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El chapapote entra en la Compañía de María para hacer memoria

Una pancarta anuncia en la fachada del centro la efeméride del ‘Prestige’ (foto: Ferrol360)

MARTA CORRAL | Ferrol | Domingo 20 noviembre 2022 | 19:35

Una se acuerda perfectamente de cómo se enteró de que el Discoverer Entreprise se había estrellado contra el puente de As Pías y, sin embargo, nada recuerda del fatídico día en el que el Prestige dio el primer aviso de que algo iba mal, hace ahora 20 años. Sí recuerdo ―cómo olvidarlo― las cuadrillas de voluntarios, la densa mancha de chapapote que no cesaba. Aquel olor a miedo que se te metía en la nariz, la crispación social, las mentiras interesadas. Nunca Máis.

Los que teníamos consciencia hace 20 años recordamos todo aquello sin ninguna nostalgia más que la de la organización social: la solidaridad del voluntariado y la indignación que unió a Galicia en la protesta como nunca antes lo habíamos visto. Pero, ¿qué pasa con aquellos que no lo vivieron? ¿Sabrán a qué nos referimos cuando hablamos del Prestige? Esta misma pregunta se la hizo el coordinador del Departamento de Ciencias de la Compañía de María de Ferrol, Ángel Fernández, y decidió cerciorarse de que el alumnado viviese aquello dos décadas después con una experiencia inmersiva y multidisciplinar, con contenidos adaptados a cada una de las etapas.

Junto a él recorro el emblemático centro situado en El Callao por el que ahora circula un enorme mancha negra sobre sus impresionantes pasillos. El maniquí de un voluntario con su mono blanco teñido de chapapote nos recibe a los pies de las escaleras, por donde se distribuye el chorro de fuel a todas las plantas y se pueden ver unos paneles sobre el cuidado del medio marino cedidos por el CEIDA de la UDC ―cuentan, asimismo, con otra muestra de La Voz de Galicia―. En los techos, colgando, están los famosos hilillos de plastilina, pero también las especies marinas pegoteadas. «Empezamos involucrándolos en la decoración, sin darles demasiadas pistas de qué haríamos a continuación», explica Fernández, orgulloso por la participación de todo el alumnado.

En coordinación constante con la jefa de estudios, Belén Mouriño, Fernández contó con la complicidad de todo el equipo docente y de las familias, logrando sacar adelante un ambicioso programa que incluyó visitas de los pilotos de aquellos helicópteros Helimer que rescataron a la tripulación del Prestige y también excursiones a la base de Salvamento Marítimo para ver el material con el que se luchó contra la marea negra. El salón de actos de colegio recibió a expertos como el catedrático emérito de Zooloxía Mariña, Victoriano Urgorri, investigador en la Estación de A Graña, unas instalaciones que pudieron visitar de la mano de la doctora María Candás.

El profesor de Bioloxía y Xeoloxía, delegado también de la Sociedade Galega de Historia Natural en Ferrol, Xan Silvar, visitó igualmente el centro, como hizo asimismo el educador ambiental de Adega y coordinador de voluntariado en la limpieza del fuel, Paco Bañobre. Antes de que termine el mes todavía tienen pendiente la charla para el alumnado de Educación Secundaria del profesor de Educación Ambiental de la USC e investigador, Pablo Meira. Finalmente, el 28 de noviembre pondrán fin a este gran proyecto educativo con su evaluación y la redacción de poesías en blanco y negro, con el objetivo de dejar una caja del tiempo enterrada en el centro que se abrirá dentro de otros 20 años o si ocurre una catástrofe similar.

«La verdad es que ha sido un trabajo ingente, pero estoy muy satisfecho. Toda la comunidad educativa se ha implicado y hemos aprendido muchísimo», confirma Ángel Fernández mientras me conduce hasta la zona de infantil y se disimula las ojeras, con humor. Los más pequeños del centro tuvieron una primera misión: preguntar a sus familias lo que había pasado con el Prestige. Una de las tutoras, Ana Castro, me recibe en su aula mientras los alumnos hacen la pausa de la merienda. Me cuenta que la respuesta fue maravillosa en general, pero me enseña el particular experimento que pudieron hacer gracias a la madre y al abuelo de Manuel.

«La madre tiñó slime de negro y el abuelo reprodujo el barco con piezas. Lo metimos en un recipiente simulando el mar y recreamos el accidente, llenando todo de este falso fuel que después ellos tuvieron que limpiar de las piedras, viendo que era muy difícil y pudiendo así imaginarse las labores que realizaron los voluntarios con las rocas de verdad», relata Castro, al tiempo que los pequeños ―entre mordisco y mordisco― van confirmando las palabras de su profesora y contándome un montón de detalles sobre el suceso del Prestige como si lo hubieran vivido y no formaran parte de una clase de Infantil. Después del experimento pintaron también la escena del hundimiento de forma magistral:

Nos despedimos de Infantil para ir hasta Primaria, donde Mariquiña Sieiro nos confirmó el interés con el que han abrazado la propuesta también los que son algo mayores. En este caso, repasaron la historia de la catástrofe a través de los titulares de la prensa y fueron publicando su investigación en un gran mural que ocupa parte del pasillo: «También se hizo una manifestación en la que iban gritando «nunca máis» y les encantó», rememora. Con todo, Fernández precisa que se ha huido en todo caso de la politización del asunto y se han centrado en la sensibilización ambiental y en la concienciación.

No quiero molestar más, pero sí me gustaría saber cómo ha sido la experiencia en primera persona, hablando con alguna clase, y me cuelan en la de 4º B de Educación Primaria. El recibimiento no ha podido ser mejor: estaban a punto de hacer un dictado que parecía no apetecerles mucho. Les pregunto, primeramente, por qué hay una mancha de fuel gigante por los pasillos y no se lo piensan: «Porque hace 20 años, el petrolero Prestige se partió porque era muy viejo y toda la Costa da Morte se llenó de petróleo y mucha gente fue a ayudar», dicen.

Con 9 años ―o a punto de cumplirlos― confirman que no sabían lo que había pasado antes de este mes, pero su entorno sí les ha contado cosas sobre ello cuando preguntaron. Les contaron del fuel en las playas, por ejemplo. Ellos, además, fueron a la base de Salvamento Marítimo y, a pesar del largo trayecto que recuerdan en bus, aprendieron cómo intervinieron para paliar los efectos de la contaminación y los rescates necesarios. Les entusiasmó, me dicen, las barreras anticontaminación hinchables, «un churro gigante que era como una esponja», resumen muy gráficamente.

«Se sentían mal porque había animales muriéndose en el mar y estaban cansados porque tenían que estar muchos días cogiendo el petróleo», me comentan sobre las experiencias que les relataron los rescatadores. Indago para ver si son capaces de imaginarse algo así actualmente y una niña en la primera fila ―«yo es que soy muy fan de los movimientos de los barcos y de hacer teorías», aclara― me sorprende precisando que «algo parecido ocurrió con el Costa Concordia», aquel trasatlántico que se estrelló contra la costa italiana. Y así, pensando en que quizás no es tan descabellado pensar que una nueva catástrofe de este calibre vuelva a suceder, me voy de la Compañía un poco mas tranquila porque al menos se encontrará con una sociedad mejor para hacerle frente.

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