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El día de las guardianas de la Esperanza

MARTA CORRAL | Ferrol | Martes 30 marzo 2021 | 23:10

Hoy es Martes de Esperanza y ellas no saben muy bien si están más tristes este año o el pasado. «El anterior aun nos había dado tiempo a ensayar en enero, febrero y marzo, pero este no me parece ni Semana Santa», dice Laura Pazos con su hijo Leo en el colo. Él lleva una sudadera verde, con el escudo del tercio y, en letras grandes, un ESPERANZA que se lee a su espalda.

Su madre y su madrina Rocío Sánchez Grandal atesoran dos décadas llevando también a la espalda a la Virgen de la Esperanza, pero en este caso literalmente. Cumplen ambas con la tradición del Martes Santo en La Cañita, esa que el año pasado se echó tanto de menos y que este ha tenido que ser en mesas separadas, con mascarillas y ausencias. También algunas han dicho que es hora de retirarse, pero no me las creo.

Las más veteranas no han fallado a su cita anual y yo he tenido la suerte de poder tomarme con ellas un café solo larguísimo cuyo efecto está haciendo posible que escriba estas líneas a esta hora y cumpla también con mi parte del trato. Raquel Pita, Sabela Docampo, Maica Pereira, Lidia Iglesias, Patricia Ovies y la incombustible Mariajo Risso, de un lado para otro, completan la quedada.

Lola Castro Casares, su mayordoma, ya se había tenido que ir para controlar el aforo en la carpa de Amboage donde este año sí pudieron ver a la Esperanza en su día grande. Y por si alguien tuviese dudas, ya os digo que han ido en masa. Desde las monaguillas más pequeñas del tercio a las mujeres que han dejado ya de portar pero todavía tienen un rincón verde en su corazón.

No han faltado a la cita ni la cofrade adolescente que sueña con ir debajo del banzo ni la Banda Ferrol, la que acompaña la trasera de la dotación de portadoras y entona las notas míticas cada Martes Santo en la despedida. Los acordes mágicos que enderezan las espaldas y abren la llave de paso de las lágrimas que, por cierto, tampoco han faltado hoy aunque el escenario sea bien distinto.

Normal, entonces, que a los pies de la Esperanza brotasen las rosas rosas como brotaron. Lo mismo que brotan cada primer martes de la primera luna llena de primavera. Y en cada una se posa un deseo, un rezo, una pena, una alegría, una penitencia, un recuerdo. La nostalgia de una madre que se fue pero que se quedó dentro, agarrada a las entrañas.

Después esas rosas salen normalmente de viaje hacia las manos de las personas queridas, de las importantes. Son flores que piden perdón y que también perdonan. Flores que se secan, flores que adornan nichos, flores que celebran, flores que las portadoras regalan a su mayordoma por sus diez primeros años golpeando con el martillo la campana de la Esperanza. Felicidades, Lola.

Para las guardianas de la Esperanza esperar un año más quizás sea más fácil. Ahora son ellas las que no pueden cansarse tan pronto aunque yo sé que esto hubiese sido mucho más fácil de otra manera. De otro modo sencillo con el que estos dos años se habrían llevado muchísimo mejor: si hubiese llovido a mares. Quién nos lo iba a decir.

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