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El poste de la discordia: la ‘guerra’ de un matrimonio de Pazos contra Movistar

Este es el poste que el matrimonio quiere ver desaparecer de su finca (foto: Ferrol360)

MARTA CORRAL | Ferrol | Domingo 27 diciembre 2020 | 22:05

Podríamos echar mano del símil de la aldea gala que dibujó Uderzo —la misma que se resistió a los envites de aquellos locos romanos—, para tratar de explicar la épica batalla que libra un matrimonio de la parroquia ferrolana de Pazos contra Movistar por un poste que conecta a Internet a más de 30 vecinos de la zona, incluidas las instalaciones del Club de Campo.

Hartos de las molestias que les suponen cada uno de los más de 30 cables que cruzan su finca han tomado una determinación: no permitirán que nadie más se conecte mientras Movistar no tome medidas para sacar el poste de su propiedad. Esa decisión, que les está minando la salud mental, perjudica a su vez a más de diez vecinos que esperan conexión en un momento en el que estar online es fundamental.

Fueron algunos de esos vecinos afectados los que han contactado con Ferrol360 para ponernos sobre la pista de una problemática de la que también han querido saber más desde el Concello de Ferrol, con la esperanza de intentar hacer de intermediarios y encontrar la mejor solución para todos que tendría que pasar, en todo caso, por la retirada del poste de la discordia.

40 años y más de 30 tomas

Me acerco hasta Pazos buscando el ya famoso poste y no tardo en encontrarlo. Un hombre está en la finca, a pocos metros, le pregunto si es el propietario y contesta que es su mujer: «Espere que la llamo». Está dentro de la vivienda atendiendo a su madre, una mujer mayor, encamada, muy afectada por el Párkinson y el Alzhéimer. Ella es la propietaria de la vivienda.

«Mi madre, que siempre fue muy buena, autorizó que pusieran el poste hace más de 40 años, cuando llegó aquí el teléfono», me explica la mujer tras acabar con la labor de los cuidados. Con recelo al principio —después descubriría por qué— terminan por abrirme las puertas de su casa con una amabilidad empañada únicamente por las mascarillas.

Me cuentan la pesadilla que están viviendo desde que se han convertido en los vecinos más criticados de la zona. «Si no nos plantamos aquí nadie toma medidas, es nuestra forma de hacer presión». En su finca de 750 metros cuadrados hay dos postes de madera de telefonía que pertenecen a Movistar, dos farolas de alumbrado público y una torre de media tensión de electricidad. Pero uno de ellos les quita el sueño por encima del resto.

«Cuando llegó la fibra, me preguntaron si podían meter la caja y les dije que sí, pero nadie me dijo que tenía que salir de ahí un cable para cada vivienda», confiesa la mujer. Cuando ya habían salido más de 30, la mitad de ellos pasando también por delante de la puerta de su casa, el hartazgo se convirtió en una lucha con la que es fácil empatizar.

«Tenemos que estar vigilando»

La instalación de telefonía es propiedad de Movistar, pero la compañía se la alquila a su vez al resto de operadores y estos acaban subcontratando el servicio para cada vecino. Por eso, hasta la finca de este matrimonio han llegado operarios de multitud de empresas. Cuando permitían su paso no había ningún problema, pero desde que se han plantado tienen que soportar de todo.

«Como mi madre no se puede mover, siempre estamos aquí; pero tenemos que estar vigilando. De hecho, en una ocasión nos percatamos de que se habían colado en nuestra finca para poner un cable», recuerda: «Nos ponemos nerviosos cada vez que vemos aparecer a un coche con una escalera amarilla».

Y esos coches, calculan, llegan una vez cada mes o mes y medio. «Hay algunos que entienden nuestra postura, pero otros no. Mi marido casi llega a las manos con un instalador. Es una intranquilidad permanente», lamentan. Tampoco les gusta que los demás vecinos les hayan puesto el sambenito de los raros: «Le hemos negado la conexión incluso a familiares nuestros. No hacemos excepciones. Nuestra intención no es perjudicarlos, sino conseguir que soterren la línea».

No quieren dinero

No perciben ningún tipo de compensación por los postes que salpican su finca, pero tampoco la quieren. «Yo no tengo Internet, tengo una línea tradicional por la que pago más de 50 euros, pero no quiero que me rebajen nada ni que me den dinero. Lo único que quiero es que me quiten eso de ahí. Solo nos da quebraderos de cabeza».

Les pregunto si alguna vez han recurrido a la Justicia para arreglar el tema, tal y como creían algunos de sus vecinos, pero aseguran que no. Argumentan que son gente humilde a la que los servicios de un abogado se les antojarían demasiado caros. Me dicen, no obstante, que la mayoría de las instalaciones telefónicas de la parroquia claman al cielo.

El hombre accede a acompañarme a dar un rodeo y lo cierto es que hay zonas en las que el cable de telefonía cuelga a la altura de la mano. La antigua Telefónica va a tener chollo en la zona el día que decida adecentar su cableado o que la obligue la Administración o la Justicia. Nos despedimos. Le doy las gracias, me comprometo a encontrar una respuesta para ellos.

Días después quedo con el concejal de Urbanismo, Julián Reina. Tomamos café, escucha la historia. La casualidad ha hecho que la carretera de Pazos esté en obras, aun todavía en una fase alejada de la vivienda de este matrimonio, pero el edil se compromete a visitarlos, a ejercer de mediador y a «buscar incluir la solución técnica que permita el soterramiento de los servicios». Ahora toca esperar. Ojalá pronto podamos informar de un nuevo triunfo de David contra Goliat.

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