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Bienvenidos al Mundo Celta

La "Dominic Graham School of Irish Dance" arrancó una ovación del público tras su baile en la plaza de Isabel II. (Foto: J. M. A.)

La «Dominic Graham School of Irish Dance» arrancó una ovación del público tras su baile en la plaza de Isabel II. (Foto: J. M. A.)

JOSÉ MARÍN AMENEIROS | Ortigueira | Viernes 12 julio 2013 | 13:04

“¡Iiieeeeeeeee!”. Un tipo sin camiseta, bermudas por la mitad de las cachas, alza en su mano derecha una cerveza y aúlla al cielo ortegano. Al lado, un banco de piedra sostiene los cascos vacíos cuyo contenido ya reposa en el bandullo del colega y sus acompañantes. Es la entrada de la villa, en un pequeño césped pegado a la carretera, nada más pasar la gasolinera, donde este pequeño grupo ha plantado sus tiendas de campaña. Los coches pasan en dirección al centro del pueblo, tomando esta estampa como algo habitual a pesar de que tan solo sean las siete de la tarde del jueves.

Las nubes, que ya estaban en el mundo desde antes de que el pueblo celta fuera celta, aparcan a lo largo de la carretera, ya desde A Ponte de Mera. Parece que quisieran asistir al homenaje que el Festival de Ortigueira rinde a estos antepasados, y el sol lucha por colarse entre ellas porque él también lleva en la Tierra bastante tiempo y pretende su palco vip. El centro del municipio, una vez superadas las vallas que dan acceso solo a los acreditados, desluce algo vacío. Solo hasta llegar al centro. En la plaza de Isabel II se cuece la inauguración musical, a pocos minutos de que arranque. Mientras, la gente se desperdiga por las terrazas de la alameda del puerto ortegano.

Gente típica, pero atípica para lo que es el festival, ocupa la multitud de sillas entre los bares y el toldo. Mucho polo y camisa, algún jersey –un inapreciable orballo hace amago de asomarse-, pero poca ropa hippy. La feria de artesanía se yergue como telón entre la alameda y la ría, con algunos paseantes en sus puestos. Los camareros bailan por medio de las mesas, solícitos, al ritmo de la prueba de sonido que emana del escenario principal. De repente, el runrún de un toro mecánico irrumpe. Lo monta un tío con sombrero de vaquero, y transporta doce barriles de cerveza. Pocos parecen para tantos días de fiesta, a simple vista. Minutos más tarde aparece con otros tantos, y un poco después repite el viaje. 36 barriles, a 50 litros cada uno, que acaba depositando en un almacén. ¿Suficiente?

Las 20:15 llegan, y la masa asciende por la estrecha calle hasta la plaza de Isabel II. Allí sí se comienzan a mezclar los formales polos con las asimétricas y coloridas ropas oriundas del Mundo Celta. La Escola de Gaitas de Ortigueira prende la inauguración musical. Las gaitas por fin adornan el cielo, que sigue encapotado, casi cárdeno, con la amenaza constante del orballo. Una chavala cierra los ojos entre la multitud, unos segundos interminables, dejándose envolver por el asubío de las gaitas. Los abre, y se mueve al son de los tambores.

La muchedumbre, que llena la plaza, estalla en aplausos al término de cada actuación. Incluso se oyen ovaciones cuando los grupos de baile coronan la música con sus movimientos, en especial las jóvenes de la Dominic Graham School of Irish Dance, que acaban deleitando con una suave danza a capela, sin un solo sonido en el ambiente. En una de las piezas, unas pequeñas emergen de entre el público y, tiernamente, forman un corro al son de la música. Resuena un aturuxo desde alguna parte de la plaza, y segundos más tarde culmina la inauguración entre centenares de palmadas.

Se forma entonces una procesión con todos los grupos –la Escola de Gaitas de Ortigueira; Bagad Glazik Kemper, de Bretaña; Gamelas e Anduriñas y la Banda de Gaitas del Concello de Os Blancos- que desciende en dirección a la alameda. La hora de los conciertos se acerca. Los bares ponen música, la gente vuelve a tomar las terrazas, un gaiteiro toca en soledad esperando recibir alguna moneda. Solo ha sido el descorche de botella de cuatro días de celebración en este 29º Festival de Ortigueira. Al marcharse de la villa anochece, se pasa de nuevo por el campamento improvisado cercano a la gasolinera y, con los oídos ya habituados a la música de estos antepasados, uno cree descifrar el aullido del tipo sin camiseta: “Bienvenidos al Mundo Celta”.

El público llenó la plaza del Concello y se arrancó a acompañar con palmas muchas de las canciones de la inauguración. (Foto: J. M. A.)

El público llenó la plaza del Concello y se arrancó a acompañar con palmas muchas de las canciones de la inauguración. (Foto: J. M. A.)

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