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El fin de la ansiedad (II)

ALEXANDRE LAMAS (Psicólogo) | “Esa cabeciña…” | Viernes 9 enero 2015 | 20:32

En el artículo anterior vimos como Albert Ellis, uno de los psicólogos claves del siglo XX, había llegado a la conclusión de que detrás de nuestras angustias está nuestra forma de pensar. Esta perspectiva se resumía en la frase del filósofo latino Epicteto: “El hombre no sufre por lo que le pasa, si no por lo que piensa de lo que le pasa”.

Ellis denominaba a las ideas que nos causan angustia “creencias irracionales”. “Creencias” porque no se basan en ninguna evidencia. “Irracionales” porque no han sido alcanzadas a través de un proceso racional, simplemente las hemos asumido como verdaderas en algún momento de nuestra vida, frecuentemente en la infancia, y hemos construido nuestra percepción de la realidad sobre ellas.

Estas ideas irracionales son vividas como obligaciones, y no lograr cumplir con estas obligaciones es experimentado no solo como un fracaso, sino como una situación terrible. Este tipo de exigencias se realizan sobre uno mismo, sobre nuestras vidas y el mundo.

En los años 50 Ellis elaboró una lista denominada “Las 11 creencias irracionales del mundo occidental”, donde recogía las ideas de este tipo que eran más frecuentes entre las personas que acudían a su terapia. Esta lista se hizo en los años cincuenta con estadounidenses, por lo que a nosotros igual nos cae un poco lejos. Sin embargo, hace dos o tres años, un psicólogo llamado Rafael Santandreu publico un libro llamado “El arte de no amargarse la vida”, en la que recogía una lista elaborada con las “creencias irracionales” más frecuentes en sus pacientes.

En mi experiencia profesional puedo confirmar en gran medida la lista elaborada por Santandreu. Ésta es la lista de las diez ideas principales generadoras de malestar que afectan a las personas de nuestro tiempo y entorno:

1. Necesito tener a mi lado a alguien que me ame; de lo contrario, ¡qué vida más triste!
2. Tengo que ser alguien en la vida, aprovechar bien mis cualidades y virtudes. De lo contrario, me sentiría fracasado.
3. No puedo tolerar que la gente me menosprecie en público. Debo saber responder y defender mi imagen.
4. Debo tener un piso en propiedad. De lo contrario, soy un maldito fracasado muerto de hambre.
5. Tener buena salud es fundamental para ser feliz. Y lo más deseable es vivir mucho tiempo; cuanto más, mejor: ¡incluso cien años o más!
6. Tengo que ayudar a mis familiares: padres, abuelos, hijos… Mi ayuda es fundamental para su felicidad.
7. Si mi pareja me pone los cuernos, no puedo continuar con esa relación. La infidelidad es una cosa terrible que te destroza por dentro.
8. Tengo que tener una vida emocionante. De lo contrario, mi vida es un aburrimiento y, de alguna forma, un desperdicio.
9. Más siempre es mejor. El progreso siempre es bueno y consiste en tener más cosas, más oportunidades, más inteligencia… Esto es obvio en el caso de desear cada vez más y más cosas buenas como paz y alegría.
10. La soledad es muy mala. Los seres humanos necesitan tener a alguien cerca porque si no, son unos desgraciados.

Muchos de vosotros probablemente os reconocéis en alguna de estas ideas, y no creéis que tenga nada de malo, es más, puede que alguno de vosotros crea que es la forma correcta de pensar. Bueno, cada uno puede pensar como quiera, eso está claro. En lo que Ellis intenta hacer hincapié es que si se viven con demasiada intensidad pueden llegar a ser contraproducentes. Para ahondar en el tema, me gustaría poder hablar de todas ellas, pero como el espacio es limitado, simplemente os hablaré del caso de una amiga mía. Os voy a hablar de Sara.

Sara tenía 32 años, un trabajo fijo, amigos, una familia que la quería. A pesar de ello, Sara estaba terriblemente angustiada, no podía dejar de llorar. Su novio la había dejado. Pero la verdad es que eso no era lo que la preocupaba, de hecho, Sara reconocía que su relación no era buena y que ella hacía ya tiempo que no le quería. ¿Por qué se sentía entonces tan mal Sara? Porque Sara quería formar una familia y sin una pareja no podía. De hecho, incluso había soportado esa relación de pareja que no le satisfacía en prácticamente ningún aspecto simplemente porque temía que si rompía esa relación ya era “demasiado mayor” para iniciar otra.

Para colmo de males, alguien con buena intención le había regalado un gato y aunque amaba con locura a Café Olé (que es el nombre del gato), una imagen terrible le rondaba la cabeza. Se veía a si misma con 70 años sola, rodeada de gatos. Sara iba a ser la loca de los gatos, como la de los Simpsons.

Le expuse a Sara que yo creía que, en el fondo, lo que le pasaba es que ella pensaba de la siguiente manera: “O tengo una familia o mi vida será algo horrible que no vale la pena”, ella me respondió que ella no pensaba de forma tan exagerada, “bueno -le dije- si no piensas de forma tan exagerada, entonces por qué te pasas el día llorando”.

También le expliqué que esa forma de pensar es lo que algunos psicólogos denominan “catastrofismo” o “terribilitis”, es decir, vivir una situación desagradable como si fuese lo peor que le puede pasar, sin tener en cuenta que la mayor parte de la cosas en la vida no son blancas o negras. Pensar en el modo que lo hace Sara: “O las cosas son exactamente como yo querría que fuesen o si no son una completa mierda”; nos impide disfrutar de otros aspectos de nuestra vida, y hace que la existencia sea muy dura, porque evidentemente las cosas no suelen ser como queremos.

Le indiqué a Sara que para vencer esta idea debería aprender a luchar contra ella. Es decir, a cambiar su idea irracional por una racional como: “Vivir con alguien y formar una familia es algo maravilloso, pero el no hacerlo no es una desgracia, uno puede vivir solo y llevar una vida muy satisfactoria, aunque quizás no fuese la vida que esperaba”. Para ello debería aprender a establecer una escala. Por ejemplo: a mí me encanta ir a tomarme un caña de vez en cuando y que me pongan un pincho te tortilla, pero si me ponen unas aceitunas, también las puedo disfrutar. Si pensase que si no me ponen la tortilla el día se me ha arruinado, entonces ni siquiera podré disfrutar de la cerveza.

Le explique que aprender a hacernos personas más fuertes es un proceso por el que hay que aprender a lidiar con los propios pensamientos, a hablar con uno mismo cuando se nos vienen a la cabeza esas ideas y esas imágenes perturbadoras, para poco a poco ir cambiándolas.

No se trata de renunciar a lo que quieres, se trata de ser capaz de disfrutar lo que la vida te ofrece en cada momento. Se trata de darle el valor justo a las cosas. Muchos estudiantes creen que la única forma de superar la ansiedad que les provoca un examen es estudiar mucho y que el examen se acabe cuanto antes. Yo descubrí de un buen amigo que la mejor forma de soportar la ansiedad que provoca un examen es darle la importancia apropiada al examen.

Al final le dije a Sara que podía escoger llevar a cabo el proceso de hacerse más fuerte, y así disfrutar de la vida con o sin pareja, o simplemente ponerse a buscar pareja por cualquier medio. Sara escogió lo segundo. La verdad es que le va bastante bien, el chico con el que sale es muy majo. Solo espero que no rompan nunca. Y sé que Sara también espera eso.

Mucha gente prefiere aferrarse a su miedos, prefieren una solución que les lleve a conseguir lo que quieren y eso no está mal, pero los psicólogos debemos trabajar por ayudar a los individuos a ser más fuertes e independientes. Cuando le hablaba de Sara a otra chica, a María, esta me dijo que a ella le pasó algo parecido cuando la dejó su marido al poco de casarse. Pensaba que aquello era lo más terrible del mundo, pensaba que no podría ser feliz nunca más. Un par de años después María sufrió un cáncer que le hizo perder un pecho (¡vaya racha!). Durante buena parte del proceso temió por su vida. Cuando por lo fin lo superó, el estar sola ya no le parecía tan grave. De hecho, comenzó a disfrutar enormemente de la vida, de sus amigos, de su familia.

María ahora es de esas mujeres que no paran de hacer cosas. Para María estar sola quizás no sea lo mejor del mundo, sé que le gustaría encontrar un compañero, y es probable que eso ocurra porque es una mujer extraordinaria. Pero desde luego ya no vive como algo terrible que eso no ocurra, a lo sumo como algo incómodo. María aprendió a darle el valor justo a las cosas, como cuando pides una segunda caña y no te ponen pincho y piensas: “Bueno, pero esta cerveza sabe a gloria”.

Desde luego, no necesitamos pasar por un cáncer para hacernos más fuertes. Podemos aprender a darle el valor apropiado a las cosas modificando poco a poco nuestros patrones de pensamiento. El problema de este artículo es que es demasiado breve como para poder profundizar en un tema que abre tantos interrogantes, y que enunciado en la manera torpe que yo lo acabo de hacer, puede resultar poco creíble o simplemente muy difícil de lograr, cosa que no es cierta. Por eso, para que no os vayáis con mal sabor de boca, os dejo un enlace a una conferencia de Rafael Santandreu, que está cosechando un enorme éxito con sus libros, donde profundiza en las ideas que os he expuesto. Para ir a la conferencia pinchad aquí.

Aunque no sé si viene mucho a cuento, como estamos empezando un nuevo año, me gustaría acabar este artículo citando a un atormentado escritor no muy conocido, Thomas M. Disch, que acababa su terrible obra maestra “Campo de concentración” con las siguientes palabras: No conocemos todo lo terrible. Todavía nos queda por descubrir mucho de lo bello. Naveguemos hasta alcanzar el límite.

Feliz 2015.

Alexandre Lamas es psicólogo y ejerce profesionalmente en Ferrol, para más información podéis visitar su página web pinchando aquí.

Eleanor_Abernathy

Un comentario

  1. Sufro mucho por el trabajo que no tengo y sufro por el que puedo conseguir. El jueves envié tres Curriculums a tres empresas que creo pueden contratarme. Una de ellas está a 800 km de mi casa, así que sin responder a mi solicitud, mentalmente ya he cogido un avión, he hecho la entrevista, me han aceptado, he trabajado lo he hecho mal y he regresado a mi casa a buscar trabajo de nuevo. Es increíble porque nunca me han despedido por no saber realizar un trabajo y he hecho cosas muy complicadas, me he adaptado sin problemas. Pero «esa cabeciña » debe aprender a disfrutar de los pasos que ni han sucedido. Buen artículo.

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