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El juego Olímpico

JOSÉ BARCIA TUCCELLI | Motivación para el cambio| Lunes 5 septiembre 2015 | 11:56

Una vez finalizados los Juegos Olímpicos, resulta casi inevitable comentar algo sobre ellos. Intentaré no repetir los puntos de vista y los análisis más que repetidos a lo largo de estas semanas y ofrecer algo un poco diferente, muy opinable todo.

Es complicado cerrar los ojos frente al choque de mundos dentro del mismo país que se ha visto ya antes del encendido en la ceremonia inaugural, pero diré antes de nada, que no parece muy correcto señalar como un error solamente del Gobierno de Brasil el haber casi padecido la celebración de tan magno evento; ¿qué hubiera pasado si hubiera ganado la candidatura de Madrid que tan persistentemente lo intentó?.

Es fácil indicar los fallos o las incongruencias ajenas aunque nos cuesta más asumir las nuestras. Y claro, Brasil no tiene un Gobierno estable a día de hoy para enfrentar semejante responsabilidad, ¿y España?, ¿lo hubiera tenido o estaríamos igualmente en el Juego de Tronos que vivimos desde hace casi un año?.

Los Juegos Olímpicos pueden ser considerados desde muchos puntos de vista, y éste es uno de ellos, el del negocio global. No es justo afirmar que los Juegos son solamente un gran y lucrativo negocio para unos pocos, como la mayoría de los grandes negocios, pero tampoco podemos negar la evidencia de que se trata de un producto que genera una gran atracción y con gran potencial económico.

El problema surge cuando nos encontramos con la realidad social en la zona en la que queremos implantar este producto de escaso consumo local. En ese momento nos podremos dar de frente con un descontento que no siempre puede ser escondido bajo una gran y metafórica alfombra.

Muchas personas manifestándose en las calles antes del inicio de los Juegos, muchos intentos por apagar la llama olímpica en su paseo por las distintas regiones del país, demasiadas noticias de asaltos e inseguridad para deportistas y para visitantes, instalaciones inacabadas, falta de higiene, aguas contaminadas, poca afluencia a los estadios, impagos a los funcionarios del país, mal comportamiento de un público que no tiene interés real por la mayoría de los deportes olímpicos, constantes e incomprensibles errores técnicos en las emisiones de televisión, etc.

Los apuros por entregar un producto cuando la empresa funciona bajo mínimos, un ejemplo más de nuestro mundo globalizado; y que sin embargo, tuvo igualmente una amplísima repercusión mediática. Ahí llega nuestra segunda parada, la de la visibilidad mediática.

No todos los deportistas ni todos los deportes consiguen la misma repercusión mediática, y no es cuestión de hablar de justicia en estos casos, ni del esfuerzo por ganar cada una de las medallas, ni siquiera del gran mérito de participar en unos Juegos Olímpicos para cualquiera de los que allí estuvieron.

Nadie pone en duda que participar en unos Juegos Olímpicos es una hazaña en si misma para cualquier deportista, y ser capaz de quedar entre los mejores en cualquier modalidad deportiva casi un milagro. Eso no es un debate interesante, ni siquiera es un debate.

El problema y la duda, lo que nos interesa por controvertido es saber por qué unos deportes y unos deportistas son noticia de apertura de los noticiarios aunque no ganen y otros ni siquiera sepamos cómo se llaman cuando han sido los primeros en el cajón de las medallas, y hablo de los deportistas de España. ¿Realmente sabemos los nombres de todos nuestros medallistas?, ¿por qué creemos que puede suceder esto?.

Se trata de una debate que vengo teniendo desde hace años, y que en no pocas ocasiones he tenido la fortuna de compartir en distintos entornos. La visibilidad de los distintos deportes y también de los deportistas nada tiene que ver con el mérito real de ser primero, segundo, tercero o quinto en cualquiera de sus modalidades, sino del interés que consigan despertar en cada uno de nosotros, de lo atractivo que nos resulte ponernos delante de la televisión a ver los partidos y de si consiguen o no transmitirnos algo que nos guste o que nos emocione, eso es deporte y no las horas y horas de entrenamiento que podamos contabilizar para rendir a tan alto nivel.

Lo primero que nos ofrecen los Juegos Olímpicos son figuras heroicas de algunos deportistas, y por ahí llegan los diferentes abanderados de cada una de las delegaciones. En España, el gran Rafa Nadal, y de no ser él, Pau Gasol. Sin duda dos de los más grandes representantes de la mejor época del deporte español. Ver jugar a cualquiera de estos dos deportistas nos transmite energía, nos consigue enganchar, nos hace hasta sufrir, alegrarnos incomprensiblemente o lamentarnos tras el fracaso.

Claro, todo esto si nos gusta el deporte de competición; y cuidado con pensar que porque a uno le gusten este tipo de cuestiones es menos serio que otros más interesados en la política, por poner un ejemplo. El deporte puede ser un gran entretenimiento al igual que cualquier otro, pero también nos ayuda a educar a nuestra sociedad en una serie de valores y formas de vida, que son ejemplificadas a través de las formas de intervención deportiva.

Rafa Nadal ganó su medalla de oro en dobles; pero por lo que es recordado y por lo que más portadas de periódicos logró no fue por ello sino por los partidos en los que perdió. Y lo consiguió porque demostró muchos de los valores sociales que queremos para nosotros mismos y para nuestros hijos.

No importa lo mal que pinten las cosas, por muy mal que parezca que nos está yendo, por muy difícil que esté la remontada, hay que seguir adelante, creyendo y luchando; eso significa apoyar a este personaje inigualable a nivel deportivo.

Al otro lado, el linchamiento al que está siendo sometido Ryan Lochte, medallista y figura mundial de la natación, del Olimpismo y del deporte a nivel general por sus muchos méritos y que sin embargo encarna en estos días lo peor de nuestra sociedad, el engaño, la mentira y la falta de respeto y de consideración por un anfitrión.

Valores sociales positivos y negativos, unos los apoyamos y los ensalzamos, otros los castigamos. Lochte está perdiendo el apoyo con el que siempre contó desde que comenzó su carrera deportiva, sus patrocinadores, se le está retirando aquello que se le dio cuando sí encarnaba lo deseable, todo un ejemplo de pedagogía social.

Volviendo al tema de la visibilidad mediática y del seguimiento de los equipos de nuestras naciones con los que nos identificamos nos encontramos con la selección masculina de baloncesto, un ejemplo de un grupo que viene compitiendo a un nivel extraordinario desde hace tanto tiempo que consideramos que siempre fue así; gran error.

No vamos a repetir aquí el argumento empleado con Nadal, sino que nos interesa dar un nuevo giro, y lo hacemos a través de una pregunta, ¿qué ha sucedido con la selección femenina de baloncesto?. Esta selección femenina lleva años rindiendo también a un excelente nivel, muy por encima de lo que podría ser esperado si echamos un vistazo a cómo han ido evolucionando nuestras competiciones nacionales y tras comprobar la emigración constante de las jugadoras de mayor nivel.

Han conseguido unos resultados en estos Juegos solo superados por la inalcanzable selección de EEUU, y sin embargo poco hemos podido leer acerca de ellas. El pase a la lucha por las medallas se consiguió a través de un final de partido de película, con remontada, marcador igualado, cambios de posesión, errores, canasta sobre la bocina, y hasta necesidad de confirmación de los árbitros de que era una canasta válida; y aún con ello, reconozco haber tenido muchos problemas para confirmar los partidos de este excelente grupo de jugadoras; incluso a propósito revisé las noticias de los principales periódicos deportivos el día en que jugaban la final en la lucha por el oro y apenas eran mencionadas en las noticias de segundo plano.

No quiero con esto insistir en los mensajes ya escuchados y que parten, seguramente justificados, de deportistas femeninas y que reclaman para ellas la misma trascendencia mediática que los chicos. Lo que sucede, y esto es opinión, es que el error está en señalar la clásica pelea de sexos como motivo, cuando hemos podido asistir en estos mismos Juegos a la invisibilidad de varios de nuestros medallistas masculinos.

El problema es que se está queriendo dar visibilidad al deporte femenino bajo el prisma de los intereses y valores masculinos, y de ahí el error. Los Juegos Olímpicos son patrimonio de los iconos del deporte, de Usain Bolt, de Michael Phelps, de Simone Biles. Cuando llegan iluminan el estadio, la piscina o el pabellón.

Los espectadores pagan por verlos aunque sea por unos segundo y se emocionan con sus victorias aunque en nada los beneficien realmente, y esto no es nuevo, ya pasaba en los Juegos de la Era Antigüa. La pregunta, que será respuesta a lo comentado es ¿por qué estos deportistas logran sobresalir sobre el resto?, ¿se podría conseguir que también otros lograran sobresalir?.

Para ir terminando, no quería dejar pasar una última reflexión y apoyo al significado de los Juegos Olímpicos, más allá del negocio y de sus múltiples miserias, y es que los Juegos, para cualquiera de nosotros que nos guste el deporte y la competición son una forma de intentar avanzar, una forma de seguir en el camino por encima de los obstáculos, por ir más rápido, más lejos, con más fuerza, no por ser mejor que nadie, no por ser el primero del ranking, sino por demostrarnos que podemos ser mejores, que somos seres inacabados que se pueden y se deben de perfeccionar, por entender que quien se queda quieto no avanza, que quien espera a que pasen las cosas quizás se aburra esperando, que rendirse no es una opción.

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