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El equipo de mi barrio

JOSÉ BARCIA TUCCELLI | Motivación para el cambio | Lunes 23 noviembre 2015 | 10:47

Estamos en tiempos complicados para la supervivencia de los equipos deportivos “de barrio” y también para aquellos de deportes, que aunque participen de los niveles competitivos más altos, pertenecen a ese grupo con menor soporte mediático.

Cuando intercambias palabras con alguno de los responsables de estas agrupaciones compruebas la carga de trabajo y de imaginación que supone para ellos poder salir adelante para tan siquiera poder inscribirse y competir.

El equipo de nuestro país, el de nuestra ciudad, el de nuestro pueblo o el de nuestro barrio tiene en su mano despertar nuestro sentimiento de orgullo de pertenencia. Puede ayudarnos a cambiar nuestro estado de ánimo, puede contribuir a nuestra felicidad y a evocar recuerdos alegres en el futuro.

El equipo que logre que nos identifiquemos con él tendrá parte de nuestras emociones en sus manos. Incluso más allá del triunfo deportivo, el orgullo va a depender del mensaje que transmitan, del juego simbólico, y si esto funciona, toda una sociedad, nuestro entorno, nuestra ciudad, se podrían ver beneficiados, porque el estado de ánimo es lo que nos mueve.

Una sociedad deprimida no consume, teme cada cambio, teme todos los mensajes, es desconfiada, y este estado lo que termina por conseguir es hundir las posibilidades de supervivencia de cualquier lugar que habitemos.

El espectador deportivo nace en la época en que se institucionaliza el deporte. Se buscó acotar la forma en la que se desarrollaba la práctica deportiva para ajustarla a las nuevas necesidades sociales y productivas de la Revolución industrial; pero lo que sucedió es que muchas personas que no podían participar activamente del propio juego deportivo por carecer de habilidades quisieron sumarse como animadores de sus equipos, de sus compañeros.

Desde siempre se han realizado juegos deportivos entre pueblos, entre vecinos, entre diferentes instituciones educativas, etc. Una vez se institucionaliza el deporte, se establecen sus reglamentos para dejar claro qué se puede y qué no se puede hacer, se marcan las dimensiones de los terrenos de juego, se establece cuándo dura el encuentro, cómo se anotan los puntos, etc.

A partir de ahí, había que crear los equipos de nuestro negocio, de nuestro barrio, de nuestra sociedad, ese grupo de personas que nos representara como colectivo y que se enfrentará a aquellos rivales “de siempre” pero de una manera “civilizada”.

Así nace el enfrentamiento deportivo moderno, y de él, el aficionado o seguidor. Porque no todos los trabajadores de la empresa o del ferrocarril, o de la Parroquia podían entrar en el equipo, pero sí se sentían identificados con ellos. Por eso, aunque no podían jugar, asistían como uno más a empujar a sus compañeros hacia la victoria. Se creó este sentimiento de pertenencia del que hablamos.

Pero valoremos que los equipos estaban formados por vecinos, por compañeros. De esta situación emergerá el profesional deportivo como aquella persona con cualidades y habilidades destacadas que puede ayudar al equipo a ganar, pero ganar significó mucho más que el orgullo de pertenencia, empezó a conllevar grandes sumas de dinero al ser desarrollado en sociedades en las que las apuestas formaban parte de su identidad. Va naciendo el espectáculo deportivo, el negocio del deporte moderno.

Claro que porque ganemos un partido de baloncesto o de fútbol, porque nuestra Selección salga campeona de algo o el jugador de tenis de nuestra ciudad gane su primer trofeo a nivel profesional, no va a cambiar nuestro estado laboral si estamos en el paro o si tenemos graves problemas financieros.

Pero pensemos en el estado de ánimo individual y en el colectivo. Un estado de ánimo positivo frente a una entrevista de trabajo o frente a una oportunidad laboral puede ayudarnos a lograr el objetivo; y de igual manera, difícilmente nos van a contratar, a ofrecer trabajo o un ascenso, si nuestro estado es depresivo.

Porque todos nos queremos rodear de personas que nos iluminen, que nos den energía y no que nos la roben. Y todos nosotros, con nuestros estados de ánimo, componemos nuestra sociedad. Hay autores que nos comparan con una bombilla, y es una metáfora estupenda. Hay quien va por la vida iluminando con fuerza y quien va medio apagado. Hay también quien va fundido.

Esto de que hablamos lo saben muy bien, y lo ponen en práctica siempre que pueden, nuestros políticos y personalidades con mayores responsabilidades y presencia mediática; cuando cada vez que cualquier deportista toma relevancia rápidamente aparecen a su lado para aprovechar toda la fuerza positiva del logro, ese orgullo de ser parte de algo que funciona.

Lo mismo sucede en el deporte espectáculo en donde los deportistas cobran cifras desorbitadas de dinero porque generan de igual manera infinito número de resultados a nivel de negocio a las entidades que los contratan. El espectáculo genera consecuencias en todos los niveles, en el económico, en el social, en el emocional, etc.

Lógicamente no podemos ni queremos defender las condiciones económicas de muchos de estos deportistas profesionales, sino comentar los motivos por los que se producen. Tengamos también en cuenta que aunque hay algunos deportistas que ganar cantidades desorbitadas de dinero, la mayoría de los deportistas profesionales no lo hacen, y cobran sueldos mucho más equilibrados.

Una vez mencionada la base del espectáculo, deberemos de poner en el debe o en el acierto de los equipos o clubes el ser capaces de animar este deseo latente de pertenecer a algo que funciona; y lo conseguirán trabajando más allá del propio hecho deportivo, del propio partido.

Un club que quiera calar en su entorno tendrá que mostrarse, aparecer por todos los lados en la ciudad o el barrio, sonar su nombre, ver su imagen, saludar a la grada a cada canasta, señalar el triunfo compartido; y no golpearse el pecho con cada gol o ver como el jugador de turno señala su nombre.

Marca una diferencia muy grande el hecho de señalarse el propio nombre frente al de señalarse el escudo, el festejo solitario frente a señalar al banquillo y a los compañeros cada vez que tenemos un acierto, el abrazo colectivo o por contra la carrera en solitario para que quede claro que hemos sido nosotros, nosotros solamente los que hemos conseguido el hito reseñable.

Todo esto se entrena, todo esto se educa, se debe de hacer desde la escuela deportiva en la que tendremos que tener claro qué tipo de jugador nos interesa, un jugador de equipo que nos nutra o simplemente una estrella rutilante a la que quitaremos resultado económico llegado el caso.

Jugadores de equipo que sepan valorar que son parte de un conjunto que debe de funcionar de manera equilibrada o que se sienta por contra el centro de cada acción decisiva. Todo es entrenable, todo es educablem y serán estas cosas las que marcarán que queramos al equipo de nuestra ciudad, que nos pongamos sus camisetas y que nos emocionemos con ellos o que por el contrario ni sepamos que existen.

El deporte tiene mucha más repercusión que el propio hecho deportivo, que el propio triunfo o la derrota del momento, puede generar recursos alrededor, puede atraer mejoras en casi todos los órdenes de nuestra sociedad.

Valoremos todo esto cuando hablemos de la importancia de cualquier símbolo de nuestra ciudad o de nuestro barrio, y también por tanto, de nuestros equipos deportivos, porque nos pueden ayudar en cuestiones que ni siquiera podríamos creer.

José Barcia Tuccelli es licenciado en Educación Física y en Psicología y tiene una amplia experiencia en el campo del ejercicio físico, la salud y el deporte de rendimiento. Para más información podéis visitar su página de Facebook.

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