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Cuando vuelvan los abrazos (y sepan a sal y cerveza)

Subir a Monteventoso con el toxo en flor, otro deseo que pronto se cumplirá

MARTA CORRAL | O falar non ten cancelas | Jueves 7 mayo 2020 | 14:58

«Crecí en el mar y la pobreza fue para mí fastuosa; después perdí el mar, todos los lujos me parecieron entonces grises, la miseria intolerable. Desde entonces, espero. Espero los navíos de vuelta, la casa de las aguas, el día límpido. Espero con paciencia, pongo todo mi empeño en ser educado. Se me ve pasar por bellas calles cultas, admiro los paisajes, aplaudo como todo el mundo, doy la mano, no soy yo quien habla».

En estas semanas he vuelto una vez más a El Verano de Camus. Lo hago al menos una vez al año, por primavera. Es curioso cómo viajan en el tiempo esas palabras escritas en 1939 y cómo estrenan significado cada vez que regreso a sus páginas. Quién nos iba a decir a principios de marzo que lo urgente podía esperar y que lo importante no costaba dinero. La familia, el mar, los amigos, el sol en la cara, el cielo sin cristal de por medio.

Acudí a mis contactos de Facebook y Twitter para preguntarles qué tres cosas figuraban en su lista de deseos para cuando hayamos bajado todos los escalones posibles y pisemos la tierra de eso que llaman nueva normalidad. Más de un centenar han respondido y, como la encuesta se formuló antes de las primeras medidas de apertura, muchas de esas ansias ya han sido tachadas felizmente de sus inventarios; pero no la más importante y tristemente lejana: los abrazos.

La mayoría coinciden en que lo que más les gustaría es abrazar a su familia: abuelos, padres, hijos, sobrinos… Después, ir al mar: Ponzos, Santa Comba, Pena Roiba, Os Botes, San Cristóbal, Doniños, Lobadiz, San Jorge, Marmadeiro, Costa da Morte… Balcones al azul inmenso, al yodo y al salitre, a la arena deslizándose entre los dedos de los pies. A la hiperventilación del primer frío al sumergirse. A las olas que se bucean y con las que se baila hasta acabar en la espuma.

En tercer lugar están las reuniones en los bares. Las cañas, los vermús y los vinos en El Clavel o el Papillón, aderezados de risas, anécdotas y terrazas al sol mirando las cigüeñas. Los paseos, que ya han sido, conformaban el cuarto deseo más ansiado. Caminar sin rumbo, en el monte la mayoría, o en el centro de la ciudad. Ojalá perderse pronto en los senderos frondosos. Otros abrazos, esta vez a los amigos, ocupan el quinto lugar.

E ir a la peluquería el sexto. Ese servicio que se declaró esencial al principio demostró que finalmente no era tan descabellada su catalogación. Teñirse la raíz, cortarse el pelo, depilarse, arreglarse el desaguisado que las tijeras caseras habían provocado en las perreras. Ahora, en barberías y salones de belleza, ya ha empezado el traqueteo entre mascarillas y desinfectantes. Autocuidados revolucionarios.

Los cafés también se extrañan. En el Lusitania, El Marqués o en Bonilla, con pasteles de nata o churros, que también empiezan a fluir sin poder tomarlos mirando las golondrinas o a los cascos de Los 15 hermanos. También han vuelto los cruasanes de París. En octavo lugar figuran los homenajes gastronómicos: tapas y raciones en O Pincho, el Josefa’s o las Bodegas de Fajardo. Después, la gente quería llorar de alegría.

Cerrando el decálogo empatan los corredores (que han pisado ya las calles nuevamente) y los que quieren volver a Galicia y, más concretamente, a Ferrol desde lugares como Madrid o Barcelona. Un deseo que ahora se antoja demasiado lejano como para pensar en ello sin sufrir el correspondiente ataque de morriña. Después, la gente quiere disfrutar de la plaza de Armas, bailar —en el Manchita o un buen tango en una milonga—, y organizar un churrasco con amigos al aire libre.

Ir a la librería (el olor a libro palia la injusticia de no poder tocarlos sin guantes), pasear a las mascotas con calma, leer al aire libre, tomarse un bocata del Canario, trabajar —qué jodido hacerlo sin las medidas de seguridad adecuadas y qué jodido es no poder hacerlo por haberlo perdido—, y «no volver a casa en una buena temporada».

Cantar a gritos en el coche —¿sabremos aun conducir cuando podamos hacerlo? ¿qué canción pondríais a tope? Yo creo que Stand by me—, volver «a nuestras casas tajados cantando Caballeros del Zodiaco», hacer el amor, pasear con un helado, dejar a los niños con los abuelos, «abrazar un árbol, respirar hondo y gritar de alegría», viajar, celebrar los cumpleaños que han tenido que ser virtuales, surfear, ir al podólogo, ir a IKEA, «hacer botellada en la DOMUS», ensayar con el grupo, escuchar música en directo, comprar material de arte y un videojuego, y «darle un guantazo al primero que cante Resistiré».

Esto nos ha hecho jugar a todos en el mismo equipo a pesar de que los políticos irresponsables se hayan dedicado a fracturarnos todo este tiempo. Dio igual vivir en Madrid o en provincias por una vez. Y ahora, cuando empezamos a asomar la cabeza, ser de las afueras se sabe una ventaja. La mayoría hemos cumplido escrupulosamente y tengo que reconocer que a mí no me ha costado tanto y ahora me produce una satisfacción. Y siento lástima por los listillos que han jugado por su cuenta: ellos nunca podrán apreciar tanto todas estas cosas cuando lleguen porque no han sabido qué se sentía al no tenerlas. No las han extrañado como nosotros. No iban en nuestro mismo barco.

Al inicio de Love Actually, en las imágenes de la puerta de Llegadas del aeropuerto londinense, recordaban que en el 11S los que sabían que iban a morir mandaban mensajes de amor a sus familias. Ni uno solo se dedicó a ajustar cuentas. En este listado de cosas que queremos que lleguen, que son importantes, apenas hay muestras de consumo. Prácticamente todo lo que ansiamos es inmaterial. ¿Habremos aprendido, aunque sea solo eso, que las cosas no son las que nos hacen felices? ¿Sabremos valorar la rutina como se merece? ¿Podremos reconocer nuestra fortaleza?

«Volvía a encontrar allí la antigua belleza, un cielo joven, y ponderaba mi suerte, comprendiendo por fin que en los peores años de nuestra locura el recuerdo de este cielo no me había abandonado nunca. Era él quien, para concluir, me había impedido perder la esperanza. Yo había sabido siempre que las ruinas de Tipasa eran más jóvenes que nuestras obras en construcción o nuestros escombros. El mundo empezaba allí cada día con una luz siempre nueva. ¡Oh, luz!, ese es el grito de todos los personajes enfrentados, en el drama antiguo, a su destino. Ese último recurso era también el nuestro y ahora yo lo sabía. En mitad del invierno aprendía por fin que había en mí un verano invencible».

Playa de Doniños (foto: Mero Barral / 13fotos para Ferrol360)

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