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Allí donde solíamos ‘privar’

Hosteleros y otros profesionales protestando este miércoles en Armas
Imagen de archivo de una protesta de hosteleros y otros profesionales (foto: Raúl Salgado)

MARTA CORRAL | O falar non ten cancelas | Jueves 19 noviembre 2020 | 12:21

Suso Basterrechea, edil de Ferrol en Común, publicaba este miércoles una interesante reflexión en sus redes sociales. Rememoraba, con texto y fotos, algunos momentos felices de su vida y todos ellos guardaban una relación: habían sucedido en los bares.

Me di cuenta, entonces, de que un gran porcentaje de las fotografías que me han hecho desde que empecé a tener edad de estar en los bares, son en los bares. Y quien dice bares dice restaurantes. Porque hablar de la hostelería es hacerlo, casi siempre, de momentos de felicidad y de gente a la que quieres. De sobremesas eternas, de penúltimas hasta el amanecer.

Una sabe que está viviendo en el lugar adecuado cuando puede bajar sola a un bar. Cuando puede entrar, sentarse en la barra (madre mía, ¿cuándo habrá sido la última vez que lo hemos hecho?), pedirse un café o una caña o una tapa, charlar con la persona que está al otro lado y disfrutar de la vida. Después, quizás asomen los de siempre por la puerta. Benditos sean. Y tú que solo ibas a tomar una de tranquis.

Ahora no tenemos bares ni restaurantes. Y no, no es como esas otras cosas que solo las valoras cuando las pierdes. A estos ya sabíamos que los íbamos a echar mucho de menos antes de que llegase el cerrojazo. Es más, los lunes siempre son más lunes porque muchos están cerrados. Ahora, Ferrolterra vive en un lunes perpetuo.

El alma se nos hace pequeña al pasear rodeadas de verjas bajadas, de focos apagados. Seguimos, los que podemos, yendo a por un café, pidiendo comida a domicilio, procurando poner nuestro granito de arena; pero, amigas y amigos, esto no puede hacernos olvidar que la responsabilidad última de que las persianas vuelvan a levantarse es de las administraciones.

Son ellas las que han decretado el cierre —no he venido aquí a cuestionar si es acertado o no para combatir la pandemia— y tendrán que ser ellas las que distribuyan las ayudas necesarias y que sean efectivas y realistas. Que no sean postureos, que lleguen a la gente afectada. Porque, de lo contrario, son muchos los que no van a abrir nunca más. Y cuando un bar cierra los bailes duran menos.

Bailar en un bar. ¿Podéis creer que es una de las cosas que más eché de menos (y echo, inevitablemente) desde el confinamiento? Porque, no sé si os acordáis porque ahora nos hemos vuelto todos señores y señoras que se recogen a las once de la noche, pero el ocio nocturno todavía lleva más tiempo cerrado y aguantando el chaparrón. Dios mío, con lo que fuimos.

¿Podremos volver a allí donde solíamos privar y bailar? No hablo, en este caso, de que un día lejano o no nos dejen volver aunque sea con mascarillas y chute de gel hidroalcohólico y distancia y los vendedores ambulantes vendan diademas que neutralicen aerosoles, hablo de que sigan ahí todos los garitos en pie cuando eso ocurra. Y pintan bastos. Forza.

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