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Cruzar A Marola en chalana para ver al Racing en Riazor

MARTA CORRAL | Ferrol | Sábado 28 de noviembre 2020 | 6:07

Más de once millas —unos 18 kilómetros— separan el puerto de Ferrol de la punta de Seixo Branco, en Mera (Oleiros). Esta es la distancia que el 26 de abril de 1964 lograron completar cuatro muchachos de Ferrol Vello que se echaron a la mar con el único objetivo de asistir al partido decisivo que el Racing disputaba ese mismo día en Riazor contra el Fabril.

La hazaña de Francisco Neira Romalde, Román Garrido García, Julián Nieto Fernández y Ángel Zárraga a punto estuvo de costarles la vida, pero salieron airosos y se convirtieron en los héroes indiscutibles del muelle. A pocas horas de que el Racing salte de nuevo al campo coruñés, hacemos memoria para honrar el recuerdo de los cuatro diablos que pasaron A Marola.

Que la prensa de la época se hubiese volcado con el suceso facilita la reconstrucción de lo que pasó aquel domingo de primavera. No obstante, la historia comenzó días antes: «Ya habíamos ido en la chalana a Mugardos a tomar el pulpo», confirma Francisco, más conocido como Pacholo. Fallecidos Román y Julián, sin noticias concluyentes sobre el paradero de Ángel, él es el único tripulante que puede atestiguarlo.

Francisco y Román tenían 14 años, Julián 13 y Ángel 12. Vivían en las calles San Antonio y Mártires del barrio portuario y crecieron con el salitre fluyendo por sus venas. Se habían hecho con una chalana abandonada y destartalada que el día antes del partido habían estado calafateando para lograr reparar las grietas de sus tablas con chapapote: «Le echamos pichi y la dejamos secar», rememora Pacholo, sin duda el líder de la operación náutica.

Ese domingo 26 de abril, según la crónica de La Noche, «a las dos de la tarde llega a casa el hijo de una sencilla y humilde familia del puerto ferrolano con el traje embetunado. A las preguntas de sus progenitores responde que ‘anduvo por ahí’. Come y no toma su vaso de vino. Nos falta decir que el muchacho —Pacholo— tiene 14 años y nunca llegó más tarde de las nueve a su casa. Se marcha sin decir a dónde». La Voz, por el contrario, afirma que pidió 10 pesetas diciendo que iba al cine Callao, pero él mismo lo desmiente hoy en día: «Llevábamos 3.000 pesetas entre todos para volvernos en autobús».

«Yo empecé a trabajar a los nueve años y teníamos dinero para ir a Coruña, pero quisimos ir en el bote y volver en bus», recuerda, precisando que eran once los que iban a salir de Curuxeiras ese día: «Lo que pasa es que se estaban retrasando, bajaba la marea y salimos sin ellos». Este extremo también lo confirma Justo Lorenzo, que por aquel entonces tenía 10 años. Los vio partir del peirao sobre las 15:00 horas mientras escuchaba los gritos de su hermano Juan José y del resto de chavales ―los que se habían quedado en tierra―: «¡Cabrones, esperad!».

Pero Pacholo y compañía ya estaban con la proa poniendo rumbo a la boca de la ría. El partido del Racing era a las cinco y los cativos pretendían llegar allí en dos horas y sin remos. Sí, sin remos, porque tal y como le contaron a La Voz de Galicia: «El mismo domingo, cuando pensábamos iniciar la travesía hasta La Coruña, un celador de la Junta de Obras del Puerto nos los quitó». Pacholo recuerda, ahora divertido, cómo los sustituyeron: «Cogimos un par de tablas y les hicimos unos agujeros».

«Éramos unos chiquillos y pensábamos que Coruña estaba al otro lado del Segaño», confiesa, puntualizando que salieron en la rampa de La Cortina y desde el inicio tuvieron que ir achicando agua. Este, en un alarde de responsabilidad en mitad de aquella huida hacia delante, antes de salir del abrigo de la ría pescó un madero de esos que sirven de cama a los buques en los diques porque «Román no sabía nadar y pensé que si caíamos al agua al subirse al tronco yo lo podría remolcar».

No fue hasta las ocho de la tarde, según la información de La Voz, cuando la madre de Ángel empezó a preocuparse y preguntó a un amigo: «Este, un poco azorado, dijo que creía que había ido a Mugardos con otros chiquillos». Justo Lorenzo resume muy acertadamente lo que pasó entonces: «Los que iban a ir y no fueron acabaron cantando». Se avisó a la Comandancia de Marina de Ferrol y a una lancha motora de servicio para comenzar el rescate. Varias embarcaciones de particulares también se unieron al dispositivo.

Pero los chavales, a esas horas, ya habían pasado de largo Caneliñas y estaban bogando como podían inmersos en el oleaje: «Vimos un petrolero de Campsa y desaparecía delante de nosotros cuando venían las olas, imagínate lo grandes que eran», rememora nuestro protagonista 56 años después. También avistaron a un par de pesqueros a los que les hicieron señas sin éxito, dijeron en aquel entonces a los periodistas de La Voz. Les confesaron también que habían pasado mucho miedo, que lloraron, se marearon y vomitaron.

«Francisco es el más valiente. ‘Yo no lloré’, dijo; pero su afirmación la desmintieron los demás, que agregan: ‘También rezamos. Creímos que no saldríamos con vida’». El miedo empezó poco después de salir de Ferrol y les acompañó en las siete horas de travesía. Dijeron que la Torre de Hércules les había ayudado a orientarse y que no sabían dónde estaban cuando tocó desembarcar, ya de noche, en torno a las diez: «Lo que queríamos era dejar la lancha. No podíamos más».

Francisco fue el primero en tirarse al agua porque era un gran nadador —«ahora, con la edad, ya no estoy para eso»―: «Creí que me ponía sobre una piedra, pero me hundí. Salí a la superficie y me agarré a la lancha hasta que hice pie». Julián también se lanzó después y estuvo a punto de ahogarse porque el jersey le impedía nadar, pero logró sujetarse a las rocas. Ángel logró pasar directamente del bote a las peñas y Román, que no sabía nadar, se ayudó del famoso tronco y la pericia de Pacholo hizo el resto.

Lejos ya del mar, siguieron un sendero hasta una casa: «Nos atendieron estupendamente y luego nos fue a buscar la Guardia Civil y aquí estamos». Ese aquí era la Comandancia que la Benemérita tenía en Mera porque los periodistas interrogaron a los chavales con el beneplácito de los guardias en las dependencias, antes de que llegasen sus padres. El problema, recuerda Pacholo, es que no había electricidad por una incidencia y no funcionaba la radio para dar aviso del rescate.

Al caer la noche había salido la embarcación de los Guardacostas del puerto coruñés. El Sálvora encontraría pasadas las tres de la madrugada del lunes la chalana en las inmediaciones de Prioriño Chico. En su interior estaban algunas de sus ropas y zapatos, así que se temió lo peor. La remolcaron hasta Ferrol y al ver aquello, José Neira Villar, el padre de Pacholo, que pertenecía a la Marina de Guerra, aceptó lo inevitable. Después confesaría que «ninguno de nosotros creímos ver vivos a nuestros hijos».

Los padres de Ángel fueron hasta la Comandancia de A Coruña y regresaron sin más noticias. Tendrían que dar las once de la mañana del lunes para que el comandante del puesto de la Guardia Civil de Mera, Ricardo Rodíguez González, pudiese dar el aviso a Ferrol. Habían dado de comer y prestado ropa a los chicos, le habían retirado algunos pinchos de erizo que se había clavado a Ángel, pero los cuatro estaban sanos y salvos.

José Neira y José Ignacio Zárraga fueron en coche a recogerlos y los trajeron de vuelta a Ferrol, donde llegaron envueltos en una gran expectación. Pero antes, cuando aguardaban para ser recogidos y hablaban con los periodistas, aseveraron que no volverían a hacer nada parecido y que temían la reacción de sus padres:

Seguramente, a esas alturas, a los chavales poco o nada les importaba lo que había sucedido en Riazor, pero lo cierto es que tampoco fue una buena tarde para el conjunto departamental. Recuerda Jorge Deza en el segundo tomo de su Historia do Racing Club de Ferrol que antes de disputar el encuentro estaba empatado a 46 puntos con el Compostela en el primer puesto y el Fabril tenía 44, así que quedaban dos partidos y todo podía suceder. Superada la prueba contra el Corujo (9-1), restaba saber qué pasaría en Coruña.

Y lo que pasó fue lo peor. «O Fabril foi o verdugo verde esta temporada (dúas das tres derrotas foron co cadro coruñés) e un gol de Bellón no minuto 18 foi suficiente para deixar aos ferroláns fóra de toda opción de loitar polo ascenso. O Ferrol estivo nervioso, reservado e sen a garra de partidos anteriores (…). Naquel aciago partido (no que, por certo, o árbitro castelán Alonso Pérez asubiou o remate no minuto 86 sen mediar motivo) o conxunto departamental presentou un once de gala (…). O Fabril foi mellor sobre o céspede do estadio municipal herculino aquel 26 de abril e un Ferrol incomprensiblemente apagado vía como todo o traballo da temporada caía pola borda na última xornada».

Pacholo recuerda perfectamente que acabó harto de los periodistas en los días siguientes y su cara en alguna de las fotos que salieron en los periódicos puede corroborarlo: «No nos dejaban en paz». Tanto el Racing como el Deportivo quisieron nombrarlos socios de honor, pero ellos se negaron: «No quisimos. Éramos críos muy rebeldes, muy piratas. Lo único que aceptamos fue un homenaje que nos hicieron en la Peña Rubalcava, que se reunía en la cafetería que había en la misma calle. Nos invitaron a un chocolate con churros».

Justo Lorenzo nos cuenta que a principios de los 2000, en una de las visitas del Atlético de Madrid a A Malata, él se movió con la directiva del Racing para hacerles un homenaje, pero finalmente aquello no llegó a buen puerto. Algo me dice que Pacholo no es hombre de homenajes ni protagonismos, a pesar de que gracias a él los cuatro salvaron la vida. En su casa de Caranza cuelgan de las paredes tres fotografías con sus compañeros de hazaña, a los que recuerda con cariño. Él terminó por dedicar su vida al mar, tanto en barcos de pesca por el Gran Sol y Canadá como en Astano. De hecho, apunta su mujer Manoli, llegó incluso a construirse una chalana para ir a pescar en Cobas.

Resulta curioso, al consultar la hemeroteca, que La Voz de Galicia no mencione en ningún momento el verdadero propósito del periplo de los chavales como sí lo hacen La Noche y La Vanguardia, y llega a afirmar, en varias ocasiones, que su motivación era conocer la ciudad herculina. De hecho, el periodista Eugenio Pontón, dedica una columna de opinión entera a decir cosas como estas: «¿Qué especiales atractivos tiene La Coruña para que cuatro niños ferrolanos se metan a nautas y en una débil chalana traten de alcanzar nuestra bahía?».

«Ellos, que querían alcanzar la ciudad coruñesa para pisar la tierra de María Pita y rondar los campos donde perdió Sir John Moore las esperanzas y la vida no han logrado llegar a La Coruña», escribió, elevando incluso una petición para que los cuatro muchachos «tuvieran un premio a su deseo incumplido. Si querían ver La Coruña, pisar sus calles, oler su flores y saludar a sus gentes, que lo hagan. Por eso ruego al Ayuntamiento que los invite a trasladarse a nuestra ciudad un día cualquiera».

Le pregunto a Pacholo si esto es verdad, si es que nunca antes habían estado en Coruña y querían conocer la ciudad y lo del Racing era una excusa. Él me mira extrañado antes de decirme con ese maravilloso acento ferrolano que solo uno nacido en La Graña, criado en Ferrol Viejo y vecino de Caranza puede tener: «Pero si yo era transportista y ya había ido mil veces».

«Con la tranquilidad en el ánimo de todos, a las cuatro y media de la tarde eran esperados en el puerto por sus familiares estos aventureros infantiles de nuestra ciudad que, sintiendo dentro de sí la innata tradición marinera que llevan los ferrolanos, se lanzaron a la aventura del mar para asistir a un partido de fútbol». La Noche, 28 de abril de 1964.

*No podría haber escrito este artículo sin la inestimable colaboración de: Francisco Neira Romalde ‘Pacholo’ y su mujer Manoli, Óscar Peña Neira, Álvaro Alonso, Justo Lorenzo, Felipe Cotovad, Aldo Regueira, Lucía Regueira, Paco de la Iglesia, Lola Castro Casares, Fran Sardiña, Iria Mariño, José Mosquera Area, Eva López, Pololo López, Roberto Vidal, Olalla Vidal Pumar, Miguel Martín López y todas las personas que se han interesado por la búsqueda de los cuatro ‘diablos’ que pasaron A Marola. Muchas gracias.

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