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El país de las ventanas rotas

ALEXANDRE LAMAS (Psicólogo) | “Esa cabeciña…” | Lunes 16 noviembre 2015 | 9:35

Es una mañana de junio en Nueva York. El año es 1969. El sol brilla con fuerza, pero no llega a calentar. Los abrigos todavía son necesarios. Un enorme Dodge gris aparca en la avenida Lafontaine en el barrio del Bronx. No tiene placas de matrícula. El conductor se baja del coche y se aleja.

El mismo día, exactamente a la misma hora en el otro lado del país, un coche idéntico al anterior es aparcado el barrio de Palo Alto en Los Ángeles. Es un barrio de clase media-alta, allí viven sobre todo ejecutivos de grandes empresas. El coche tampoco tiene matrículas. Igualmente el conductor se baja y se va.

Ninguno de los dos volverá a buscar su coche.

En el barrio del Bronx, unos minutos después de que el coche fuese abandonado, pasa por allí pareja joven. Van con su hijo de unos cuatro años de edad. Vuelven a casa de hacer unas compras. El padre se da cuenta de que el coche no tiene matrícula. Le quita la batería y el radiador. Veinticuatro horas después de haber sido abandonado al coche ya no le queda nada de valor. En dos días ha sufrido veintitrés ataques.

En el barrio de Palo Alto, una semana después, el coche permanece intacto. Se cumplen las predicciones que decían que sería en el Bronx, un barrio de clase media-baja con un alto índice de criminalidad, donde el coche padecería los peores sufrimientos.

Porque todo forma parte de un experimento. Pero el director del experimento, el psicólogo social Philip Zimbardo (famoso por el experimento de la cárcel de Stanford) no está contento. No le convence esa explicación. Demasiado obvia para un investigador. Así, intuyendo que el problema puede ser otro, coge un martillo y decide machacar un poco el coche de Palo Alto.

Entonces todo cambia. Los aparentemente amables vecinos de Palo Alto, comienzan a comportarse exactamente de la misma manera que los del Bronx. En pocas horas el coche ha sido desvalijado y volcado, sí, volcado. En ambos casos, tanto el Bronx como en Palo Alto, los observadores del experimento constataron que todos los atacantes eran adultos, blancos y bien vestidos. Solo en el caso del Bronx uno de los veintitrés ataques fue llevado a cabo por adolescentes.

A raíz de este experimento, James Q. Wilson y George L. Kelling desarrollaron la que se conoce como “La teoría de las ventanas rotas” que básicamente propone lo siguiente: un edificio en el que hay una ventana rota que nadie arregla, envía la señal de que nadie protege el edificio, eso lleva a que rompan el resto de las ventanas, a que el edificio sea invadido y saqueado.

La indolencia ante las pequeñas cosas propicia la aparición de los grandes problemas. Por ejemplo: si tiro una lata de refrescos en el portal del edificio de viviendas en el que resido, y nadie lo recoge, en poco tiempo el portal estará lleno de basura. Pero la teoría de las ventanas rotas va más allá y preveé que los asaltos, robos y otros delitos se volverán más probables en ese portal que en otro en el que sí haya alguien que recoge la basura.

Por eso el coche del Bronx habría sido asaltado con más facilidad, porque la degradación del entorno lo facilitaba.

Basándose en esta idea, a finales de los 80 varias ciudades de los Estados Unidos lograron una importante reducción de su tasa de delincuencia con programas que incluían, entre otras medidas, una mayor inversión en servicios de limpieza, reparación de desperfectos, etc. Estos programas lograron importantes resultados.

Dándole una vuelta de tuerca a estas teoría, bien podríamos preguntarnos si la corrupción y los grandes delitos financieros no estarán, en parte, propiciados por un mecanismo parecido. Propiciados porque todos nosotros hemos hecho la vista gorda, sin protestar demasiado, ante las pequeñas corruptelas, los puestos designados a dedo en nuestros ayuntamientos, los abusos en nuestro puesto de trabajo, la degradación de nuestras condiciones laborales, las manipulaciones de los medios de comunicación, etc. Y puede que con todos ello hayamos enviado la señal de que nadie protege el edificio.

Alexandre Lamas es psicólogo y ejerce profesionalmente en Ferrol, para más información podéis visitar su página web pinchando aquí.

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