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Javier Gutiérrez, el ferrolano máximo

JOSÉ MARÍN AMENEIROS | Lunes 9 febrero 2015 | 20:00

[Aviso: este artículo puede contener spoilers de La Isla Mínima o Los Serrano]

La primera vez que se vio a Javier Gutiérrez en la tele, por lo menos la más recordada por la mayoría, fue para contagiar al personal la expresión «chatunga». José Luis Salgado emergía en Los Serrano como un hacedor de chanchullos, embaucador y faldero, con la «chatunga» como arma especial de su dialéctica. Era el 2005, época también de cine, con El penalti más largo del mundo del mundo, Crimen ferpecto o El otro lado de la cama ya en su haber. De eso hace ya una década, y llamar ahora «Chatungo» a Javier es como seguir pensando en Hannah Montana al hablar de Miley Cyrus.

«Salí con 18 añitos de Ferrol con un sueño y un objetivo, que era convertirme en cómico, en actor», decía Javier el sábado por la noche, mesando el pelo de su Goya a lo Stavro Blofeld. Socarrón el destino, que le ha acabado entregando uno de los máximos reconocimientos por un papel en una oscura película de cine negro. Para ello sólo hizo falta que un atrevido entrenador, Alberto Rodríguez, lo despegase de la banda y lo plantara en el centro del ataque, con un rol protagonista. Ya le hubiera gustado a Rivaldo de Van Gaal.

El premio se festejó el sábado de noche en Ferrol como un gol del Racing que Javier tanto ama, y por el que hizo hasta de reportero para Canal+. Nunca se vio una noticia tan compartida por las redes sociales; en Ferrol360 ya es la más visitada. La ciudad naval se alegra porque es patria de un actor que la representa y mima al máximo, aunque su paternidad la reclama Luanco, una pequeña villa marinera de Asturias. Aquí o allí, la sentencia que suelta Gutiérrez al final de su discurso de agradecimiento es universalmente válida y bien justificó la espera hasta la madrugada: «Que no nos roben la ilusión».

De la ilusionante estatuilla uno se enteró en el bar, como todo, viendo la gala, justo en el momento en el que un señor con pinta de sueco y una melopea importante escoró hacia atrás e hizo temblar las baldosas mientras el camarero gritaba: «¡Como jodas el suelo lo vas a pagar tú!». Me giré y le dije a un colega, mira, le acaban de dar el Goya por fin a Javier Gutiérrez. «¿Pero Torrente 4 no es de hace tres años?», respondió, y cambió a Spartacus a ver si salía una teta.

En La Isla Mínima, Gutiérrez se despega de todo lo hecho anteriormente en cine y televisión, mudando piel y asumiendo como propio un turbio rol. El Sátur bonachón pasa a ser el Juan despiadado; el Sátur que se metía en problemas se convierte en el Juan que los ejecuta; Sátur sueña con un futuro brillante como el dinero mientras Juan huye de su lóbrego pasado. Javier ya no es escudero: la lanza ahora la empuña y tremola él.

El resultado es una película inquietante que sustentan Javier y Raúl Arévalo, lo que otorga más mérito si cabe a la estatuilla del ferrolano, por haberle ganado en la recta de meta a otro fenómeno como el madrileño. Y todo ello en un filme sin apenas sangre, poca más que la que echa Gutiérrez en una dolorosa meada. El nuevo mejor actor de los Goya sólo conmuta el semblante duro por una sonrisa al final, cuando, maltrecho pero jubiloso, celebra la resolución del caso en un antro de las marismas seduciendo a dos mujeres. Yo, en un giro histórico, hubiera hecho que las llamase «chatungas».

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