Home / Ferrol / Ferrol / Castas y tópicos ferrolanos

Castas y tópicos ferrolanos

RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Martes 23 septiembre 2014 | 16:37

No hay Marea Ártabra capaz de barrer tradiciones seculares. Hubo, hay y poco parece indicar que deje de haber en el futuro castas. A pie de calle, dejémonos del topicazo que sentencia que todo clasismo solo rige ante las cuatro paredes del Casino. Eso sí, podría contar aquella anécdota en la cual una mujer que no descendía precisamente de la pata del Cid se quejaba amargamente.

¿Por qué? Porque tenía que compartir espacio en esa insigne institución con “una modista”. Ya ves, hay gente que nunca salió de A Magdalena y el globo terráqueo se le hace grande. Ahora bien, otros ferrolanitos surcaron las aguas que se agitan más allá de As Pías y regresan de vez en cuando con la cabeza llena de grillos.

También los hay que vuelven para quedarse y pagan sus frustraciones con el primer adoquín que se les pone por delante, como si un bache quisiera entorpecer su atormentada existencia. Ay, las modas. Ahora está en la cresta de la ola Canido, porque los residentes se han rebelado pacíficamente contra el abandono. Siempre hay, ojo, quien lo enturbia todo con tinta política, quien se deja seducir en exceso por esa tentación.

Nada sorprende en esta era dominada por los tuits de urgencia, las continuas exhibiciones de falsa realidad y los mensajes al aire proclamando las bondades de turno… con la única pretensión de garantizarse estilo y predicamento ante sus fieles dóciles. Pocas cuerdas impiden que se desaten algunos, para algo intentó Mónica Naranjo reventar cristales de la plaza de España con su vozarrón al calor de la noche de agosto.

Sí, amigos. La misma plaza en la que sucesos oscuros provocan el vómito colectivo y las palabras encadenadas. Que si no se puede pasear con calma, “cómo estamos”, hacerle ascos a los extranjeros sin saber tan siquiera los pormenores de tales hechos… Del atrevimiento a vociferar sin criterio, a generar ruido. Cuñadismo ártabro al calor de la barra del bar.

Unos quieren mantener sus esencias, otros quieren darle la vuelta a la tortilla y la mayoría ni sienten ni padecen. Ni mudan de piel. Misión imposible, al igual que algo tan simple como que los conciertos empiecen a la hora anunciada en Ferrol. Ya no voy a hablar de gustos, ni cuando se sugirió que los REM de Stipe darían guerra en la ciudad departamental habrían contentado al respetable. Somos insaciables.

En pleno auge de las orquestas, antes denostadas y relegadas a pueblos, nos sumamos a esa carrera de vértigo. No solo aquí, por favor, tengámoslo claro. Paradójicamente, cada vez hay más conciertos en aldeas de viejas glorias. Fin de la era conocida. Terminaron el verano, las fiestas y las estancias vacacionales. El curso ya ha empezado para todos, a ver si es verdad. Pese al bochorno.

Olvidamos por unos meses la eterna comparación con la capital de provincia, que casi nos cuatriplica en población y que invierte en recitales más que ninguna, lo cual también da para pensar y opinar. Para bien y para mal. Aquí, playas de azúcar, mares con demasiados Limones y quién sabe si unas Meninas que excedan el Soho/Lavapiés ferrolano para homenajear a más grandes que a Velázquez.

Por algo nos encanta echar la lengua a pacer. Cubrir minutos y minutos en medios de comunicación con críticas que no se harían si el dinero de todos bañase al que despotrica, eternas envidias y enemistades plagadas de reproches. Tan pequeño que es Ferrol, tantas polémicas baratas que genera. El Ferrol de las trincheras: luchar para que no triunfe el que lo merece… porque cae mal. Porque sí.

Los palmeros siempre están dispuestos. Nunca falla el que desprecia a los mismos de toda la vida, por encima de cambios o avances. Lo peor: criticar sin creer en lo que se critica. Censuramos que no haya ciertas actividades en un lugar de gustos conocidos y predeterminados, por suerte o por desgracia.

A todos les gusta la música de gusto refinado, pero llega la Panorama y ahí sí que hay marea; con lo que en teoría gusta, no va nadie. Pero nos quejamos. Aquí, y en más lugares, nos resentimos en la era de la vagancia suprema, del preguntar y comentar porque ya habrá un tonto que te atienda o responda. Meter el dedo en el ojo a desconocidos por matar el rato. Cuánta miseria.

(foto: Raúl Salgado)

Lo que diga el muñeco (foto: Raúl Salgado)

La afición por romper todo lo que ha costado unir, apuntarse a tendencias foráneas irreales por afán de protagonismo. Hacer daño a los que intentan aportar algo diferente para justo a continuación clamar por la ausencia de variedad. Plazas llenas de terrazas en las que ya no se puede jugar, la eterna comparación con Detroit que saca de quicio, el regusto ochentero que no deja vivir a muchos.

Antes había quien miraba con recelo y clasismo a Canido, ahora mola para muchos. Para los que van de verdad y no solo lo dicen para quedar bien. Las modas. “Donde las calles no tienen nombre”, decían unos U2 que llegué a odiar. Algunas tienen el nombre que no les corresponde en el callejero oficial; otras se han borrado del mapa por desidia. Barrios enteros.

“Hay que comprar en el comercio ferrolano”. Ya, por eso cierran. Por eso hay gente que no puede comprar por falta de dinero… o de amplio horario. Por eso se va a Odeón… a Coruña. Lo que sale de esta ciudad al mundo mundial, o lo que quieren sacar de ella los grandes medios, no es la realidad palpable.

Hablamos gallego, aunque siempre saquen a ferrolanitos en la pública autonómica que finjan acento; hay paro, demasiado, aunque escuches “paga todo Defensa”. Hay un crisol de opciones políticas, pese a que se retrate a las de la laca quejándose como interventoras a pie de urna porque sus fanáticas de la hora del té estén cabreadas y no fuesen a votar. Disimula, como si no hubieses visto a fulanito mientras hablas de todo y de todos.

Familias que repiten nombres y profesiones, estampas de Semana Santa que guardamos en algún cajón. “Al nivel de Ferrol”, lo que se merece. Más allá de las particularidades de cada rincón, es de suponer, oh casualidad, que muchos males comunes de la era moderna no hayan nacido aquí. Inevitable el desapego rencoroso a las raíces cuando ni siquiera quieres volver por Navidad.

“Todo sucio, como suele pasar”, que ya sabemos que aun abriendo los ojos no se ve que en las demás ciudades también hay guarros. Hay quien se sostiene en tres o cuatro referencias recurrentes a una cultura de la que en realidad carecen y, si son de otro lugar, en clichés que no aplicarían en su propio terruño. No en vano, “estos de Ferrol nunca aciertan nada, son del Racing”, dijo Paco Vázquez. Será por algo.

Por un cambio de modelo que no cristaliza, que hay vida más allá de unas fiestas y un quítame allá esas tonterías. Hay necesidades reales pendientes de ayuda. Se nos va la fuerza por las teclas, porque por la boca poca cosa. Siempre habrá tiempo para quejarse.

Un comentario

  1. Más de lo mismo: criticas a los que critican y además resultas desagradable…
    Fuga de ideas que no deberían escaparse.
    Un saludo

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*