e incluso dificulta la contemplación desde allí de la hermosa ensenada de Santa Mariña sobre la que se abre la caverna.

La situación de la entrada parece deliberadamente invisible, e incluso tras la popularización de Google Earth y el GPS, resulta casi imposible de encontrar para quien no sea sido conducido hasta el lugar por alguien que ya lo haya visitado.

La oscurísima cueva cuenta con su propia leyenda que afirma que, antes de que se produjesen derrumbes en su interior, se prolongaba hasta Mugardos, lo que supondrían 3 kilómetros de túnel y una salida —o entrada según se mire— en la parroquia de Mehá, cuya relación con la galería de la que hablamos no ha sido comprobada. Los nativos de la zona aseguran también que existían determinados tramos del túnel donde emanaciones de gases tóxicos del subsuelo podían asfixiar a quienes se aventurasen a recorrerlos, y otros donde habría balsas de agua muy difíciles de franquear, al más puro estilo de los pasadizos plagados de trampas y peligros por los que Indiana Jones suele moverse en las películas.

La presencia o no de espacios interiores relativamente amplios más allá del extremo actual del túnel cegado por un derrumbe también se desconoce por completo. Si en realidad no existiesen estas supuestas salas y la galería no se prolongase mucho más allá de lo que hoy es visitable, podríamos estar incluso ante la obra de un solo hombre, toda vez que parece casi imposible que dos personas pudiesen picar la roca al mismo tiempo en el extremo de un pasadizo tan angosto.

Sea como fuere, las preguntas que a todos nos asaltan vienen a ser esencialmente las siguientes: ¿cuándo fue excavada A cova dos mouros?, ¿quién o quiénes hicieron la excavación? y, sobre todo, ¿cuál fue el motivo que les llevó a realizar esta extraña y trabajosa obra?

Junto a esas cuestiones esenciales subyace también la duda de si en algún momento la cueva llegó a ser empleada para algo, ya fuese como refugio individual o colectivo en épocas oscuras de bandolerismo o invasiones de piratas vikingos o normandos, en tiempos de la conquista romana que hubieron de padecer nuestros extintos antepasados castreños, o como almacén secreto de víveres u otros enseres frente a esas u otras amenazas.

Parte de las leyendas hablan, de hecho, de un último empleo como refugio por parte de “escapados” republicanos durante los primeros años de la postguerra española. Conviene comentar que la cueva dispone de agua corriente y sin duda potable; agua que, al menos durante el invierno, corre por el suelo hasta la entrada, vertiéndose desde allí hacia el mar por la pared del acantilado.

Su utilidad como pasadizo, vía de escape o de comunicación clandestina entre un lugar y otro por motivos que desconocemos, tampoco puede descartarse, y su condición de fortaleza inexpugnable —que seguramente un solo hombre podría defender frente a un ejército— salta enseguida a la vista.

La rotunda presencia de la cueva, su evocador emplazamiento y la falta de cualquier dato documental referente a su misteriosa historia parecen estar pidiendo una excavación por parte de profesionales de la Universidad u otro organismo de carácter científico, antes de que los vándalos o buscadores de aventura la arruinen, o un último derrumbe haga desparecer, incluso, el recuerdo de que la caverna existió un día.

El desescombro de las zonas derrumbadas y el consiguiente acceso a posibles espacios cegados quizás hace siglos, y susceptibles de contener restos arqueológicos de alguna clase, podría aportar datos históricos importantes sobre el pasado de nuestra comarca. El interés por animar esa posible intervención científica es el principal motivo que me ha llevado a la escritura de este artículo.

Para aquellos lectores que pudieran sentir curiosidad por conocer personalmente la caverna debo advertir que su acceso es relativamente complicado y peligroso, que no está en absoluto adaptado para una visita cómoda ni segura, y que incluso contando con el material técnico adecuado para esa clase de actividades, la posibilidad de despeñarse por el acantilado o de ser víctimas de un accidente grave en el interior de la cueva, es tan real como el resto de los misterios que la envuelven.

*Rafael Saura es escritor. Puedes leer aquí la entrevista que Ferrol360 le hizo el pasado diciembre; aquí, su web personal.
La entrada de A Cova dos Mouros (foto: Rafael Saura)

La entrada de A Cova dos Mouros (foto: Rafael Saura)

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