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Formemos campeones para nuestra sociedad

JOSÉ BARCIA TUCCELLI | Motivación para el cambio| Lunes 28 marzo 2016 | 12:02

En deporte tenemos continuos ejemplos de situaciones en las que las segundas oportunidades, las revanchas o la necesidad de reponerse ante la adversidad para seguir adelante son solamente algunos ejemplos, pero muy rescatables, para nuestra formación personal; para la nuestra y para la de nuestros hijos.

Porque son enseñanzas que nos ayudarán a afrontar las dificultades que seguro que la vida nos va a ir poniendo delante y ante la que, en demasiadas ocasiones, vemos altos muros cuando simplemente podrían ser considerados parte del empedrado de nuestras calles cotidianas.

En el sentido contrario, en un día habitual dentro de un equipo deportivo, tendremos también multitud de ejemplos y de situaciones en las que el jugador, la persona, va a tener que sobreponerse frente al fracaso momentáneo, a la queja y al disgusto, o bien, al mareante resultado de un buen momento, sin perder la atención en el objetivo establecido para el entrenamiento o el partido en el que esté inmerso.

A lo largo de estos años he tenido la enorme fortuna de conocer a muchos entrenadores y jugadores, algunos de un nivel muy valorable y otros en formación, algunos con personalidades fuertes y otros tan inestables que podían convertir una acción acertada en un desastre absoluto. Como la vida misma, en donde el éxito y el fracaso se van a medir con baremos personales, totalmente subjetivos.

El deporte puede ayudarnos en la formación de nuestros ciudadanos, bien desde pequeños en las clases de Educación Física o en las muchas escuelas deportivas; o bien en y desde la propia competición deportiva, siempre y cuando sepamos movernos entre sus turbulentas aguas y urgencias.

Como no puede ser de otra forma, creo sinceramente que el deporte en todas sus formas y niveles puede resultar beneficioso en la formación de una persona, de un ciudadano en nuestras sociedades occidentales. No me conformaré con adoptar esa visión negativa que señala a los malos ejemplos que una parte del deporte profesional y, sobre todo algunas personas quieren visibilizar por encima de todo, porque no es verdad. Porque es una visión sesgada e interesada alejada de la realidad y que se olvida de todo su potencial y valor.

Escuchaba hace unos días una charla sobre la necesidad de feedback para los profesionales de la Educación. Es verdad que nuestros maestros son personas que ocupan un papel central, o deberían de ocuparlo al menos, en nuestras sociedades, ya que son los responsables en parte de formar a nuestros ciudadanos a medio plazo, no solamente a nivel de valores y comportamiento, sino también respecto a sus capacitaciones técnicas, que terminarán completando nuestras capacidades como país para producir o para ser productivos en el terreno que sea.

El problema que se señalaba era la poca información que los docentes reciben sobre sus desempeños, y quizás es una crítica que podríamos compartir porque lo hacían indicando la necesidad del feedback desde el punto de vista positivo, con objetivo de mejora, con deseo de contribuir en la construcción de una educación eficiente, no como pura evaluación punitiva en la que la calificación solamente nos señale lo que hacemos mal como medio de represión sin mayores análisis ni aportaciones.

Recogiendo esta idea, todos hemos visto que en ocasiones las personas encargadas de dirigir en algunas escuelas deportivas carecen de los mínimos conocimientos pedagógicos para ponerse enfrente de un equipo, por más que hayan completado el nivel básico de entrenador en el deporte en cuestión. Para muchos de ellos implica un cambio de rol que desean pero al que se enfrentan sin las herramientas precisas, y muy pronto se dan cuenta de que el éxito en dicha tarea se les va a mostrar esquiva.

Y es que no solamente por ser el entrenador de un grupo de jóvenes vamos a conseguir que nos escuchen, y mucho menos, que sigan nuestras instrucciones. Es más complejo que todo esto. ¿El resultado? El que hemos mencionado. Pero de nuevo no se trata de señalar de manera negativa lo que no funciona, sino de tratar de reconducir el indudable interés de todas estas personas en pos de una actuación más ordenada y ajustada a los grupos de edad con los que se trabaja.

Son matices muy importantes. Si solo nos ocupamos de decir lo que está mal sin dar soluciones, en poco vamos a mejorar el proceso, incluso es muy posible que lo empeoremos por encender el rechazo del entrenador. Sin embargo, si damos las herramientas de mejora incluso podríamos conseguir una implicación mayor de los propio profesores, porque no olvidemos que parten motivados para hacer bien sus tareas.

Volviendo de nuevo a la transferencia social con la que iniciábamos, las escuelas deportivas podrían por tanto jugar un papel importante en cualquier proceso formativo, porque estamos hablando de entornos educativos en los que se transmiten multitud de informaciones, mucho más que las propias del deporte en cuestión.

Se transmiten valores, formas de comportamiento, control de impulsos, afrontamiento de emociones, la convivencia con el éxito y con el fracaso, y un largo listado de posibilidades para ayudar a nuestras niñas y niños, jóvenes de todas las edades, a ser personas más felices y capaces de superar cualquier obstáculo y de superarse a si mismos. Podremos contribuir mucho a su transformación personal, y eso es muy valioso.

En las escuelas deportivas nos vamos a encontrar con una cantidad grande de personas que se van a estar formando como tal, y sabemos que un de los déficits de nuestro sistema educativo es que presta una atención escasa a la educación emocional. Quizás por ello, encontramos adultos muy bien formados a nivel técnico que se pueden desplomar ante cualquier fracaso, o jefes que son la antítesis del líder, personas que mandan porque las han situado en ese lugar pero que ni siquiera saben qué es lo que quieren alcanzar con sus acciones y las de sus subordinados.

En las escuelas deportivas podremos ayudar a la salud de nuestras sociedades atendiendo a estas lagunas, aprovechando sus potencialidades, siempre y cuando lo sepamos hacer. Sabemos que cuando queremos motivar a alguien o a un grupo, incluso cuando queremos vender un producto, es más fácil que tengamos éxito si tratamos de convencerlo desde su parte emocional. Si somos capaces de hacer sentir lo que nosotros sentimos, si les explicamos el “por qué” o lo que significa lo que nosotros proponemos.

Normalmente seguimos caminos distintos en los que se insiste en cómo hacemos las cosas o lo que podrán conseguir a nuestro lado, y desde ahí buscamos la identificación, y no funciona. Podremos conseguir que estén a nuestro lado si contribuímos a sus objetivos y expectativas, pero difícilmente vamos a conseguir que se sumen a nuestra causa aportando ese tan necesario plus de implicación y desempeño que nos impulse al cambio y a la mejora.

Al final todo esto ya lo sabemos, aunque no seamos conscientes de ello. Conocemos equipos deportivos que cuentan con multitud de seguidores y que se emocionan hasta con las derrotas más sonadas sin perder un ápice de su fervor y que, sin embargo, no sabrían decirte nunca por qué son seguidores apasionados de ese equipo.

Cuando tratan de hacerlo hablan de significados emocionales, recuerdos familliares o sentimientos que no son capaces ni de describir ni de conocer su origen. Se sienten identificados con ellos, son uno más, se apropian de su mensaje. Si somos capaces de activar todo ello, o incluso solamente una parte, en las escuelas deportivas, lograremos la mejor cantera para nuestros equipos, y formaremos ciudadanos y sociedades mucho más capaces y equilibradas.

José Barcia Tuccelli es licenciado en Educación Física y en Psicología y tiene una amplia experiencia en el campo del ejercicio físico, la salud y el deporte de rendimiento. Para más información podéis visitar su página de Facebook.

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