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Aquellas mallas Naffta

MARTA CORRAL | ‘O Falar non ten cancelas’ | Viernes 6 junio 2014 | 17:02

Cuando me reúno con mis amigas y nos invade la vena nostálgica, no puedo dejar de agradecerle al progreso que en mis años de adolescencia no existieran las cámaras digitales ni las redes sociales. Las mujeres que fueron quinceañeras en los noventa sabrán a lo que me refiero y suscribirán mis palabras, estoy segura.

Ahora, las niñas tienen muchísimo donde elegir y, además, un gusto del que nosotras carecíamos, salvo raras excepciones. Van todas monísimas y a la última, con estilismos que no les harán taparse la cara de vergüenza cuando vean sus selfies 20 años después.

Nosotras no podemos decir lo mismo. Y no exagero. Prueba de ello es que la moda suele ser cíclica, pero nuestros modelitos no han vuelto, y no creo que lo hagan. Recuerdo que, en su momento, nos veíamos estupendas y no comprendíamos por qué nuestros hermanos se negaban a ir con nosotras por la calle de esa guisa. Ahora, con el paso de los años, lo entiendo perfectamente.

Empecemos de abajo a arriba. En los pies, cuatro alternativas a escoger dependiendo de si íbamos a Ozono -ya en esa época, El Recreo– o sólo a dar un paseo por la calle: botas Tuckland de goretex, botas anchas de cordones y color cantoso, bambas de alguna marca de surf -con calcetines metidos bajo la lengüeta, para que esta sobresaliese más-, o plataformas (por suerte, nunca llegué tan lejos y mis padres no tuvieron que ejercer su derecho de veto).

En los tobillos, no podía ser de otra manera: calentadores de colores. Eso sí, por debajo del pantalón, para que sólo se viese una franja justa entre la bastilla y el calzado. Si hacía calor, daba lo mismo, antes muertas que sencillas.

Pantalones, casi siempre, aunque hizo mucho daño Estopa con La raja de tu falda. Si se iba más sport, se optaba por unos anchísimos de surfer, aunque el chandalismo estaba en su máximo apogeo. No sólo gracias a tiendas fetiche de la época como Cotton Company, también a los míticos Adidas de cremallera o corchetes. No eras nadie sin ellos. Dependiendo de cómo llevaras de abierta la cremallera, vivías en un barrio u otro. Eso es así. Un apunte: los genuinos tenían unas pequeñas quemaduras sospechosas en las perneras.

Si llevabas la cremallera abierta del todo, para que se viese sólo la puntera de tus tenis, eras del centro. Un pijolas más de las Discípulas o del Tirso. Si la llevabas cerrada por completo, con tenis de correr y los calcetos blancos, no podías negarlo: sindicales, Freixeiro o Caranza.

Cuando querías ir “guapa”, la opción eran los pantalones de campana. Prietos en el culo y en las piernas, pero acabados en un campanote donde te entraba el calentador y la bota. De pana o elásticos, amarillos, verdes, azules celestes, lilas… un amplio abanico de colores para combinar, variar y no pasar desapercibida.

Aunque, para ser sincera, la prenda más codiciada eran las mallas Naffta. Pensándolo ahora, la empresa tendría que haberse establecido en Ferrol. Seguro que estaban alucinando con el índice de ventas: «¡Mucho aerobic hacen por allí!».

Todas queríamos tener decenas de mallas distintas; pero la realidad es que pocas lo conseguían. El común de las mortales teníamos como mucho dos y nos las cambiábamos con las amigas.

Confieso que he estado buceando en Google para enseñaros unas, pero las modernas no tienen nada que ver con aquellas. Las había de todos los colores, pero aquí triunfaron sobretodo dos modelos: las negras con aquellas rayas rojas o amarillas que te atravesaban diagonalmente la pantorrilla y las bicolor con una raya blanca vertical.

Yo tenía estas últimas en gris y azul marino. Mucha tralla llevaron. Mimadriña.

Con nuestras Tuckland, calentadores y mallas, las partes de arriba estaban más democratizadas gracias a Zara y a otra tienda fetiche de la segunda mitad de los noventa: Abeja Roja, el paraíso de la lycra. Deberían de haber metido a alguien en la cárcel por aquello. Aún tropiezo con alguna de sus camisetas cuando hago limpieza y quiero llorar.

Spot hacía su agosto vendiendo las cazadoras Quiksilver a todos los teenagers. Importaba poco si se gastaba paipo o no, todos éramos surfers de tienda. ¿Otro imprescindible? La riñorera. Las Rip Curl triunfaban, pero lo más eran las Zen Spirit de pana. La mía era verde.

En ellas cabían todos los secretos del mundo y no nos las sacábamos bajo ningún concepto. Creo que, en cualquier momento, podrían haberles salido patas. Pocas veces pasaron por la lavadora.

Y, casi llegando arriba, nos topábamos con los cuellos polares o de algodón, también llamados bragas. Otro clásico básico de la época que ayudaba a combatir el frío y a tapar los chupones.

El peinado y el maquillaje culminaban estoicamente el look. Coleta alta y tirante -de esas que, al quitártela, duele la cabeza-, pero ojo, dejando caer dos mechones en el medio y medio de la cara. Dos mechones, sí. Las más osadas incluso se los teñían de rubio platino.

La raya al medio era obligatoria si soltabas el melenón. Sin una capa, a saco, tipo pantojil. Aunque se te perdonaba cuando llevabas una diadema -bien pegada a la frente-, o dos diademas, una encima de la otra, para crear una diadema bicolor. Imaginación palleira al poder.

Las que se maquillaban -yo tampoco sobrepasé esa línea-, se entregaron apasionadamente al eyeliner blanco, al gloss -que llamábamos brillo, sin más- y, moito ollo, a la purpurina. El escote y las mejillas de mis amigas solían brillar en una suerte de abanico de colores. Todo aderezado, que no se me olvide, por el aroma a colonia de mora o de vainilla.

Estoy casi segura de que me dejo algo digno de mención, pero hasta aquí llega mi memoria. ¿Veis como cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor? Que no se nos olvide nunca que fuimos pibes y no seamos tan duros cuando juzguemos a nuestros sobrinos. Ellos, seguro, no se jugarán a los chinos quien entra a Abel y tampoco pasarán la tarde cantando Mónica Naranjo en la Domus.

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