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Cuando no se quiere

 

MARTA CORRAL | ‘O Falar non ten cancelas’ | Sábado 24 enero de 2015 | 11:52

El hombre de gabardina que se sienta en la tercera mesa cruza el umbral de la puerta. Se sacude el frío y la helada que deja una tela algodonada a esas horas sobre el césped de Amboage. Asiente cuando le dicen desde el otro lado de la barra si va a querer lo de siempre, dirigiéndose hacia la repisa de los periódicos.

Aparta la prensa nacional, rastreando las noticias que suceden a su alrededor, las que le importan más, con las que él se identifica. Siempre madruga los sábados para disfrutar del privilegio de tener abiertos los ejemplares como un abanico encima de su mesa, flanqueados por el cruasán de París, su zumo ACE y el café doble.

Palpa El Correo y se lo mete bajo el brazo. Hace lo mismo con La Voz y sigue archivando periódicos con las manos aún heladas, en busca del Diario. Por primera vez en los casi 16 años que lleva leyéndolo, exceptuando las fiestas de guardar, el hombre de la gabardina no lo encuentra en la repisa.

«¿Quién ha podido cogerlo a estas horas?» se lamenta entre dientes, escudriñando a su alrededor en busca de respuestas. No es posible, aún no hay nadie más que los camareros. «¿Tenéis el Diario?» pregunta finalmente: «No, hoy no vino».

Los profesionales que día tras día hacen posible que la cabecera ferrolana esté en la repisa, en el quiosco, en la web y en la calle, junto con sus compañeros del grupo Editorial La Capital –El Ideal Gallego, Deporte Campeón, Diario de Bergantiños y Diario de Arousa-, han lanzado un grito desesperado en forma de huelga.

No han escrito una palabra, no han levantado el teléfono, no han ido a buscar información, no han pulsado el botón de su cámara, no han echado a andar la rotativa, no han distribuido. No han trabajado desde las ocho de la mañana de este viernes hasta las ocho de la mañana de este sábado.

Pero no lo han hecho a lo loco, por capricho. Lo han hecho con la inmensa tristeza del que toma una decisión tan inevitable como correcta, pero que nunca habría querido tener que tomar.

Bombardeados a recortes desde 2013 -aún siendo la cabecera más rentable del grupo-, los profesionales del Diario de Ferrol hicieron un acto de fe. Confiaron en la empresa, pusieron -y ponen aún- un 33 % de su salario que sale de su prestación por desempleo, condonaron la deuda de una paga y media extra, asumieron tareas que, antes, hacían otros, que ahora no estaban.

Se han visto abocados a no poder desplazarse en busca de la noticia, porque no les van a pagar el desplazamiento. A no poder firmar sus piezas informativas porque su instinto periodístico les exigiría para ello un esfuerzo mayor que no pueden realizar, porque no se lo van a remunerar, porque ningún jefe se va a fijar en ello, ni van a tener en cuenta su esfuerzo.

Aún así, maltratados y apartados, los 23 miembros de la redacción de la calle Galiano hacen lo imposible para que Ferrol siga gozando de una mayor pluralidad informativa. Sacrifican su tiempo, se muerden la lengua, sacan las ganas de donde no las hay y se imaginan que están cobrando la totalidad de sus nóminas, a pesar que desde noviembre, eso no ocurre.

A todas luces, una infraestructura de profesionales como los del Diario, sería un caramelo para cualquier empresario que se precie, que ame de verdad un proyecto. Cualquiera que no fuese un loco drogado se daría cuenta de que el compromiso, el rigor, la capacidad de trabajo y la honestidad de estos profesionales no se encuentra doblando la primera esquina.

Algunos líderes, que en vez de líderes se asemejan cada vez más a reyes tuertos con galones clientelistas, miran desde su atalaya cegados por el sol. Cualquier persona que dirija un buen equipo, sabrá que lo primordial es empaparse a diario con las opiniones de los que reman en su mismo barco. Los mejores jefes son los que escuchan a sus trabajadores.

Aquéllos que podrían sustituir puntualmente a alguno de ellos si fuera preciso, pues saben realizar su trabajo y conocen sus rutinas. Un buen jefe está atento a los cambios, se anticipa a ellos, no les teme, porque sabe que la supervivencia pasa por cambiar, por adaptarse a eso que llamamos mercado.

En la soledad inevitable del jefe, que tan bien describió el gran Rudyard Kipling a través de la figura de Akela en su Libro de las Tierras Vírgenes, éste debe enfrentarse a todo tipo de adversidades para que su manada salga adelante. Debe desmarcarse, jugarse el tipo, llenarse de rasguños. Y lo hace sin pensarlo, porque sabe que lidera a los mejores, porque «el lobo hace fuerte a la manada, mas es la manada la que hace fuerte al lobo».

Escuchar ayer a mis compañeros del Diario de Ferrol en la plaza de Armas me conmovió profundamente. La dignidad de sus actos, de sus palabras, bien merece que los que tengan que escucharlos, los escuchen. Que los que tengan que jugarse el tipo, se lo jueguen. Que los que sean un obstáculo, tengan la decencia de apartarse.

Los ciudadanos también tenemos que poner de nuestra parte. Luchar por no perder un gran símbolo de la ciudad como es el Diario. Luchar para seguir estando bien informados, para que siga habiendo un abanico de periódicos encima de la mesa en el café, ¿o queremos seguir corriendo sin cabeza hacia un precipicio?

A los que gobiernan -que, por cierto, ayer no estaban apoyando a estos trabajadores-, les diría que este es otro tren que no podemos dejar pasar. Y ya van unos cuantos. Porque no se trata sólo de un periódico, ni de una empresa, ni de 23 trabajadores. Se trata de mejorar las cosas, de no permitir que nadie trabaje gratis.

Se trata, en definitiva, de querer que esto salga adelante, porque en Ferrol sabemos muy bien qué es lo que ocurre cuando no se quiere.

Trabajadores de Diario de Ferrol y ciudadanos han defendido el futuro del periódico en la plaza de Armas (foto: Sandra Rego)

Trabajadores de Diario de Ferrol y ciudadanos han defendido el futuro del periódico en la plaza de Armas (foto: Sandra Rego)

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