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Al gordófobo de la playa de Cariño, con amor (o no)

MARTA CORRAL | O falar non ten cancelas | Lunes 28 agosto 2017 | 15:37

Un día con viento del sur mi camarada Loló y yo decidimos ir al abrigo de la playa ferrolana de Cariño. No solemos ir allí porque siempre está demasiado llena, así que otras veces optamos por la Torpedera o San Cristóbal, pero ese día era tarde y el sol en San Felipe iba a durar poco tiempo. De modo que allá nos fuimos, a esquivar toallas por un pedazo de arena sin viento y un baño tranquilo.

Tumbada en modo señora playera relajada y feliz al sol de agosto, de pronto, como un estruendo, empiezo a escuchar el boreo de los chavales que teníamos a unos cinco metros de nosotras. Pipeo disimuladamente y veo a una pandilla de seis tíos y una chica, a los que no sé calcularles muy bien la edad, pero que estarían entre los 17 y los 24 años.

Uno de ellos estaba de pie hablando, como si tuviese un atril delante, en plan líder, macho alfa, follatore. Como si escuchar sus hazañas fuese lo mejor que les iba a pasar a sus colegas en toda la tarde. «Pedazo títere», pensé. Y cuando me quise dar cuenta estaba con la antena puesta para corroborar si lo era o si, como me había pasado en otras ocasiones, había prejuzgado sin éxito.

Cuando le escuché emplear la palabra «nacho» casi me gana la batalla, pero enseguida empezó a encadenar una secuencia de incontables «primo» que me centró en mi diagnóstico. «Títere». Levanté la vista, llevaba gayumbos por debajo del bañador mostrándome con su look la ansiada confirmación. Total, que esto no hubiese tenido ni la más mínima trascendencia -un chulo de playa más-, si no hubiese escuchado a este chico contar la ‘anécdota’ que contó a continuación.

El fulano estaba en Onda, donde supongo que será habitual que terminen sus noches, cuando se le acercó una «gorda» bailando. Como un resorte, el títere tuvo que echarla de allí, dejándole bien claro que él no se iba a liar con una gorda ni tampoco bailar a su lado. No vayan a pensar las otras tías que es un tipo que va por la vida acostándose con gordas, maldita sea.

Loló y yo cruzamos miradas que decían, entre líneas, «le metes tú o le meto yo», pero decidimos pasar porque eso de hacer pedagogía, a veces, cansa mucho y, me temo, que en este caso iba a ser inútil. Miré a la chica que estaba con ellos. Una mujer guapa, delgada, enmarcada en los cánones de belleza socialmente aceptados, mirando al suelo, poseída por esa inseguridad que hace que cruces los brazos y quieras desaparecer, la que puede que hayamos tenido todas por una cosa u otra. Ella no contestó, no dijo nada, se calló y se limitó a reírse como los demás.

Así que allí, desde mi toalla -con mis pelos donde «no deben de estar», mis lorzas, mis estrías y mis tetas caídas, todo ello aceptado por mí misma tras años de complejos inútiles que te inmovilizan-, planeé desde aquí ser la voz de esa chica que no se atrevió a defender a otra mujer delante de sus colegas, a recordarles la tremenda idiotez que supone ir así por la vida, haciéndole daño gratuitamente a las personas, a las mujeres sobre todo, por el mero hecho de no formar parte de ese ideal de belleza que, por cierto, cambia continuamente.

Y también, ya puestas, para explicarle a ese títere que, seguramente, la chica gorda de Onda, la de la historia, la que tuvo la seguridad en sí misma suficiente para acercarse a un tío que le parecía atractivo bailando en un garito, no quería ligar con él esa noche, sino con su amigo. Ese que no lleva gayumbos por debajo del bañador. El que no parece un títere como él.

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