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¡A las laconadas!

MARTA CORRAL | ‘O Falar non ten cancelas’ | Lunes 3 marzo 2014 | 22:50

Casi sin habernos dado tiempo a bajar los manjares navideños, ya está aquí la segunda gran cita gastronómica del año: Carnaval. ¿Para qué mentir? Podrás no disfrazarte o no ver ni una comparsa, pero no perdonas ni una oreja y lo sabes.

Metidos de lleno en esta época de exaltación del cerdo en todas sus formas y variantes, una no puede hacer otra cosa que dejarse llevar y entregarse en cuerpo y alma al lacón con grelos, las torrijas y los freixós.

Si, freixós. Aquí no se comen filloas, comemos freixós, aunque os haga mucha gracia por Galicia adelante.

Este sábado empecé mi particular homenaje. Ya sabéis cómo van estas cosas: sopa no apta para hipertensos, piños negros a base de vinacha, disfraz ridículo, carne hasta decir basta y licor café como para aniquilar a media humanidad. La buena vida, vaya.

El centro de Ferrol revivió por unas horas, asaltado por el catálogo de disfraces de ALI al completo: vikingos, langostas, mariquitas, moros y todo tipo de disfraces en modo putilla; es decir, temáticas de toda la vida, pero con escotazo y faldas por encima de la rodilla.

Pero no penséis que ya no queda gente de la que le da al coco y a la aguja. De hecho, Willy Fog y Romy se quedaron con todos los que estábamos en el Cazadores. Ni siquiera Clark Kent, dejando entrever su súper secreto, pudo hacerles sombra.

Me topé con Danny Zuko rodeado de Pink Ladies, que parecían multiplicarse a lo largo de la noche -ya os había puesto sobre aviso con el licor café que ingerí en la laconada-, y que merecen una mención aunque sólo sea por haber encontrado esas cazadoras rosas tan chic.

Bailando al lado del Inspector Gadget y Caperucita Roja, estaban Arale Norimaki y el doutor Slump pidiéndole una copa a Luigi. Los que no se habían disfrazado por pereza, se morían de envidia e intentaban camelar poniéndose un gorro de bruja y apañando una escoba que echarían de menos en algún bar a la hora de limpiar.

Y entre los miles de hombres que reflejaban sus pasiones más ocultas disfrazándose de mujeres y que, como dice mi amiga Noelia, andan con tacones mejor que yo; salieron a mi encuentro dos Nate Davis afro que tiraban a canasta contra las señales de la calle Real.

Vale, no somos Xinzo, ni Verín, ni nada que se le parezca; pero en todo lo que suponga montar un cuadro, ahí estamos los ferrolanos.

Este martes habrá desfile de comparsas. Tengo que reconocer que hace años que no voy, pero espero retomar esa buena costumbre este año y ver si las agrupaciones siguen haciendo gala de la retranca que las caracterizaba.

Y el viernes, el entierro de la sardina en Ultramar. Nunca había ido -una, que es de Canido y no veía más allá de la plaza de España-, pero el año pasado bajé a ver qué se cocía y me quedé fascinada.

Si ya Ultramar, de por sí, suele tener un ambientazo tremendo; ese día, el tema se descontrola totalmente. Y no sólo en su versión más oficial, sino en la parte más pagana: en los (benditos) bares.

Allí corre la carallada como no me podía haber imaginado nunca. Gaitas y bombos en las barras, mientras se empuja la tapa de turno con un riberita del Duero. Los señores y las señoras, que son el alma de todas las fiestas, ataviados con disfraces increíbles y entonando las míticas canciones: porque ya se sabe, una fiesta gallega sin cantada y puñetazo en la mesa, no es una fiesta.

Cometí el error de no ir disfrazada; pero este año no me pilla el toro, aunque tenga que ir de Zorra del Bosque o de buzo.

Por cierto… ¿siguen existiendo los buzos? Recuerdo que, de adolescente, se formaban auténticas hordas de chavales que con su buzo bazanero y una careta del Todo a Cien, sembraban el pánico entre los viandantes de las calles del centro.

Compraban la colección entera de petardos (los carpinteros, los barrenos…), hacían acopio de bombas fétidas y de botes de espuma. Robaban las docenas de huevos de sus casas, para convertirlos en proyectiles y, lo peor de todo, trincaban esos botes de flus-flus y los llenaban de… todo. Dejémoslo ahí. Era nuestra insignia carnavalera. Ojalá alguien me pueda decir quien fue el primero en calzarse el buzo y la careta.

Aún es Lunes de Carnaval, lo que quiere decir que estamos a tiempo para dejarnos llevar y empaparnos de Entroido. Para disfrazarnos, si no lo hemos hecho, para cambiar el disfraz si ya lo hemos usado, para quemarnos los dedos haciendo freixós, para ir a casa de nuestra tía a por orejas, para escuchar las comparsas después de mil años, para rendirnos ante Baco en Ultramar, para apreciar hasta los andares del cerdo o quizás, para esperar, en el muelle, a ver si vienen las galeras de Normandía.

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