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El apego, leches

COSAS DE NOELIA | Martes 17 noviembre 2015 | 21:57

Los monjes tibetanos realizan increíbles obras de arte con arena, dedicando horas y horas, para destruirlas inmediatamente una vez terminadas, simbolizando así lo insignificante e irrelevante que es el tiempo, la vida, la materia.

Y en ellos pensaba cuando me vi ante la enorme cantidad de cajas que saqué del trastero aquel verano en que me decidí a hacer limpieza, a deshacerme de equipaje, a tirar lastre… A darme cuenta de la enorme conexión que tenemos con los objetos. Allí estaba yo, delante de todos aquellos supervivientes de tres mudanzas, sin saber a quién podía sacrificar. Sin saber si podría hacerlo.

Benditas mudanzas. Benditas seáis. La selección natural de las cosas inertes. Cuánto nos ayudan a aligerar. Cuánto ha quedado en el camino. Cuánto ha caído en el olvido. Y benditos trasteros, que permiten que tu hogar pueda tener, cada cierto tiempo, el aspecto minimalista que soñabas mientras contemplabas aquellas colecciones de figuras que inundaban las casas durante tu niñez.

Abrazada a la bolsa en la que llevaba los jerséis que me había hecho mi madre, me quedé paralizada, contemplando aquel pasado apilado. No podía dejarlos allí. «¡Mamá!», la llamé por teléfono.

-Dime.
-Tus jerséis.
-¿Qué jerséis?
-¡Los que me hiciste!
-¿Cuándo?
-¡Hace 15 años!
-¿Cuáles?
-¡Los que me hiciste! No puedo tirarlos.
-¿Pero aún los pones?
-¡No! Pero me los hiciste tú.
-Tíralos.
-No puedo abandonarlos. ¡Quédatelos!
-Déjate de tonterías.
-¡Mamá!
-Que los tires, niña, tanto drama.
-¡Mamá! Pero los hiciste tú, con tus manitas. ¡Me da la pena!
-Pena son los pelos esos que llevas.
-¡Mamá, los jerséis!
-Que me dejes que tengo cosas que hacer.

Los jerséis que me había hecho mi madre. Los libros. Los regalos recibidos. Los amuletos. Los recuerdos. Todos aquellos objetos imbuidos por el espíritu de quien los creó, de quien con ellos se relacionó, yaciendo en aquellas cajas, sobreviviendo al tiempo y al espacio, conectando conmigo mágicamente, ese nexo tan fuerte que obliga a tu mente a revivir.

Llovía. Llovía como sólo puede llover cuando tu alma se desgarra. No era una maravillosa lluvia de verano, de las de correr a refugiarte entre risas. No. Era una lluvia de finales de noviembre, de llorar viendo las primeras películas navideñas. De escuchar All by myself mientras te comes dos kilos de helado de vainilla con nueces de Macadamia.

En mi mano izquierda, un amarillento libro de Charles Dickens con mi nombre y mis primeros –y horteras- intentos de firma en su primera hoja y en mi mano de derecha, un inútil objeto de papelería con tres cajoncitos hecho de cartón duro y con dibujo de cachemir. En los cajoncitos había papelitos que ni me atreví a abrir, dos chinitos de la suerte, mitad de un plastidecor verde, dos entradas del Cine Azul y un cordón negro del que colgaba una espada con una serpiente enroscada. Levanté el brazo hasta tenerla a la altura de los ojos. La miré con detenimiento. ¿De dónde había salido esto? De pronto recordé y me puse roja, avergonzándome de aquel intento de ser una rebelde. Miles de lustros después y me puse roja.

Cada objeto que encontraba sacudía algo dentro de mí, en ese increíble viaje a través del tiempo. Una pequeña diana de madera y corcho con sus minidardos, un teléfono con forma de balón de rugby, una gorra del Supermartes, 350 chapas, 25 postales del mundo entero, el patito que robó para mí, un plano del metro de Londres, cuatro cartas: dos reyes y dos treses, una chiclera roja de monedas. Peluches. Recordé cómo era incapaz de retirarlos de la cama y dejarlos de cualquier manera: no, tenían que estar perfectamente colocados para que pudiesen respirar por la noche.

Qué vértigo. Quizá me estaba desplazando cuánticamente a través de varias dimensiones y no había ningún científico junto a mí para hacer mediciones. ¡A ver si la radiación liberada con tanta energía concentrada iba a causarme algún perjuicio cognitivo o viviría el mismo día una y otra vez!

«¿Hola?», escuché de repente. «¡El científico!», pensé. «¿Cómo va a ser el científico, tarada?». «¿Sí?», pregunté al misterioso personaje. Hablar con entonación interrogativa usando palabras que han nacido para pronunciarse con decisión resulta extraño. De pronto, reparé en que estaba sentada en el suelo de mi trastero, con las piernas estiradas y los pies asomando al pasillo, como la Bruja Mala del Este. Me incorporé rápidamente y me asomé con una nariz de payaso, un tridente de plástico y un enorme sombrero de copa hecho en fieltro verde de un memorable San Patricio. «¡Hola!» le dije a mi vecino para que supiese que estaba bien y no desmayada entre mis recuerdos, sonrió y siguió su camino, posiblemente hacia su propio pasado: a cada uno le toca lidiar con el suyo, agarrarse a él, simplemente recordarlo o enterrarlo para siempre.

¿Cómo iba a deshacerme de todo aquello? Era imposible. Junto a la imagen de los monjes tibetanos destruyendo sus obras de arte, apareció la imagen de un amigo mío que una vez me aconsejó: «Mete todo aquello que no uses en una caja, ciérrala bien y guárdala. Si al cabo de un año no recuerdas qué había dentro, tírala directamente al contenedor de la basura. Sin abrirla».

¡Sin abrirla! Qué locura. Y el tipo cree que me conoce. ¡Tirar una caja sin saber qué hay dentro! Eso no lo hace nadie. «Elige: ¿Las llaves de este fantástico monovolumen o… La caja misteriosa?», «¡La caja, la caja, la caja!». Nadie se resiste a la ambición de la tentadora incertidumbre con todo su infinito abanico de posibilidades.

Así que compré unas estanterías apilables, cajas transparentes con respiradero y coloqué todas las cosas, cuidadosamente, donde tenían que estar: permaneciendo inmóviles hasta el próximo viaje.

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