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El Viernes Santo que enterramos a 16.000 personas

El Santo Entierro a su paso por la calle Real el pasado año (foto: Roberto Marín para la Junta de Cofradías)

MARTA CORRAL | Viernes 10 abril 2020 | 11:46

Llueve en Viernes Santo y nos da igual. Bueno, en realidad no nos da igual, lo agradecemos. En esta Semana Santa distópica la lluvia sabe a gloria y ayuda a quedarse en casa sin tener más pena por lo que pudo ser y no fue. Cualquier otro año, sin aguacero, a estas horas estaríamos despertando sobresaltados, mirando el reloj para verificar que no nos hemos quedado dormidos.

Y bajaríamos a Amboage, intentando primeramente hacernos un hueco en la barra de El Marqués. La plaza que se llamó de Dolores hasta 1895 abrazaría el encuentro entre el Nazareno, la Verónica, San Juan y la Virgen de los Dolores, la patrona de los comerciantes ferrolanos que seguro tendrá trabajo cuando todo esto acabe y empiece la hambruna previsible.

Fíjense que hasta la Dolorosa pudo despedirse de su hijo y acuérdense ahora de las 16.000 familias españolas que no han podido siquiera cogerle la mano a los seres queridos que se les han ido por culpa de esta enfermedad sigilosa y escurridiza. Sin tibios besos en la frente, sin palabras de aliento.

Si hoy hubiese Santo Encuentro en Ferrol habría que imaginarse que al lado de ese condenado a muerte que fue Jesucristo, su discípulo amado y la Santa Mujer Verónica podrían encarnar a esos sanitarios que después de haber luchado por ellos, conscientes de lo inevitable, se arman de valor y ternura para ofrecer su compañía en el último suspiro. El paño para que se enjuaguen el rostro.

Y es que este año la cruz se llama coronavirus. Y nuestro mayor pecado ha sido la soberbia. La torpeza de creernos inmortales, por encima del bien y del mal. De descuidar a las personas y al planeta, de vivir inmunes a las desgracias ajenas, esas que ocurren a tantos kilómetros que parece que no nos incumben. Pero observen la paradoja y pisen bien el suelo de nuevo: todos podemos morir mañana.

Y el peso del madero, ese que se le clava a uno en la clavícula; y el dolor de la corona de espinas que nos aprieta las sienes, conviene vivirlos con la intensidad del Calvario para que no se nos olvide cuando todo esto parezca lejano. Que el luto es mucho y los crespones negros se antojan escasos para el dolor de una cruz que nadie había previsto.

Llamo al hermano mayor de la Cofradía del Santo Entierro, Antonio Loureiro. Él, que no es «muy procesionero», quizás lo está llevando algo mejor que el resto de sus hermanos. Pero esta Semana de Pasión en confinamiento le tira de la memoria y lo traslada a «aquellos ejercicios piadosos del triduo en San Julián a los que acompañaba a mi madre desde bien pequeño. Por eso estoy en la cofradía, porque me permite vivirlo ahora igual que entonces».

Loureiro es hombre entregado a la meditación y a la religiosidad. Cuando va en procesión procura «que la cabeza se separe del corazón» para poder controlar que el cortejo marche como Dios manda. Pero se hace inevitable en esos momentos «acordarme de los que no están. El crucificado que llevamos es in memoriam, por todos los cofrades que han fallecido», explica emocionado.

«Antes de la procesión solo yo salgo al atrio de San Julián y la gente me pregunta siempre si va a salir. Miran al cielo, me dicen que viene un claro. Yo me doy cuenta que vienen a verlo a él. Nosotros no somos importantes, nuestro espíritu es servir. Cumplir con nuestra obligación de enterrar a Cristo», reflexiona Loureiro, cuyas palabras a sus hermanos antes de comenzar su estación de penitencia siempre son las mismas: «Señores, vamos a trabajar».

«Mayor privilegio no cabe que enterrar a Cristo», dice el hermano mayor, recordando que las miles de víctimas de la pandemia no están pudiendo recibir sepultura dignamente, acompañados y homenajeados como todos merecen, sino que tienen que decir adiós en la distancia y «como apestados»: «Este año, por primera vez, será Él quien nos lleve a nosotros y a todos los demás. Y va por toda España, por todos los muertos».

En Viernes Santo el corazón de Ferrol late en San Julián, pero también en la capilla franciscana, donde la Soledad representa más que nunca a todas las personas que no se han podido despedir. Que están condenadas a iniciar un duelo todavía más lento y doloroso. Y que quizás están solas, en sus casas, sin un hombro cercano en el que llorar su pena.

El hermano mayor de la Soledad, José Evia, me saluda al otro lado del teléfono con «resignación, tristeza… El móvil y las redes van animando, pero nos falta la calle, las procesiones, los actos en la capilla». La hermandad portuaria estrenaría este año un irreconocible trono de San Pedro al que han restaurado meticulosamente hasta reconocer policromías que se daban por perdidas desde que lo talló Feal.

Otra de las novedades es que el Cristo de la Buena Muerte hubiese estrenado corona confeccionada por el sevillano Fernando Murciano. Pero estos y otros estrenos nos esperan en la Orden Tercera cuando todo esto termine. Es sus redes dirigen la oración de sus cofrades para esta Semana «rara e inesperada».

La noche más negra del año habría empezado así, con la Señora de Ferrol Vello compartiendo su pena con una María Magdalena aferrada a la cruz vacía, deslizándose por el barrio homónimo. Con las luces ya bajando al otro lado de las galerías y el silencio esperando en la calle de la Iglesia para ver salir a la Virgen de los Dolores, la de los tres escudos de Ferrol, que este año hubiese estrenado manto.

Y vuelvo a tener 6, 7, 8 o 9 años. Y me veo en el atrio de la concatedral con una vela envuelta en papel de aluminio. Y mi madre y mi tía atándome en corto. Y regreso a esa fila de Os Caladiños para acompañar a la Dolorosa en un momento en el que, sin saberlo, ellas me estaban insuflando una devoción que sigue intacta con el paso de los años. Tened la certeza de que su paso siempre caminará acompañado, pues es Ella y no otra la que lleva al pueblo de Ferrol bordado.

La Junta de Cofradías emitirá desde su Facebook, como viene siendo habitual, las procesiones de otros años en un directo simulado a las 12:30, 16:30, 19:00, 21:00 y 23:15 horas.

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