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Capuchones y cascotes

RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Martes 21 enero 2014 | 17:12

En honor a la verdad, no soporto los topicazos. Ninguna ciudad es blanca o negra. Lo dije el otro día en una charla entre amigos: el peor enemigo de Ferrol somos los propios ferrolanos. Vale, puede ser otra generalidad. Es mi humilde opinión. Pero a los hechos me remito. Podría soltar aquello de que tenemos lo que nos merecemos o que todo lo ajeno es maravilloso mientras lo propio está colmado de defectos.

Estos días hemos asistido a un nuevo intercambio de flashes que deslumbran. Hechos fuera de lo cotidiano que arrojan luz sobre realidades que no queremos ver. Y alegrías que no dejan de ser meros espejismos, incluso dejando el pesimismo a un lado.

Venga, empiezo por lo bueno: somos de Interés Turístico Internacional. Quién lo dudaba. La Semana Santa es una de las mejores de toda España. Y, bien aprovechada, puede ser un reclamo tremendo.

“Uno de los motores que ayuden a esta ciudad a creer en ella”, dijo la presidenta de la Coordinadora de Cofradías al conocer la noticia. Pero, quejicas nosotros, nos viene a la cabeza que la materia prima ya la teníamos y que no acabamos de ver posible que el complemento imprescindible vaya a llegar pronto: una ciudad en buenas condiciones.

Sin baches ni altibajos en el firme, con el alumbrado y las fachadas que requiere para ser mostrada al mundo entero. Con comercio, empleo y prosperidad.

La Semana Santa va más allá de la fe. Máxime en un lugar pequeño como este. Al que no le gusta el asunto, valorará que esos días las calles se llenan como solo ocurre en Navidad y verano. Para el que le late el corazón al ver un trono subiendo a lo más alto, aplaudirá el esfuerzo de todo un año de trabajo silencioso. Las tristes casualidades quisieron que la buena comunicación oficial llegase al día siguiente de un triste desalojo en Ferrol Vello.

Porque, sí, el puerto sigue cayéndose. Desangrándose. Las heridas son cada vez más dolorosas. Los trabajos siguen hoy mismo en Carmen Curuxeiras. Una calle, que nadie lo olvide, cortada desde hace mucho porque sucesos parecidos pudieron acabar en tragedia.

Esa misma por la que, en teoría, pasa el Camino Inglés nada más nacer al pie de la ría. A pocos metros de la casa natal de Carvalho Calero, a unos pasos del Socorro, rozando el punto de amarre de la lancha de Mugardos.

Y, claro, la culpa es del mastodonte administrativo. El barrio en el que nació Ferrol es Bien de Interés Cultural y eso, argumenta el Concello, lo ralentiza todo. Sin embargo, pocos se atreven a protestar con datos y verdades en la mano porque las ayudas para rehabilitar ya no son las mismas, porque los servicios que permiten asentar vida escasean.

Ya, la crisis. Antes tampoco había casi nada de eso. Es una decadencia consentida, sacar provecho -a saber quién y a saber cómo- de la desgracia colectiva.

Con la Semana Santa ganamos todos, pero con Ferrol Vello perdemos todos. Menos población, menos ingresos… y ferrolanos que solo saben ver lo bueno lejos de casa. Tramos completos de arterias comerciales emblemáticas languidecen en otros rincones del mapa, pero la calle Real es Detroit.

Relativizar, es la clave. Algo más de 70.000 habitantes. Ni somos una gran ciudad ni vamos a serlo a corto plazo. Especialmente si nos empeñamos en criticar y no arrimar el hombro.

Manteniendo, sin ir más lejos, recuerdos absurdos del pasado. Pensando que vender la imagen que los de fuera quieren ver nos va a servir de algo. Rendirnos a los complejos que censuramos en otros casos. Que estamos aferrados a otras épocas cuando, en realidad, no queremos asumir que muchos aspiran a tirar del carro. Creer que muchas ferrolanas solo aspiran a casarse con un apellido, no con una persona humana, que diría aquella.

Sostener continuamente que los teatros y cines que cerraron y ardieron o el Ink y el Ozono que nos abrieron los ojos son lo único que nos mueven.

Las viejas satisfacciones no mueven la rueda del futuro. La piscina de la Feria de Muestras, las gangas de Rafael y Vicente que seducían a Carmen Polo.

Todo va por rachas. Revisando el vocabulario ferrolano, nuestro particular idioma, hay expresiones que acaban pasando de moda. Yo mismo me asombro de las que utilizan los quinceañeros de esta esquina.

Y de que muchas se hayan extendido no solo por la comarca, sino mucho más allá. Pero hay algunas que se agarran al clavo e impiden abrir perspectiva. Decir en Madrid que se va a bajar el polvo sigue siendo tendencia, con lo arriesgado de esa frase en la Meseta.

Bueno, y aquí, según las entendederas del interlocutor. Yo siempre me quedo con eso, con lo bueno. Con lo que nos hace diferentes en la adversidad, con la naturalidad y el saber de una urbe que no necesariamente está ensimismada con lo que de ella dice la enciclopedia.

Seguimos siendo conachos -unos más que otros- y damos un rule -a pie o en coche-. Avivamos las luminarias de San Juan y, cada vez más, vamos a la marea a ver si una ría que sigue estando sucia da un dinero extra que es casi imprescindible.

Cero originalidad si recuerdo que aquí se hace gasolina, que les entramos a las chicas o chicos y que el verbo papar tiene connotaciones diferenciales. La perrera no es cosa de vascas y modernas: flequillo ferrolano.

Ferrol se nutrió de Galicia, España y el extranjero. Ahora nos toca exportar sentencias orales. Porque solo aquí el hospital pasa a ser una Residencia. Y, si no se sabe eso, habrá que jipar en un diccionario ferrolano-castellano/gallego. Lenguaje popular, tradición heredada, mezcla de culturas y generaciones.

El brus sirve para fregar el suelo, estar rebajado es algo más que una baja laboral, se va a todo filispín porque no hay tiempo para nada. Las camas son rebatibles y, cuando el pelete arrecia, se palma a clase. Para evitar constipados: manis o nikis.

El coche de línea va del muelle a Neda, los capuchones se retiran por el Corralón y los más listos del lugar se hacen los de Cobas/Covas. Capital: Rajón/Ragón. Ve abrigada, que la ropa te visa. Bueno, y se te repicha un poco.

Y compra una barra, que el pan está reseso y me apetece el corrosco. A quién no, hasta al chileta de la clase. Cámbiate el verdugo y las bambas. Limpia los tenis. Ni el busero te va a dejar subir al 1-B. Caballos a Equiocio, agotemos los percebes de la valiente Cedeira.

Si vuelves a decir que aquí no hay nada que hacer, deja de pasear tu trasero por Magdalena o Real. Una ciudad con unas costuras dignas de envidia que ahora se resiente por todos los costados.

Quizás solo sea necesaria una pizca de entusiasmo, un poco de apoyo a los que saben, respaldo a los que quieren hacer y ayuda de los que gastan en cosas superfluas. Y no seremos nunca más los de antes. Por suerte. Porque tenemos que ser los que van a venir. Los que están llegando.

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