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Ferrol Vello: del nacimiento a la muerte

Calle Carmen Curuxeiras, en Ferrol Vello, cerrada al tránsito por los continuos desprendimientos (foto: Raúl Salgado)
Aspecto de la calle Carmen Curuxeiras, en Ferrol Vello, cuando se cerró al tránsito por los continuos desprendimientos en 2014 (foto: Raúl Salgado)

RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Martes 4 febrero 2014 | 22:44

Qué se puede añadir a lo dicho. Podría rebuscar en mis sesos y esbozar un titular sensacionalista, pero crean que no es lo mío. Con un puñado de palabras bastaría, podría elegir a cada cual más dantesca. Cascotes, debacle, trozos y un largo listado. Vale. ¿De quién es la culpa? Esa es la cuestión.

¿Qué se puede hacer? He ahí el dilema. Porque mirar hacia el suelo en vez de a lo más alto y soltar una lágrima no va a servir de mucho. Como en casi ningún aspecto en la vida. Sin afán de ombliguismo, recordaré mi experiencia, ya divulgada en estas líneas. Por aportar un ejemplo. Primavera de 2010. Hace poco. Mi contacto con Ferrol Vello se limitaba a concebir esa zona como lugar de esparcimiento, de paseo y algún que otro café.

Pero era un perfecto desconocido para mí. Casi por azar, me llegó la oportunidad de abandonar el nido y emprender una nueva vida. Donde la ciudad nació. Tuve que escuchar que el puerto está lejos del centro, mentira como una catedral. Que se le ven las heridas por cualquier resquicio, verdad a medias.

No lo dudé ni un instante. Me planté casi sin darme cuenta en una calle brillante, en una plaza soleada, en el lugar desde el que se hizo fuerte mi patria chica. Y empezamos a intimar. Descubrí un barrio tranquilo, en el que los de toda la vida resistían no se sabía muy bien cómo junto a un grupo de jóvenes, acaso alocados, que nos decidimos por escapar del bullicio y mirar todo con otros ojos.

Aprendí a esperar pacientemente mi turno en la única tienda que abastece a la barriada, a observar con pasión atardeceres desde el baluarte y a corretear por la carretera Alta del Puerto. Asistí, con el cuerpo en la distancia y el corazón latiendo, a la demolición de la Fábrica de Lápices. Plagada de roedores, pero que almacenaba la poca historia que subsistía.

Tazas con calor tras puertas de sencilla apertura, comilonas a la luz de la luna. Algunos no serían conscientes de la situación, pero todo saltó. Acceder a la Praza Vella se convirtió en un desafío para la limpieza del calzado, la buena suerte que muchos echan de menos en esta ciudad se apiadó de los que no pasaron bajo las grandes piedras que cayeron más de un día.

Todos pasaron a querer conocer algo más del Sarajevo ferrolano. Unos por simple curiosidad, otros necesitados de morbo en un lugar que ya suele vender demasiados titulares pésimos. Y, como tantas cosas aquí, el silencio se adueña de la realidad.

Levantamos los brazos, como pidiendo que nos registren, que no sabemos ni queremos saber. Consentimos que una feria medieval trastorne lo convencional como si no pasase nada, que las calles queden cortadas con verjas opacas y nadie tosa.

Calle Carmen Curuxeiras, en Ferrol Vello, cerrada al tr?nsito por los continuos desprendimientos (foto: Ra?l Salgado)

Calle Carmen Curuxeiras, en Ferrol Vello, cerrada al tránsito por los continuos desprendimientos (foto: Raúl Salgado)

Las sombras se apoderan de un conjunto de interés cultural, las escenas recuerdan a cualquier película de intriga del momento dorado del cine. Hierba, pájaros y humedad que no conoce límites.

Cabrearse continuamente con lo establecido, sin aportar soluciones, es demagogia. Lamentarse tarde tras tarde no conduce absolutamente a nada.

Generalmente, los padres de la patria que solo se dedican a criticar nos llevarían a un caos todavía mayor si recibiesen el bastón de mando. Los que ya están al tema, que trabajen. Nada de abrir la puerta a los que proponen ideas bañadas en formol pero se enfadan porque nos atraiga lo nuevo. Simplemente, corremos el riesgo de ser una más. De no alumbrar más genios.

Que no nazca aquí el nuevo Torrente Ballester, que los pensadores avanzados no correteen por las calles doblegadas por los baches. Que, otra vez, no tengamos la valentía suficiente como para enseñar al mundo con orgullo de dónde venimos. Pero, claro, quizás tampoco sepamos a dónde queremos llevar a esta ciudad.

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