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«Aquí abajo todos flotan»

MARTA CORRAL | ‘O Falar non ten cancelas’ | Domingo 10 noviembre 2013 | 17:17

Que levante la mano quien no haya ido a Parque Ferrol. Imagino que serán pocos. También imagino que algunos pasaron de ir los primeros días; pero ya estarán preparando una incursión. Otros de ustedes, no lo pisarán nunca, va contra sus principios.

Hordas de gentes llegadas desde todos los rincones de la Comarca, abarrotaron el nuevo centro comercial de Ferrol, comprando como si acabaran de desaparecer las cartillas de racionamiento. Paseando enormes osos de peluche en carritos azules, llevando ramos de globos de colores que te dicen que te mereces lo mejor, aunque no te conozcan de nada; pero mola que te lo digan.

Los más osados, hicieron cola desde la madrugada y reprodujeron la mítica escena de apertura de grandes almacenes en Yankilandia, zapateada incluida. ¿A dónde hemos llegado?

Ese mismo día, mi amigo Pipo publicaba en su Facebook que el centro de Ferrol parecía Walking Dead. Previsible, aunque nos intenten contar otra película distinta. Éche o que hai, que decimos por aquí, cuando queremos convencernos de que nada nos incumbe.

Lo jodido es que nos incumbe, y mucho.

Yo he ido al nuevo centro comercial. Me gustaría decir que «por cuestiones ajenas a mi voluntad»; pero no voy a ir de guay, lo asumo: Hola, me llamo Marta Corral y he ido a Parque Ferrol.

Es genial ver a conocidos y amigos, con sus uniformes impolutos, trabajando en alguno de los establecimientos, la verdad.
Ilusionados, esperanzados después de meses -o años- buscando curro aquí. Incluso, en esos momentos de envidia sana, yo misma me he preguntado: «¿Por qué sigues empeñada en esta profesión desagradecida cuando podrías tener una bonita nómina y no ser tonta en el Media Markt? ¿En qué momento, Martiña, has decidido no mandar tu currículum?».

Estamos entre dos tierras. A un lado, los puestos de trabajo que genera el centro comercial. Al otro, todo el pequeño comercio de la ciudad, todos los empleos que genera y la riqueza que se queda íntegramente aquí. Ojalá hubiera para todos; pero sabemos que eso es una quimera.

Unos, apoyados por la Administración, con foto en la inauguración y sonrisa profidén. Otros, desamparados, intentando mantener el tipo mientras completan pantallas del Tetris para aparcar y juegan al Scalextrix por la calle de la Iglesia.

Les diferencian sus productos, el trato personalizado al cliente, la cercanía o el precio; pero lo que más les diferencia es el envoltorio.

Los primeros, ubicados en un perfecto mundo en miniatura; los segundos, en una confusa tableta que nadie acierta a hacer atractiva. David contra Goliat, una vez más.

La diferencia fundamental es el aparcamiento. En los centros comerciales es el primer filón de ventas, porque si vas en coche -y tienes que ir, porque están alejados y no hay transporte público-, no te preocupa salir más cargado, te montas en una cinta transportadora y te deja en la puerta de tu coche. Así de fácil y vuelva usted mañana.

En la ciudad, si aparcas en horario comercial, eres un dios y te hacen la ola, porque molas y te la mereces. Y más ahora, al ritmo que desaparecen las plazas de aparcamiento por obras y terrazas.

El ambiente en el centro comercial es agradable -una vez se hayan ido las hordas de los primeros días-, es caluroso en invierno y fresquito en verano; nos ponen una música tranquila para que no tengamos prisa en comprar. Hay que pararse y mirar bien, a ver que cosa que no necesito me puedo llevar a casa; para que cuelgue una bolsa de mi mano, que si no, queda feo.
Todo está en perfecto estado de revista, limpísimo, brillante. Puedes andar sin mirar al suelo, lo importante es que veas los productos y huelas la pizza para que tus glándulas salivares empiecen a funcionar y caigas una vez más.

En plena calle Real, ni se te ocurra mirar escaparates, en cuanto levantes la vista del suelo, puede que pises un descuido canino o tropieces con una baldosa reventada. Eso sí, no puedes escapar al olor de la napolitana de chocolate de Popi. Dios les bendiga.

No sé si os habéis fijado en que las tiendas de los centros comerciales no suelen tener puerta, su superficie es una prolongación del pasillo, una invitación a entrar, un «¡Ay! Sin darme cuenta estoy en Casa»; excepto si es una tienda de marca, esas sí quieren saber quien puede entrar y quien no.

En la calle, obviamente, debe haber puertas. Algunas están cerradas y otras, siempre abiertas; pero, al parecer, no lo suficiente. Porque es otra de las cosas en las que gana el centro comercial: el horario.
Ese ‘siempre abierto’ que da tranquilidad a los que no pueden comprar en horario de oficina, contra el que el pequeño comercio tiene difícil competir, sin caer en la auto esclavitud.

No me digan que desde el Concello no pueden hacer mucho por el pequeño comercio, solamente para que quedara en tablas con las grandes superficies; simplemente un mínimo, al margen de patrocinar la Fashion Night o encargar un estudio que no sabemos cómo se encauzará. A todas luces parece obvio.

Cóbrenme por aparcar. Total, ya suelo pagar en el parking de la Plaza de Armas y supongo que la ORA será más económica. Consulten antes de cortar calles para montar terrazas chapuceras y vuelvan a consultar la manera de redistribuir el tráfico ante una obra que nos deja sin circunvalación.

Supongo que consultar será un coñazo, y más en una ciudad como Ferrol, en la que nadie parece ponerse de acuerdo; pero es lo que les toca, su trabajo es gestionar las necesidades de todos y eso no se sabe si no nos escuchan.

No quiero pensar en el desenlace de este historia, porque me temo lo peor, aún cuando parecía que nada podría empeorar. Hagan una reflexión y establezcan prioridades. No flotemos, sin más, en medio de la multitud, despegando los pies del suelo. Hagamos lo que queremos hacer, que no nos la den con globos.

Aquí abajo todos flotan.

Un comentario

  1. Sobre o dos traballadores empregados no Parque ese e que estivesen no paro, aposto a que nunca imos ver estatísticas. Alguén viu publicados datos sobre os empregos da comarca no Porto que esbandallou a entrada da ría? E mira que desde que comezaron as obras xa pasaron 12 anos.

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