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Háganse del Racing aunque no les guste el fútbol

Partido Racing-Nàstic en Balaídos (foto: Raúl Lomba)

M. CORRAL | Ferrol | Jueves 1 septiembre 2022 | 12:55

Y ustedes, si han pinchado en el artículo interpelados por el titular, se preguntarán quién se cree que es la nacha esta para hablarnos en imperativo de esa forma. Y, tienen razón, no soy nadie para hacerlo, pero déjenme que les cuente por qué les recomiendo que se abonen al Racing de Ferrol aunque no les guste el fútbol. Tengo que hacerlo remontándome a hace dos temporadas, cuando vi mi nombre por primera vez en un carné racinguista como premio después de haber ganado un concurso de relatos por el centenario.

A mí, que no me ha gustado ver fútbol en la vida, que únicamente había visto por televisión algunas finales llamativas y aquellos partidos gloriosos de esa selección española que lo ganaba todo. A mí, que solo había ido a A Malata a esos otros encuentros en los que estaba el pescado ya casi vendido. Sí, me refiero a esas fases de ascenso con todo de cara, que es cuando la mayoría de los ferrolanos aparecemos por el estadio vestidos de verde como si fuésemos del Racing desde chiquititos.

Lo mío había sido el baloncesto por tradición familiar aunque mi padre siempre fue también al Racing mientras pudo, a agarrarse los cabreos religiosamente cada dos semanas. Sin embargo, su furor racinguista nunca había calado en mí como lo hizo el de mi suegro y mi cuñado Borja. Con ellos y con Adriancito empecé a ir al estadio y me gustó. A Miguel lo traía frito en los descansos, preguntando de todo para contrastar si los errores o los aciertos que yo estaba percibiendo desde mi puesto de novata eran certeros o no. Para aprender, claro.

Y lo que pasó fue que ese fútbol que tenía delante, apenas a unos metros, no era el mismo fútbol que había visto en la televisión. Aquí podían sucederse inesperadas tardes de gloria contra un rival más fuerte y 90 minutos frustrantes en los que, jugando mejor, te calzaban el gol a poco de terminar el partido los que eran supuestamente inferiores. También las hay soporíferas, no les quiero mentir. Aquí había un diálogo entre la afición y los jugadores, muy alejados de la brillantina y las conachadas varias de las mal llamadas ligas profesionales. Aquí se les veía también jodidos cuando las cosas no salían bien.

Con el tiempo ya me sonaban las caras de los que se sientan alrededor ―«sí, fulano, el que va al Racing»―, me sabía los nombres de los jugadores. Aprendí a distinguir el acento ferrolanísimo de los entrenadores de grada a los que, a veces, dan ganas de pedirles que se corten un poco, que hay niños. Supe dónde se sentaba cada peña y me sorprendí cantando en casa alguna de las arengas del Fondo Sur para chinchar al deportivista con el que comparto techo porque los caminos del amor son inescrutables. De repente, ir a A Malata fue una deliciosa obligación.

Así que el año pasado, cuando sentarse allí 90 minutos era casi siempre una fiesta y haber estado en Vigo un privilegio, supe que me había enganchado a algo que si me lo dicen hace tres años les hubiera llamado locos. Por eso, si me ha pasado a mí, sé que a ustedes podría pasarles también lo mismo. Se sorprenderán de pronto inquietos con los fichajes, tristes con las despedidas. No obstante, a pocos días de que vaya a renovar mi abono durante mis ansiadas vacaciones, tengo que confesarles algo más sobre esto, por si todavía les falta un impulso.

Sentados en esa grada, ustedes no tendrán que justificar su amor por Ferrol. No se verán en la obligación de buscar las palabras para explicarlo porque nadie les cuestionará que quieran vivir aquí, que esto les guste lo suficiente, que no se hayan marchado. Va a estar rodeado de ferrolanistas de todas las edades que no muestran ningún complejo a la hora de reconocer que tienen suerte por haber nacido aquí. Ni más ni menos. Muchos de ellos también van a O Parrulo, al BAXI ―a los que también les insto a abonarse, faltaría más―, y lo hacen a sabiendas de que hay pocas cosas más bonitas que ser de los equipos de su ciudad.

Prueben este año, aun les da tiempo a hacerse su carné para estar el domingo en A Malata, y los precios son asequibles. También tienen la suerte de poder comprarse alguna bufanda a buen precio en la tienda del Racing, para no desentonar. Si les defrauda, me vienen a tirar tomates y lo aceptaré de buen grado, queda dicho; pero, háganlo. Y si los motivos que les he dado no les han convencido todavía, sepan que algún agorero de la cabecera que se imprime en Coruña ya ha dicho que no vamos a llegar a los 3.000. ¿Dejaremos que tenga razón? No molaría nada.

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