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El adiós del laboratorio Punin

MARTA CORRAL | Ferrol | Jueves 20 marzo 2014 | 11:45

En silencio, sin levantar la voz ni hacerse notar, sin armar jaleo. Con una nota escueta, agradeciendo los años de confianza depositada, colgada en la puerta.

El motivo no ha sido la crisis, sino la falta de relevo al frente del negocio, lo que ha empujado a la familia Punín Dorrio a colgar el cartel de «cerrado», dejando atrás casi un siglo de analíticas, reactivos, sueños y pesadillas: «Toda una vida».

Isabel Dorrio, al frente del negocio desde que falleció su marido Manuel Punín, nos abre las puertas de su casa, situada encima del mítico laboratorio, el primero en funcionar en Ferrol y comarca.

De la mano de esta mujer fascinante recorreremos la historia del laboratorio, su propia historia. La vida de un establecimiento por el que han pasado millones de personas y que ha sido clave en la suerte de muchos, mensajero de buenas y de malas noticias.

A Isabel le fluyen los recuerdos con absoluta naturalidad. Como si todos los días salieran a pasear por el salón, como si estuvieran ahí, siempre a mano por si se necesitan: «Tengo buenos recuerdos, porque los malos, realmente, se olvidan pronto».

«Érase una vez…»

Toda buena historia tiene, al menos, un protagonista. El personaje principal de los comienzos del laboratorio fue Celestino Punín, hijo del farmacéutico Manuel Punín, el que fuera fundador de la histórica farmacia de la calle Real.

Conocemos a Celestino a principios del siglo XX, en un momento muy duro de su vida. Su padre muere cuando es apenas un adolescente y la botica tiene que quedar al cuidado de un farmacéutico ajeno a la familia, para no perder la licencia.

Cuando tuvo la edad suficiente, Celestino se matriculó en la universidad, a la vez que trabajaba en el Ayuntamiento de Ferrol para costearse la carrera. Fueron tiempos difíciles; pero era un gran estudiante y terminó muy pronto sus estudios. Le tocaría a él reflotar la farmacia de su padre, que estaba atravesando un profundo bache.

Pero era una persona «tremendamente sensata» y no se conformó con la farmacia, sino que apuntó un poco más alto: ¿por qué no montar un laboratorio de análisis? En ese momento no había ninguno en la comarca y el negocio estaba asegurado. Además, su hermano pequeño estaba estudiando Farmacia y podría hacerse cargo de ella al terminar.

Aunque Celestino no tardó en caer en la cuenta de que le haría falta ser médico para llevar el laboratorio. Así que se matriculó en la Universidad de Santiago y, al tiempo que trabajaba, completó sus estudios viajando semanalmente a Compostela.

«Aún conservamos cartas que le escribía a mi suegra, hablándole de sus notas de la carrera. Todo eran notazas. Era muy inteligente y sensato», apunta Isabel.

El primer laboratorio Punin se ubicó en el piso de arriba de la farmacia, en la calle Real. Más tarde se trasladó al edificio de al lado y, finalmente, en 1973 se cambiaba a su conocido emplazamiento en la calle de la Tierra.

Isabel recuerda a su suegro Celestino como una persona dedicada a su trabajo y a las personas: «Tenía mucha paciencia con la gente. No le importaba estar hasta las tres de la mañana en el laboratorio, era dedicación a su familia y a su trabajo».

De padre a hijo

Poco tiempo estuvo Celestino en el nuevo laboratorio. Menos de un año después del traslado, un terrible accidente acaba con su vida y fuerza el relevo.

Entra en escena nuestro segundo protagonista: Manuel Punín, hijo de Celestino y médico como su padre. Aunque Isabel, su mujer, la misma que nos está contando esta historia, siempre le ha llamado Manolo.

Manolo ya había terminado su carrera de Medicina en Santiago de Compostela, tras una breve estancia en Madrid, y trabajaba con su padre al frente del laboratorio. De modo que no dudó a la hora de coger las riendas del negocio familiar: «Me acuerdo que aún estando de novia con Manolo, en Navidad él estuvo todo el día en el laboratorio porque lo llamaron del Hospital de Caridad, que aún estaba aquí», nos cuenta Isabel, que por esa época aún no podía imaginarse que también ella acabaría siendo una apasionada del laboratorio.

«Una vez faltó la enfermera y me llamó para que bajara a abrir la puerta y atender a la gente. Y le empecé a coger el gustillo. Entonces, me llamaba si me necesitaba y, al final… ya me las sabía todas», reconoce Isabel, que muy pronto se hizo con la confianza y el cariño de la clientela del laboratorio: «Un día me vi haciendo las vacaciones de la enfermera y, ya ves, hasta que cerramos el pasado 23 de diciembre».

Aunque, como es lógico, no todo fue fácil: «Lo que fatal: dormir, comer, trabajar y vivir con la misma persona. Eso es lo peor que te puedas echar a la cara, porque todos los problemas los traíamos para casa», confiesa Isabel.

«Cómo hemos cambiado»

Desde la época de Celestino hasta nuestros días, la tecnología del laboratorio ha cambiado constantemente hasta facilitar y agilizar todo tipo de pruebas diagnósticas.

A principios de siglo, todo era manual, casi artesano. No existían los reactivos, sino que se tenían que elaborar y controlar las reacciones a través del microscopio, no existían máquinas que analizaban las muestras: «Cuando empezó Manolo ya comenzaban las máquinas y los reactivos; pero el mérito fue empezar como empezó Celestino. Ahora con los auto analizadores, metes la muestra, le pones preferente y te sale la primera».

Algo tan simple para nosotros como es saber si una mujer está o no embarazada, antes era cosa de alquimistas. En el laboratorio hacían la ‘prueba de la rana’, que consistía en inyectarle a los batracios la orina de la mujer y, si la rana hinchaba, es que estaba preñada: «La mujer tenía que estar embarazada de dos meses, por lo menos, porque la cantidad de hormona que se necesitaba para que la rana hinchara ya era muy potente», dice Isabel.

¿Que será de la calle de la Tierra sin el mítico letrero del laboratorio Punin?

¿Que será de la calle de la Tierra sin el mítico letrero del laboratorio Punin?

Celestino Punín a ojos de Siro (foto: cedida por la familia)

Celestino Punín a ojos de Siro (foto cedida por la familia)

Celestino tenía un proveedor de ranas, autóctono de Maniños. Cuando las ranas estaban ya muy hinchadas, se liberaban en ríos, aunque no siempre fue así: «Por lo visto, al principio, echaban las ranas por el váter, tiraban de la cisterna y punto. Hasta que un día, una señora pidió para ir al servicio. Se sentó y dio un grito. Le había saltado una rana. Así que nunca más las tiraron por allí», recuerda Isabel, divertida.

También se acuerda del cambio que supuso para las rutinas del laboratorio el descubrimiento del sida, porque comenzó a usarse material desechable que hasta el momento se esterilizaba: «Notabas en la gente que estaba enferma, que te pararas con ella y que hablaras, que no le dieras importancia a su enfermedad, te lo agradecía un montón».

¿El último cambio? Con la llegada de la Ley de Protección de Datos, Isabel tuvo que retirar el ‘cartelito de morosos’ que lucía en el laboratorio. Todo un clásico.

Good news, bad news

De recepcionista, de enfermera, de psicóloga… Isabel tuvo que ejercer de todo, porque así como hay veces en que los análisis nos dan motivos para sonreír, «hay análisis que no dan buenas noticias y la gente viene desesperada, con miedo y vergüenza».

«Entonces, una vez que tú hablas con esa gente, que la llevas al despacho, que no pasa nada, que venga… O, por ejemplo, dar la noticia de que estás muriéndote. Ahí venía siempre el médico del laboratorio».

Por el laboratorio Punin ha pasado de todo. Desde pruebas de ADN que dejaban en evidencia a algunas madres, hasta análisis de alimentos por si había envenenamientos o de aguas por si eran aptas para el baño: «Incluso nos han traído patatas para analizar, porque el agricultor se había equivocado echando sulfatos y pesticidas y nos las traía para ver si eran aptas para comer».

En multitud de ocasiones, el laboratorio recibía prendas de ropa para analizar en busca de la infidelidad del marido o la mujer: «Tuvimos un caso en el que venía el marido con una prenda de ropa de su mujer y señaló los lugares que quería analizar en busca de semen. Y, efectivamente, había en alguno de los sitios».

También les propusieron exhumar un cadáver para analizar los huesos sin pasar por el juzgado, a lo que se negaron rotundamente: «Cuando llamábamos a los laboratorios de Coruña decíamos: “Aquí C.S.I. Ferrol”, porque analizábamos cosas rarísimas, que no te puedes imaginar», bromea Isabel.

«Se vivió de todo en el laboratorio. Cosas tristes, cosas de risa. Incluso le preguntaban a Manolo si sabía de sitios donde abortar en aquella época. La vida misma. Cosas muy bonitas, la gente muy agradecida; pero también cosas muy tristes».

Hasta siempre

En enero del 2000, Manolo Punín fallece repentinamente e Isabel tiene que sacar fuerzas de donde no las hay y seguir al frente del laboratorio: «No lo pensé. En aquel momento no lo pensé. Había que seguir. Manolo murió el día cinco de enero, el día de Reyes se enterró; el siete, San Julián, fue el funeral y el día ocho todo el mundo en su sitio: unas en Santiago, otra en el colegio y yo, en el laboratorio. No sé cómo pude hacerlo, pero lo hice», admite.

Fue entonces cuando comenzó a tramitar el alquiler del laboratorio y apareció una empresa interesada que se hizo cargo; pero, al acabar el contrato, «como el laboratorio no estaba bien atendido», Isabel decidió confiarle la gestión al doctor Peris, que lo llevó hasta este mismo diciembre.

Isabel era la arrendataria del laboratorio, pero también se dejaba ver entre los clientes, porque en ella residía la ‘marca Punin’ y las personas preguntaban por ella.

A pesar de seguir contando con mucha clientela, ninguna de las tres hijas de Isabel estuvo dispuesta a coger el relevo de su madre, por lo que al terminar el contrato con Peris, el laboratorio echaba el cierre: «Se acaba una etapa de mi vida, de muchos años. Treinta y nueve años, nada menos, camino de cuarenta. Son muchos años. Dejar una cosa que además llevaba tantos años abierta al público y con clientela, te da pena. Por otro lado, también es un respiro, porque ya no es el estar pendiente de cosas, no tener una responsabilidad. Estar libre, con mis cosas».

Para Isabel, que reconoce que aún se está adaptando a esta nueva situación, su experiencia en el laboratorio fue muy gratificante, «sobre todo con la gente mayor, que vienen solos», y que echará muchas cosas de menos, pero que hay que hacer «borrón y cuenta nueva».

Para ella «fue una vida», pero ante sus ojos se descubre otra nueva. Como en la mítica novela de García Márquez, los nombres se repiten una y otra vez. Manuel e Isabel son ahora sus nietos; la niña, casi recién nacida. No tendrá tiempo de aburrirse ejerciendo de abuela, riéndose con ellos, enseñándoles, meciéndolos en su colo.

Se cierra el libro para el laboratorio Punin, el pionero en Ferrol; pero comienza un nuevo capítulo para esta matriarca valiente de energía desbordante, que tiene el cielo más que ganado y la sonrisa eterna. Gracias, Isabel.

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