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El secreto del Cometa Halley contra la nicotina

ALEXANDRE LAMAS (Psicólogo) | “Esa cabeciña…” | Jueves 22 enero 2015 | 12:58

No pienses en osos blancos. Según un anuncio de televisión, eso le decía Tolstoi a su hermano, y este se pasaba horas con la imagen de ese animal repitiéndose como un eco en su cabeza. Cada vez que me digo que no piense en algo, estoy pensando en ello. A los que están intentando dejar una adicción les pasa algo parecido. El jugador, ante la máquina tragaperras, se dice a sí mismo: “No pienses en jugar, no pienses en jugar” pero decirse esto, ya es, de alguna manera, pensar en jugar. La tensión va creciendo según se dice a si mismo que no lo haga, hasta que al final no puede evitar alimentar a la máquina con su dinero.

En el cuento El perseguidor de Julio Cortázar, su protagonista, el músico de jazz Johnny Carter, le comenta a un amigo que en el tiempo que le lleva llegar de una estación de metro a otra, en ese breve tiempo, es capaz de recordar largos períodos de su infancia; en apenas un minuto, es capaz de revivir sin pretenderlo, las horas tediosas de algún verano, las mañanas de compras con su madre en el albor de la infancia, una riña con su hermano, etc. Cortázar sabe, que todo eso y mucho más cabe en un minuto.

Yo, que he sido fumador, utilizo un poco esa idea cuando al ver a alguien sacando un cigarro de la cajetilla me entran ganas de fumar. En lugar de intentar reprimir ese deseo, lo utilizo. Me dejo invadir por él e imagino que fumo ese cigarro y lo que pasará a continuación. Por supuesto al principio me diré que por un cigarro no pasa nada y me lo creeré; tanto me lo creeré que en unos días, quizás después de una discusión con mi pareja o de un día duro en el trabajo, le pediré a algún amigo otro cigarro, por que total, no pasa nada. Poco a poco, las excepciones con el tabaco se convertirán en regla. Volveré a fumar de nuevo: el de después de las comidas, el de después del café, etc.

Volveré a fumar como siempre y con el tiempo me costará más subir las escaleras, estaré más ansioso, toseré por las mañanas, mi aliento empeorará, etc. Cuando pienso todo esto, intento no ser exagerado, no me imagino muriendo joven. No, me imagino a mi mismo muriendo quizás a los setenta y cuatro o setenta y cinco, durmiendo cinco horas al día por la apnea, y viendo la televisión con la mascarilla de oxigeno sobre mi regazo.

Pero también me imagino lo contrario, me imagino que no fumo ese cigarro, me imagino a mi mismo caminando por las Fragas del Eume, llenando mis pulmones sin que acudan las flemas, imagino los veranos que vendrán, corriendo por la playa con mis hijos sin cansarme (o por lo menos sin cansarme tanto), me imagino viviendo hasta los ochenta y uno y haciendo el amor con mi pareja hasta el último día de mi vida, cuando vea la tele, sobre mi regazo habrá un nieto o si no un gato (al que llamaré Momo).

A esta forma de usar la imaginación, algunos terapeutas la denominan Imaginación Racional Emotiva. Es una forma de usar nuestra inevitable necesidad de pensar en el futuro en nuestro favor. Por supuesto, esto no siempre es suficiente para no caer en la conducta que tratamos de evitar, pero tal vez nos de la fuerza suficiente como para salir del bar antes de echarle la perra a la tragaperras, o nos evite decir esa famosa frase de “Me das uno” ante un cigarro.

Quizás algunas personas estén pensando que tampoco hay mucha diferencia entre vivir setenta y cinco u ochenta y dos años. Bueno, si alguien piensa así, evidentemente tiene una gran dependencia del tabaco para no darse cuenta de la enorme diferencia que hay entre las dos situaciones que he descrito. Pero además hay un motivo secreto por el que quiero vivir hasta los ochenta y un años, ese motivo nunca lo he comentado porque puede parecer un tanto ridículo, pero me apetece comentarlo ahora, ya que con el tiempo le he ido perdiendo el miedo al ridículo:

En 1986 yo iba a cumplir seis años. El 9 de febrero de ese año, el cometa Halley fue visible desde la tierra. Mi padre me dijo que por qué no nos quedábamos despiertos y lo veíamos juntos, me dijo que el cometa no volvería a pasar por la tierra hasta dentro de 76 años. Yo le respondí que estaba cansado, que no me apetecía, le dije que lo vería la próxima vez que pasase. Evidentemente lo que dije era una estupidez. Pero es que yo entonces no sabía mucho sobre el tiempo y la muerte. Aunque pronto empezaría a entender. Siete años más tarde mi padre ya no estaría. Falleció de un infarto de miocardio cuando tenía 41 años, el 4 de junio de 1993. Era fumador. Recuerdo que muchas veces le colocaba esos petardos de broma para cigarrillos intentando que lo dejase.

A veces, nuestras palabras, nuestro pasado, nos compromete de una manera que es difícil de explicar. Yo siento que de alguna manera le debo a mi padre mirar al cielo la noche del 28 de julio del año 2061, y eso solo lo puedo hacer si llego a los ochenta y uno. Para empezar a conseguirlo, no me fumo ese cigarro.

Alexandre Lamas es psicólogo y ejerce profesionalmente en Ferrol, para más información podéis visitar su página web pinchando aquí.

Cometa

2 comentarios

  1. Noraboa Alexandre, aparte de ser un texto precioso quero que saibas que cumpre a súa función. Estou deixándoo e agora teño moitas menos ganas de fumar. Graciñas

  2. Qué gran artículo. Enhorabuena.

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