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La noche que Bunbury conquistó Ferrol

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M. CORRAL / JUANPA AMENEIROS | Lunes 29 agosto 2016 | 13:48

Aquel mes de agosto de 1800 en el que más de diez mil ingleses desembarcaron a orillas de la ría de Ferrol, dispuestos a someter a uno de los puertos estratégicos de la Corona española, el Gerenal Pulteney había cometido el error de infravalorar el potencial de su enemigo. Por eso, a pesar de triplicarlos en número, acabaron huyendo sin posibilidad de vencer a las tropas ferrolanas que combatían con tenacidad junto a los milicianos civiles armados, en aquello que después se llamaría Batalla de Brión.

Doscientos dieciséis años después la plaza ferrolana caía rendida este pasado sábado. No eran ingleses los contrarios, llegaban desde Zaragoza, Barcelona o Sevilla. Y no eran 10.000, sino siete. En el otro bando los ferrolanos escaseaban para dejar paso a gentes llegadas de toda Galicia -que se quedaron con ganas de más después de la invasión musical del PortAmérica-, pero también asturianos y leoneses -los tiempos compuestos son delatadores. Al mando tampoco estaba Pulteney, sino Enrique Bunbury, capitaneando su banda de Santos Inocentes para hacer vibrar al público durante dos horas de concierto.

La gira Mutaciones Tour 2016 recaló en Ferrol para seguir repasando los 30 años de trayectoria musical de Bunbury, el que fuera vocalista del mítico grupo Héroes del Silencio y que boga en solitario desde el 97, tras zarpar de Argentina en el mes de marzo y recorrer Colombia, Ecuador, Guatemala, México, EE.UU y once puntos de nuestro país, entre ellos Nigrán.

Entre el público que abarrotó finalmente la esplanada, en su mayoría de fuera de Ferrol, había gente de todas las edades. Algunos niños con sus padres, orgullosos estos de haber conseguido insuflarles su pasión; nostálgicos con camisetas de Héroes, otros algo más jóvenes con merchandising actual e incluso algunos dobles del propio cantante que suscitaron muchos comentarios, todos deseando lo mismo: que sonasen los primeros acordes para desenfundar sus móviles y sus cámaras, dispuestos a inmortalizar el momento mágico y terminar exhaustos.

Cuando eran las 22:30 horas el guitarrista Álvaro Suite apareció en escena y la plaza de España se vino arriba. Tras él el bajista Robert Castellanos, el también guitarrista Jordi Mena, el baterista Ramón Gacias, el percusionista Quino Béjar y el teclista Jorge Rebenaque. Con el público calentito salió él, detrás de sus gafas de sol, que abandonaría unos temas después. Y entonó Iberia sumergida.

Pocos palos quedaron sin tocar esa noche. Sus tiempos de héroe pasados por el filtro, eso sí, de los compases más lentos que parecen inevitables con el paso de los años, retratados en Avalancha, Maldito Duende, Mar Adentro, La sirena varada o La chispa adecuada. Pero también su segundo paso en solitario con Pequeño, que convirtieron al público ferrolano en coro en temas como El extranjero o Infinito.

Tuvo tiempo a acordarse de El tiempo de las cerezas que vivió con Nacho Vegas y de aquella Puta desagradecida, de repasar el Flamingos con Lady Blue o El club de los imposibles, o El viaje a ninguna parte con Que tengas suertecita, entre otras, aunque nunca todas, porque siempre faltará algún temazo según cada par de orejas, como Alicia o Pequeño Rock & Roll -que interpreta junto a Quique González-, dos de las más reclamadas que finalmente quedaron en el cajón.

Con Bunbury siempre funciona aquello de llegar, ver y vencer. Sin que opongamos resistencia alguna, dejando de lado el espíritu de los héroes de Brión. Su espectáculo es inmenso. El sonido envuelve, sus luces te hipnotizan, sus poses le elevan sobre es escenario. Es grande y lo sabe. No dudó en acercarse al público para estrechar las muchas manos que surgían de la penumbra. Agarrado al pie de micro como si le fuese la vida, exhalando letras que forman parte del imaginario colectivo de varias generaciones y derrochando un talento que enganchó incluso a los menos convencidos.

Estuvo rodeado de músicos de primera, pero él también se animó a rasgar las cuerdas de su acústica, mientras se dirigía de usted a un público que ya estaba a sus pies desde el primer acorde, cumpliendo con su promesa de convertir ese tiempo en un «carrusel de emociones», paseándose por la vida para tomarse «todo con exceso, nada con medida». Le esperamos, don Enrique, no tarde en volver.

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