Home / Sociedad / En femenino / A las que cuidan

A las que cuidan

Las manos de mi abuela, que cuidaron toda una vida

MARTA CORRAl | O falar non ten cancelas | Domingo 8 marzo 2020 | 11:11

Este año el movimiento feminista ha tenido el acierto de poner el foco de sus reivindicaciones del 8M en los cuidados, ese sustento invisible que soportamos las mujeres desde el principio de la historia. 

Nuestro rol de cuidadoras es un valor que el sistema no está dispuesto a perder. Un trabajo imprescindible que sale muy barato y es una de las causas de la brecha salarial que, por mucho que algunos repitan que es un mito, existe y se perpetúa con especial incidencia en las clases más vulnerables.

Los empleos del sector de los cuidados están fuertemente feminizados: educación, sanidad, dependencia, servicios. Trabajos precarios en su mayoría donde las mujeres trabajan mucho, cobran poco y se destrozan el cuerpo y la mente sin que se les reconozca, las más de las veces, enfermedad laboral.

Los otros cuidados, los que no están remunerados, también son cosa nuestra. Algunas renuncian a la vida laboral para cuidar de hijos o mayores, sobre todo si la situación económica no está para contratar a alguien o pagar una residencia. 

Si no dejan su empleo, reducen la jornada, descartan hacer horas extras o solicitan una excedencia. Las tres cosas conllevan sueldos y jubilaciones más bajas. El sacrificio de ellos es mucho menor. Con los últimos datos registrados en 2019, sabemos que en Galicia solo un 8 % de las excedencias que se pidieron para cuidar de los hijos fueron solicitadas por hombres.

Ahí está la distancia salarial: empleos de cuidado peor pagados y renuncias para cuidar. Los hombres ganan de media 5.488 euros más que nosotras y las mujeres todavía hacemos otra jornada al llegar a casa. «Qué pesadas estas feministas pidiendo cosas si ahora la mujer es igual que el hombre». Piriquí.

Pero no vendré yo aquí a soltar datos y a ejercer de experta cuando no lo soy. Me asomo a esta ventana desde un sitio confortable y privilegiado. Un sábado soleado y libre de trabajo a la orilla del mar, en la Torpedera. Con la ventaja del techo y el pan, sin tener que cuidar de nadie más que de mí misma, y de Bruno y Poe (que están ladrándole a las gaviotas).

Y es que a mí en días como este lo que me sale siempre es un gracias. No podría ser de otra manera cuando hay otras mujeres que han sustentado el mundo y siguen sustentándolo mientras yo solamente escribo, sin niños llorando, sin un mayor encamado.

Y como creo que si ustedes han llegado hasta aquí podemos considerarnos amigas, me voy a tomar la licencia de ponerles nombres a las que cuidan. De hacerlas visibles, cercanas. De invocarlas.

A mi madre, Mari, que aquel verano de 2005 me pidió que leyera La casa de los espíritus para decirme, a su modo sutil, que se iba a ir con el firme propósito de quedarse en el olor de la hierba recién cortada.

A mi abuela Maricha, que dejó tras de sí un legado de zurcidos y botones reforzados. Una vida de servicio absoluto a su familia que todavía sabe a garbanzos con bacalao.

A mi tía Fini, que siempre quiso estudiar y no pudo. Que cuida a su manera, en los fogones y las agujas de calcetar, como el rayo de sol que traspasa la parra de Barallobre en la sobremesa.

A mi hermana Carmencha, que llevaba 50 años guardándose el cariño que ahora le sale a borbotones cuando está con mi padre. A mi prima Ganga, que logró con su trabajo que mis abuelos vivieran felices en su casa durante todos estos años. 

A las madres que reman contracorriente para educar en feminismo, como Bárbara o Sabela, y que lidian con la frustración diaria cuando sus hijos salen a un mundo que no está preparado. A las que siguen con la sonrisa intacta porque la decisión de no trabajar para cuidar de su familia fue suya y libre, como la de Anita. A las que siguen trabajando y viendo crecer a sus hijos haciendo el más difícil todavía, como Lucía, al otro lado del charco.

A las enfermeras que loitan para poder cuidarnos como merecemos, como Sara. A Laura, de DomusVi Narón, a la que nunca vi sin su buen humor puesto. Y a sus compañeras auxiliares, esas que muchos llaman limpiaculos con desprecio. Ojalá nunca nos falte alguien que nos limpie el culo cuando no podamos hacerlo nosotros y lo hagan con el cariño con el que lo hacen ellas.

A las voluntarias de las entidades sociales, también mujeres en su mayoría, como Sari. Por devolverles la dignidad a las personas sin hogar o con adicciones, a las migrantes, a la gente con diversidad funcional, a las mujeres maltratadas, a los colectivos más vulnerables

A las amigas que cuidan, aunque sea a distancia, como Punín, Cris, Pati, Iria o Meryone. A las compañeras feministas que proporcionan espacios seguros y regalan arte y sabiduría como Xudit y Chelo.

A Eva, que un día decidió cuidar a sus padres y lo ha hecho de la mejor manera posible hasta que tuvo que decirle adiós a Toñita, otra de las que cuidó mucho. A Mariusca, que quiso a mis abuelos como si fueran los suyos.

A las profesoras, maestras y técnicas de Infantil que educan en la igualdad para acabar con los roles de género, apostando por la diversidad y por el cuidado del planeta, como Lucía y sus compañeras del CRA de Valdoviño, Noa y Kristina McField.

A las que han tenido que dejar de cuidar para cuidarse —al fin— a sí mismas, como Estela. Porque las mujeres siempre nos dejamos para luego. Nos servimos la última cucharada de guiso, nos duchamos cuando el agua sale tibia, nos sentamos al lado de la puerta para llegar antes a la cocina en las reuniones familiares. Y nuestra pequeña gran revolución no va a ser si no nos cuidamos.

La revolución tiene que pasar por pintarnos las uñas, por dar un paseo y dejar para más tarde el aspirador. Por hacer una escapada, comprar flores o ir al cine. Por dedicar una tarde entera a leer o por ir a un concierto. Por hacer lo que queremos y no siempre lo que debemos. Por quedarnos en cama 5 minutos más. Por dar un golpe en la mesa y decir adiós cuando convenga. Que, a veces, cerrar la puerta es el mayor de los actos revolucionarios.

Las mujeres que cuidan son las que hacen que el mundo sea habitable. Y suenan a risas y se sienten como abrazos. Por eso, aunque solo sea de vez en cuando, es bueno nombrarlas. Porque lo que no se nombra no existe, se hace invisible. Así que les emplazo a que hoy hagan lo mismo y respondan en las redes sociales a esta pregunta: ¿Cómo se llaman las que les cuidan?

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*

En Ferrol360 utilizamos cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando, estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies. Puedes pinchar el enlace para tener más información. ACEPTAR
Aviso de cookies