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¡Feliz día de la marmota!

MARTA CORRAL | ‘O Falar non ten cancelas’ | Lunes 3 febrero 2014 | 17:51

«They say we’re young and we don’t know. Won’t find out until we grow?. ¡Bien, excursionistas, arriba! ¡Despertad y no olvidéis los descansos porque hoy hace frío! Hace frío todos los días. ¿Qué te creías que estabas, en Miami?»

Bajas un pie de la cama y vas derecha a la ducha. En la radio anuncian la llegada de una nueva ciclogénesis explosiva, esta vez tiene nombre de mascota paralímpica: Petra. El agua está caliente, pero el mero hecho de pensar en un nuevo temporal te estremece y piensas: «Seguro que dura hasta el domingo y otro fin de semana en casa».

A pesar de la advertencia, te olvidas el paraguas y vas justa de tiempo, así que no subes. Pones rumbo al Marqués a por tu cruasán de París y tu café doble. Tienes poco tiempo de tranquilidad hasta que aparezcan las mamás.

Esperas que el señor de la gabardina deje algún periódico libre. Trincas La Voz. Hablan del PSOE de Ferrol y sus luchas internas. Imposible ojear el Diario, el señor se lo toma con calma y, como tardes más, te calzarán una bonita multa de 100 euros.

Le pides a Elisa Foces que compruebe si tu cupón está premiado. Has ganado y te da otro para hoy. Das el último sorbo y te despides. El perro de la señora de pelo corto te ladra cuando pasas a su lado.

Enfilas la calle Real y pisas la baldosa que escupe barro y te hace tropezar. Miras a ver si alguien te ha visto y vuelves a mirar a la baldosa. Sueltas una retahíla de despropósitos dedicados al Ayuntamiento y das las gracias por no tener que llamar a la ambulancia.

Cuando vas a entrar en el coche te aborda Amy Winehouse y compras un paquete de pañuelos de papel: «No los necesito, pero con tal de que no me ponga su cara de maldecir…». Te das cuenta de que ha cerrado aquel comercio que llevaba toda la vida y miras a otro que está en liquidación por cierre.

Has acabado con el coche e intentas aparcar otra vez. El que va delante intenta lo mismo. Das cuatro vueltas y ves cómo aparca ante tus narices. Tendrías que haber ido al parking desde el principio porque aún funciona la carga y descarga y esto es la guerra.

Subes a Armas y hay manifestación de trabajadores de los astilleros. Piden que se construya el dique flotante. Bordeas la masa de buzos de colores y saludas a Pacharita en la puerta del BBVA. Te encuentras a esa señora que te pregunta si andas por Ferrol y te cuenta que a su hija le va fenomenal en Madrid.

Te sientas en la terraza de O Faro y pides una clara para que te pongan el delicioso pincho de tortilla. Mientras, pasa media corporación municipal por delante, bromeando. Estás esperando, así que sacas el móvil. Un amigo ha colgado un nuevo artículo nostálgico que nos recuerda que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Es la hora de comer, así que ya no hay nadie en la calle. Parece mentira, hace sólo media hora había un atasco tremendo en las salidas de los colegios. Ahora mismo, sólo quedan los cuadros en la iglesia del Carmen con el Don Simón en ristre, resguardándose de la lluvia.

Coges el coche para subir a Canido. Te despistas y te metes por la calle del Sol. Te dejas las ruedas en poco más de cien metros y vuelves a acordarte del Ayuntamiento. Y de la pasta del rodaje.

Te cuentan que esa chica tan mona que sólo conoces de vista ha dejado a su marido por otro que conoció en pádel. El deporte que agudiza la crisis de los cuarenta. Desde luego, en Ferrol, la gente es mucho, mira que cotillean. Pero tú no, sólo comentas, claro.

Distingues a lo lejos al tío con el que estuviste el sábado. Nunca te lo habías encontrado por la calle. «Mierda». Viene con una tía. Te pones tensa, «¿Saludar? Fijo que no». Y cambia de acera, para mirar un escaparate de lencería y no saludarte.

Te llama una de tus muchas amigas que viven fuera y la pones al día: «Por aquí todo igual, ninguna novedad». Va a venir unos días de vacaciones y no puedes dejar de advertirle: «No te asustes, vas a alucinar, Ferrol está muy mal».

Ya es de noche y vuelves a casa. Sigue lloviendo. Tienes un libro magnífico al que hincarle el diente, pero estás cansada y pones la televisión. Hay unos señores que hablan de Ferrol en tercera persona y que leen la Wikipedia, intentando explicar por qué se va todo el mundo de esta ciudad.

Está granizando cuando te acuestas y la ventilación del baño parece que esconde algún fenómeno de poltergeist. Aún así, te duermes, cansada de la desidia.

«Babe; I got you babe, I got you babe» ¡Bien, excursionistas, arriba! ¡Despertad y no olvidéis los descansos porque hoy hace frío! Hace frío todos los días. ¿Qué te creías que estabas, en Miami?

Y saltas de la cama y vuelven a decir lo de la ciclogénesis mientras te duchas. Y llueve. Y bajas justo de tiempo a desayunar olvidándote el paraguas. Y otra vez Elisa, otra vez Amy, otra vez no aparcas, otra vez el dique, otra vez la nostalgia. Otra vez.

Gracias a Bill Murray supimos que el secreto para salir del bucle es cambiar. No esperar que nadie cambie, no lamentarnos. Estaría bien que dejásemos la nostalgia de una vez por todas. Todos sabemos lo que pasó, no sabemos lo que pasará; pero tenemos algo que decir sobre lo que está pasando.

No nos hacemos un favor si estamos continuamente esperando a que nos solucionen la vida, a que nos den un poco más de aliento, esperando sentados a que se haga justicia. Como decía Charles Kettering, inventor estadounidense: «No puedes tener un futuro mejor si estás pensando en el ayer todo el tiempo». Habrá que pensárselo.

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