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El fútbol y el informe PISA

RAFAEL SAURA | Non serviam | Miércoles 17 septiembre 2014 | 10:35

¿Por qué España ha llegado a convertirse en una potencia mundial en fútbol mientras que, de acuerdo con el informe PISA, figura a la cola entre los países desarrollados en cuanto a nivel educativo y competencias prácticas de los estudiantes —incluidos los universitarios— se refiere?

Parece claro que el fracaso formativo de muchos de nuestros jóvenes debe obedecer a varias causas, y que tal vez la más aparente de ellas radique en el desinterés general que sigue existiendo en nuestro país por la ciencia, la tecnología, la historia y, por extensión, el conocimiento; un desinterés que nace de la ignorancia y sirve para transmitirla y perpetuarla.

Al no existir mayoritariamente entre los adultos ningún tipo de inquietudes de esa índole, resulta muy difícil que los jóvenes lleguen a sentirse motivados por su propia formación, ni por lo que en otros tiempos se conocía como amueblar la propia cabeza. Los españoles carecemos en general de la curiosidad científica y la pasión por la tecnología que observamos, por ejemplo, entre muchos jóvenes norteamericanos que, con mayor o menor éxito, dedican parte de su tiempo libre a desarrollar proyectos tecnológicos en el interior de sus garajes domésticos. El caso de Steve Jobs, entre otros muchos, resulta especialmente paradigmático y resulta imposible imaginarlo en España.

Lo nuestro, aparte de romerías, noche, playas y otros festejos siempre relacionados con el alcohol, la comida, y a veces también los psicotrópicos, vienen a ser los deportes, de los que solemos disfrutar en calidad de espectadores apasionados aunque físicamente pasivos.

Para los españoles de nuestro tiempo, la polisémica palabra Cultura suena, más que a ninguna otra cosa, a todo aquello relacionado con las tradiciones, el folclore y la gastronomía propios de la región geográfica en que habitamos; paradójicamente, nada más alejado de los intereses que suele cultivar un ciudadano verdaderamente culto, siempre ávido de un conocimiento universalista.

Es bien cierto que las inquietudes científicas, históricas y otras como las que alimentaba el mencionado Steve Jobs —más relacionadas con lo puramente tecnológico y, en consecuencia, con el desarrollo económico de los países en el globalizado mundo actual— fueron, hasta que se implantó en España la enseñanza secundaria obligatoria y gratuita y nacieron las becas universitarias, casi privativas de las clases con cierta capacidad económica.

Desde entonces, nuestro colectivo y permanente atraso cultural, científico y tecnológico respecto a los países de nuestro entorno no tiene disculpa y viene a ser consecuencia de la política educativa autárquica y endogámica que vienen aplicando todos los gobiernos de uno y otro signo, en la misma línea de los últimos que tuvo el régimen franquista. Tampoco en este asunto, como en tantos otros, la tan cacareada transición política llegó a notarse en absoluto.

Aunque parezca que vuelvo a apartarme del tema principal, es necesario que explique ahora los motivos del éxito español como potencia futbolística. Como todos sabemos, nuestros equipos de fútbol se encuentran entre los mejores del mundo y la temida y respetada selección española cuenta con un reciente título de campeona mundial absoluta cuyo merecimiento nadie discute. ¿Cómo es posible que, pese a nuestro atraso en tantas otras disciplinas, hayamos alcanzado tal grado de excelencia en ésta, por lo demás absolutamente baladí a efectos de bienestar social y económico?

La respuesta es muy sencilla: Desde que los clubes importantes cuentan con suficiente dinero para hacer fichajes de jugadores y entrenadores extranjeros con demostrado talento y prestigio —hemos llegado incluso a acuñar la expresión “el míster” para referirnos a estos últimos— nuestro fútbol ha salido de la mediocridad, y probablemente no regresará de nuevo a ella. La endogamia ya no existe en el fútbol español desde que nuestros jugadores aprenden directamente de los mejores del mundo, provengan éstos de Alemania, Brasil, Argentina o donde sea.

En este momento, no solamente nuestra selección —que, al menos sobre el papel, sólo cuenta con españoles nativos— ha alcanzado la excelencia, sino que nos permitimos exportar jugadores y entrenadores a otros países. Un éxito mayor es imposible.

Volviendo al tema de la educación pública, veamos ahora el triste ejemplo de la incompetencia en el dominio del inglés de nuestros estudiantes. Muchos sabemos que, en general, salvo aquellos que han acudido a clases con profesores nativos —cuyo conocimiento, especialmente del idioma hablado, es absoluto— el resto están muy flojos. Saben gramática, sí; a menudo disponen de un buen vocabulario para defenderse por escrito, también; pero son generalmente incapaces de mantener una conversación oral fluida en ese idioma, o de entender una película en versión original inglesa, al contrario de lo que es común en casi todo el resto de países desarrollados. Conclusión evidente: para evitar soluciones traumáticas habrá que ir introduciendo profesores nativos de lengua inglesa en el sistema público a medida que se vayan jubilando los existentes. No queda otra salida.

El ejemplo del inglés, evidente para todos, es aplicable también al resto de disciplinas donde nuestros estudiantes —futuros profesionales en los diversos campos— se encuentran por debajo de los mínimos. Resulta bien conocido que las universidades y grandes empresas de los Estados Unidos tienen por norma realizar “fichajes”, al más puro estilo futbolístico, entre los cerebros más destacados del mundo en cada materia, a fin de que éstos impartan clases en sus universidades más prestigiosas o dirijan los departamentos de ciencia e ingeniería en las compañías más punteras de aquel país.

Fichar a un científico o a un técnico extranjero del máximo prestigio, especializado en una disciplina en la que nuestros estudiantes, profesores y profesionales se encuentran por debajo de la media, costará muchísimo menos que lo que supone mantener aquí a un entrenador o un futbolista estrella. Traernos de Finlandia —el país número uno en la clasificación del Informe PISA— a un equipo experimentado de profesores de secundaria que organice nuestro sistema a su exitoso estilo, tampoco saldría excesivamente caro si seguimos comparándolo con los gastos del fútbol. Pero hay que tener el coraje político de poner a estos extranjeros destacados en sus campos a organizar y dirigir a nuestros profesores, e incluso a ocupar cátedras donde se considere preciso. Y eso es absolutamente necesario si queremos salir alguna vez del atraso en que estamos sumidos.

En cierta ocasión, no hace mucho tiempo, escuchamos a algún político proponer la idea de segregar del resto a los estudiantes excelentes, con el fin de proporcionarles una formación del máximo nivel y conseguir a medio plazo promociones de élite.

Pese a que aquella propuesta fue tildada de agraviante para los estudiantes promedio, yo la defiendo, siempre que la selección se lleve a cabo exclusivamente en razón al mérito, al talento, al esfuerzo y a la capacidad intelectual, y no al nivel económico o la procedencia familiar.

Sólo así sería económicamente viable una revolución en nuestro fallido sistema educativo. A través del fichaje y la incorporación de esos profesores de élite —en su mayor parte extranjeros— a las cátedras y departamentos de estos colegios y universidades especiales lograríamos, en relativamente pocos años, las primeras promociones de licenciados de un nivel homologable con el de los mejores del planeta. Los miembros de estas promociones estarán llamados a llevar después a todas las universidades y colegios el necesario aire fresco, consiguiendo el resultado de excelencia en los estudiantes en general, que tan imperiosamente necesitamos para que nuestro país tenga futuro.

Cuando el gobierno español destina a algún grupo de oficiales y suboficiales de la Guardia Civil a algún país tercermundista que está tratando de crear sus propios cuerpos policiales, para mostrarles el camino a través de su indiscutible profesionalidad, éxito y experiencia, lo entendemos perfectamente; tal como las directivas de los clubes punteros españoles hace tiempo que entendieron la necesidad de aprender de los mejores para tener éxito en el caso del fútbol.

La enseñanza media y universitaria en nuestro país lleva demasiado tiempo funcionando de manera endogámica. Los alumnos de hoy, formados en nuestro sistema mediocre, terminarán siendo los profesores de mañana, haciendo que jamás se rompa el círculo vicioso de fracaso formativo en los alumnos.

Romper ese círculo perverso supondrá seguramente enfrentarse con algunos pesos pesados del mundo académico, de los colegios profesionales e incluso de la administración. Esas personas, y algunos de los colectivos a que pertenecen, no aceptarán de buen grado que su statu quo sea de pronto cuestionado con la presencia de foráneos ocupando algunos cargos que a ellos les han “pertenecido” desde siempre. Haciendo uso de los medios y argumentos que encuentren a su alcance lucharán para impedir cualquier forma de cambio —de hecho algunos lo hacen ya cuando cuestionan la validez del propio informe PISA—, a pesar de que muchos otros indicadores indiquen también que el presente y, sobre todo, el futuro del país necesita —mucho más allá de la implantación de la llamada LOMCE— una transformación radical en la educación pública de forma inexcusable.

*Rafael Saura es escritor. Puedes leer aquí la entrevista que Ferrol360 le hizo el pasado diciembre; aquí, su web personal.

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