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«Ferrol tenía ganas de barro»: La Barroteka llena talleres en su exitoso comienzo en Esteiro

Rubén Ponte está al frente de La Barroteka (cedida)

MARTA CORRAL | Ferrol | Jueves 18 agosto 2022 | 14:10

Rubén Ponte había regresado a Ferrol después de 12 años viviendo fuera de su ciudad natal. Volvía para encontrarse, en búsqueda de su Ikigai, un concepto japonés que nos habla de una «razón de vivir o de ser», de aquello que hace que la vida merezca la pena ser vivida. Pensó que el regreso a esta patria emocional que forjó en Caranza, rodeado de familia y amigos, le ayudaría a establecer un nuevo rumbo vital antes de emprender su siguiente aventura.

Pero el azar es caprichoso y un paseo por la calle de la Iglesia, donde descubrió que su amiga Dolores había abierto una floristería, hizo que su plan se tambalease: «Tuve una conexión a tope, me empecé a encontrar con mucha gente que había vuelto, que estaba haciendo cosas, y decidí apostar por Ferrol. Estoy harto de escuchar que aquí no hay nada, que es una ciudad gris. Yo no veo eso, al contrario», reconoce.

Cuando llegó, se apuntó de nuevo a yoga y quiso retomar también las clases de cerámica, «que es algo que me relaja mucho», pero se encontró con que no había lugares impartiendo talleres. «Así que dije: ‘Pues lo montó yo’», y empezó a moldear lo que hoy ya es una realidad, La Barroteka, con la que podemos contactar a través de Instagram o de Facebook. Ubicado en la calle Doutor Iglesias Parga número 1, en el barrio de Esteiro, este bajo enamoró a Rubén y supo que era perfecto para plantar la semilla de su proyecto.

Al contrario de lo que muchos consideran a la hora de montar un negocio en la ciudad, él ha tenido una experiencia muy positiva: «Hay que asesorarse bien y juntarte con gente que te ayude y que tenga una visión optimista de todo. Que lo vea fácil. Desde los dueños del local, que son majísimos, temas con la Administración que han sido sencillos… El secreto es mantener la mente positiva y, cuando alguien decepciona, carretera. Tengo ojo para ver si las personas me van o no».

Nacido en el 85, se fue a Londres con 19 años a trabajar en una consultoría de marketing. Después, regresó a Ferrol y trabajó en Decathlón como dependiente unos cinco años. «Me promocionaron y me fui a vivir a Vigo otros tres años, para después pasar a Leroy Merlin en un puesto similar en Santiago antes de fichar por Tiger, que es donde crecí como profesional de recursos humanos y formador, dentro y fuera de España», relata Rubén.

«Sufrí mucho estrés en estos últimos ocho años. Estuve genial, fue una etapa muy buena, pero llegaba el fin de semana y estaba agotado. Empecé a hacer barro en 2018 porque necesitaba algo para relajarme y me apunté a las clases de Laura Delgado, una chica que está en Cambre y fue mi mentora. Estuve cuatro años con ella haciendo cerámica creativa», nos cuenta el ceramista, que no fue hasta el año pasado cuando empezó a vender sus macetas por Internet a todo el mundo.

En 2021 fue a Dinamarca a formarse con el mejor ceramista del mundo que trabaja el torno, Eric Landon, más conocido como Tortus, un estadounidense afincado en Copenhague. «Además de los talleres, mi idea es vender mis piezas a través de la web que estrenaré pronto. Me gustan mucho las plantas y las flores, así que seguiré con mis macetas y soportes para la decoración vegetal. A mayores, me han preguntado ya desde restaurantes si haré vajillas y claro que sí. De momento, Flores de mis amores ya ha usado mis jarrones para la decoración de una boda el pasado fin de semana».

Rubén se ha creado un rinconcito identificativo de La Barroteka donde irá exponiendo sus creaciones, en gamas de granate. El local nos transporta un poco al estilo danés, con diseño cuidado y minimalista, una luz increíble y una gran mesa donde imparte los talleres: «Es importante que todos se vean las caras, se miren y vean la tarea de la persona de al lado por si se pierden en la explicación», sostiene, encantado con la buena acogida que está teniendo.

También hay un pequeño espacio donde hacer una parada y tomar algo de fruta o un café, además de una zona de trabajo sucio donde se almacena el material y las piezas que están a medias. Un horno, por supuesto, y un torno, que tampoco podía faltar. «Trabajamos casi todo con gres y hacemos piezas que se puedan meter en el horno, el microondas o el lavavajillas. Por eso llevan todas un proceso de esmaltado para cerrar el poro», profundiza.

Las plazas para los talleres de este primer mes de agosto que ha abierto las puertas de La Barroteka han volado, pero avanza que irá abriendo más grupos. Las primeras son formaciones de iniciación, de un primer contacto con el barro, un par de horas a la semana y un total de ocho al mes, y cuestan 75 euros con todo el material: «Lo único que deben traer es el delantal, ganas de reírse y de aprender, sabiendo que cuando se lleven la pieza acabada será la mayor satisfacción del mundo».

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