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Fran Costoya, coach: «Quiero ayudar a las personas a reencontrarse con su esencia»

Fran Costoya en el exterior de Estudio Abierto (foto: Alicia Seoane)

MARTA CORRAL | Ferrol | Martes 23 febrero 2021 |14:06

Quizá sientas que no has conseguido tus sueños. Que no has vuelto a ser igual de feliz que cuando eras pequeño y correteabas al sol en aquellos veranos eternos. Cuando lograbas dar caza a la mariposa que había recorrido miles de kilómetros hasta llegar a tu mano. Puede que tengas un buen puesto de trabajo, un proyecto vital que entra en los cánones de lo que consideramos éxito y, a pesar de ello, estés frustrada. O, a lo mejor, todavía eres joven y el mundo se abre ante ti pero no sabes ni por dónde empezar a hincarle el diente.

¿En qué momento hemos renunciado a conocernos, a escucharnos, a saber realmente qué queremos y a vivir en sintonía con ello? «Cada persona es diferente, cada persona necesita lo que ella sabe que necesita», explica Fran Costoya. Este ferrolano del 73 trabaja al frente del departamento de Recursos Humanos de Pérez Torres donde lleva años poniendo en práctica el coaching ejecutivo. Ahora, con el objetivo de devolver lo que la vida le ha dado, ha diversificado su actividad hacia el Life Coaching, una disciplina que se sumerge en la autoconsciencia para sacar la mejor versión de cada persona y que «se reencuentren con su esencia».

Fran me recibe en Estudio Abierto, el coworking en el que está trabajando con sus clientes dentro de un proyecto que ha bautizado como Antiopa y que cuenta ya con página en Facebook y perfil en Instagram. «Estoy aquí martes, miércoles y viernes desde las 19:00 horas; tengo poco tiempo, pero disfruto mucho con esto», admite, «porque el coaching ayuda a las personas a encontrar el modo de hacer lo que realmente quieren hacer. Ayuda a que las decisiones se tomen con libertad. Mucha gente vive frustrada con su profesión, por ejemplo, porque no la han elegido desde el autoconocimiento».

Cree «en la belleza de las personas cuando se autoconocen» y confiesa que «no conozco a nadie con un autoconocimiento elevado de sí mismo que no se guste y que no guste». El coach formula preguntas para que sea su coachee quien logre el descubrimiento y obre el milagro. Aplica la chispa adecuada a la crisálida para que comience su metamorfosis hacia una mariposa que, en realidad, siempre estuvo ahí: «Eres lo que fuiste, lo que eres y lo que serás. La persona puede cambiar en valores, creencias; pero la identidad no cambia y si no te orientas con sabiduría de ti mismo te generarás una frustración».

Has tenido coach aunque no lo sepas

Puede que estas palabras nos lleguen lejanas, pero en realidad Fran cree que la figura del coach nos ha acompañado durante toda nuestra vida. Él enumera a su madre, por supuesto, pero también a don Santiago, su jefe, entre otros: «Estas personas han pasado por nuestra vida dejando su legado en nosotros». No obstante, entre el mentorazgo y el coaching hay diferencias. La más sustancial es que mientras que el primero advierte —porque existe esa autoridad moral en él— cuando se va a cometer un error, el segundo «piensa, siente y cree que la persona es la dueña de su propia vida y tiene todos los recursos para conseguir lo que se proponga, se mantiene imparcial».

Fran, por lo tanto, «no interviene, aconseja, enjuicia ni participa» y pregunta al modo de la mayéutica socrática. El coaching además es una disciplina que está muy regulada, existen entidades internacionales y posee un código deontológico muy claro. «Bebe de muchísimas fuentes, desde Sócrates a Aristóteles pasando por el existencialismo de Heidegger o las teorías del management de Peter Senge. Psicología, filosofía, negocios, deportes… De hecho, el primer libro de coaching es El juego interior del tenis, de Timothy Gallwey, que narra el proceso interno que se produce en una persona a lo largo del partido».

El proceso de coaching tiene un principio y un final que el propio cliente controla. Siempre hay un plan de consecución de objetivos que se evalúa para saber a ciencia cierta si está funcionando: «La persona sabe si lo ha conseguido o no», explica Fran. El coachee, a través de las preguntas que se le van planteando, averigua qué cambios necesita, cómo quiere realizarlos y cuándo. Además, siempre hay un seguimiento posterior porque «lo importante no es que tú logres algo, sino que sea sostenible».

Celsa González es una de sus coachees. Conoció a Fran en la universidad y cuando supo que se dedicaba también a esto no lo dudó: «En mi caso no había perjuicios porque cuando te formas en Recursos Humanos estás familiarizada con estas técnicas; pero, aunque no lo estuviera, ves enseguida que es un proceso ordenado. Cuando te involucras percibes cómo lo vas completando y adónde te va llevando porque, a lo mejor, cambia tu objetivo inicial debido a que te das cuenta de otras cosas al conocerte mejor».

A Celsa el trabajo con Fran le sirve para orientarse, para «tomarlo con calma» y descubrirse porque, subraya, «no somos concientes de muchas cosas hasta que las ordenados, las contamos». Entre los cambios que ella misma ha experimentado enumera que ahora está más centrada en su trabajo, es una persona más paciente que antes y también ha notado diferencias en la toma de decisiones: «Yo no me movía, estaba inmovilizada por el miedo. Ahora no temo lanzarme a proyectos nuevos, tanto personales como profesionales».

La importancia del coaching en los jóvenes

El coaching busca cambios duraderos e importantes, por eso la motivación tiene que salir de la propia persona, ser ella misma quien quiera hacerlo: «Yo puedo convencer a mi hijo de que haga algo sin que él quiera, pero durará poco y se sentirá frustrado. La idea es que sea él quien se conozca a sí mismo y vea cómo puede crecer y en qué áreas. Que sus valores y sus comportamientos estén alineados, que haya coherencia en sus actos».

Esta premisa tan útil para los jóvenes es la culpable, en gran medida, de que Fran Costoya haya decidido compartir sus métodos. «Creo que a los jóvenes de Ferrol les vendría bien una orientación», considera, «porque ahorrarían mucho tiempo si logran un buen nivel de autoconocimiento con 17 o 18 años. Si consiguen esa coherencia entre valores, creencias y sentimientos». Él, que tiene un hijo de 20 años y muchos sobrinos, está en permanente contacto con la gente joven.

«Veo que los chavales tienen muchos ovillos, están enmarañados. Conozco muchas generaciones, gente de muchísimo talento, que no encuentra el camino para autonocerse, autorregularse y autodirigirse. Encontrarlo ayudaría mucho a las personas en la toma de decisiones, en su propio desarrollo. Hay muy poco sentido común. No lo encontramos y si un joven es capaz de tenerlo pronto el desarrollo es muy superior».

En cuanto a las rutinas que muchas veces acompañan a los jóvenes, Fran analiza que «todos vamos a tener comportamientos que son contrarios a nuestra propia salubridad, pero la clave está en saber que yo no soy eso, que mi comportamiento no determina mi identidad. Eso para mí es importantísimo que lo sepan porque así no se juzgarán y podrán trabajar, si les interesa, cambios en este sentido. ¿Es eso tu comportamiento o es tu esencia?».

La experiencia de Irene y su hijo

El experto tiene varios clientes de 18 y 20 años con los que el coaching funciona «también muy bien porque son esponjas. Se producen cambios, lo ven y se ponen a llorar. Ven enseguida lo que no quieren para ellos y se producen cambios muy rápidos que sabes que van a ser perennes porque lo han visualizado, nadie les ha mandado. Son muy valientes, toman decisiones que alucinas, y que a los viejos nos cuestan; pero necesitan a alguien que les ayude a autoconocerse».

Uno de esos valientes es el hijo de Irene, que nos cuenta su experiencia al otro lado del teléfono. Ella veía que, con 18 años, el joven empezaba las cosas con muchas ganas, después se agobiaba y terminaba por dejarlas a medias. Además, albergaba rencor en su interior, no estaba centrado en los estudios y tampoco tenía motivación en lo laboral: «Habíamos probado con los psicólogos, pero realmente él lo que necesitaba eran herramientas como las que le ha dado Fran para gestionar los ámbitos de su vida y dar el paso de comprometerse con lo que él realmente quiera».

Bastaron seis sesiones para que la chispa saltase: «Desde el primer día ya vino súper contento, ilusionado, motivado. Se centró», recuerda Irene. Ahora el joven ha querido continuar con un seguimiento respaldado por su coach y la madre no duda en recomendarlo: «Tenemos muchos patrones que nos bloquean y no nos dejan avanzar. Yo misma me estoy planteando ir porque creo que todos, en algún momento de nuestra vida, lo necesitamos. Ha sido la mejor inversión que he hecho en mi hijo».

«Yo puedo decirles cosas a mis hijos, pero no me van a hacer el mismo caso. Muchas familias, además, creemos que la juventud de ahora es como la nuestra y no es así, ha cambiado mucho», afirma Irene. Fran, por su parte, está encantando con los resultados y observa que, en todo caso, si valorase que una persona que acude a sus servicios pueda requerir ayuda terapéutica «es mi obligación redireccionarlo a un profesional de la Psicología».

«Este es mi granito de arena»

Le pregunto a Fran si ese «ovillo» de los jóvenes es exclusivo de un sitio como Ferrol: «No, es el mismo que en otros lugares; lo que ocurre es que, a nivel industrial, no recuerdo una crisis como ésta y resta oportunidades a los jóvenes. Son ya muchas generaciones las que no han tenido oportunidad de desarrollo. Ese es el problema de una ciudad en crisis. Si, por ejemplo, yo tengo la obligación moral de que mi hijo sea la mejor versión de sí mismo y cuando llego a casa yo estoy en crisis, qué desarrollo le voy a poder dar».

«En Ferrol la crisis económica es cada vez más voraz y es más complicado hacer un plan vital. Sin embargo, también creo que si el desarrollo de los jóvenes mejorase, opciones como el autoempleo, la capacidad de perseguir un sueño, serían muy útiles. Hay un cambio de paradigma, hay más sensibilidad. Yo soy optimista, me gusta cómo viene la juventud a nivel de valores, solidaridad… La pena es que no tengan un campo de juego en condiciones. Eso se lo tendríamos que poner los viejiños y mi granito de arena es ayudar a la personas para que puedan llegar a su casa y decir “lo estoy haciendo genial, estoy contento, cada vez que hablo estoy alineado con lo que pienso, estoy lleno”».

Fran admite que su motivación principal tiene que ver más con la autorrealización que con el negocio: «Es devolver lo que a mí se me ha dado. Creo que cuando la vida te da generosidad, tú tienes la obligación de devolverlo y esto me llena mogollón». De hecho, aclara que por el momento «no voy a poner tarifas, las voy a acordar con las personas en función de su situación mientras no me tenga que ganar la vida con esto».

Echa la vista atrás y cree Fran que lleva «toda la vida con esto». Desde que rescató a la primera persona cuando era socorrista con Cruz Roja y leía los tebeos de Marvel que le llevaba cada miércoles su madre, «me alucinaba el concepto de ayudar a alguien. Incluso desde un punto de vista egoísta, sentir su agradecimiento me llenaba». Él, que como Rilke también es de los que piensa que la verdadera patria del hombre es la infancia, no deja de referirse a aquellos días en los que la personalidad de uno se forja entre juegos, imaginación y vínculos poderosísimos.

«De niño me encantaban las mariposas. Mi hermano Santi y yo dedicábamos los veranos a buscarlas. Las veíamos, consultábamos en los libros de qué tipo eran. La que más nos gustaba era la Antiopa. Venía a Galicia, como mucho, una vez al año y cuando la veíamos nos volvíamos locos. Por eso le he puesto este nombre, Antiopa. Porque me conecta mucho con mi infancia y porque el proceso de crisálida es un viaje hacia la belleza, hacia el autoconocimiento. A comprobar, en el primer aleteo colorido, que la mariposa siempre ha estado ahí».

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