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La soledad del entrenador

JOSÉ BARCIA TUCCELLI | Motivación para el cambio | Martes 23 mayo 2017 | 17:25

Estos días he estado revisando las propuestas formativas de los temas que me ocupan y me he encontrado con un curso que me ha abierto el interés por comentar una de esas cuestiones que permanecen ocultas al aficionado deportivo, pero con la que convivimos cuando formamos parte de un equipo de competición si tenemos la fortuna de que alguno de los entrenadores jefe con los que trabajamos decida abrirnos la puerta a su realidad más profunda. Estoy hablando de la llamada “soledad del entrenador”.

Adelanto que es solamente una excusa para hablar de algo que nos debería hacer pensar sobre temas de gran calado como aquellos que tienen que ver con la crisis de soledad que estamos padeciendo, motivado por los cambios en nuestras sociedades, según sostienen desde hace años las organizaciones internacionales para el cuidado de la salud.

Hace algún tiempo, un entrenador de baloncesto del que guardo un gran concepto me dijo que se había pasado todo el fin de semana tratando de distraer su pensamiento para alejarse del abatimiento acumulado tras una derrota en un partido que había despertado grandes ilusiones en todos nosotros y que, aunque había sido realmente bueno, finalmente había caído del lado de nuestros rivales.

Sus palabras no fueron esas, las pronunciadas no son apropiadas para reproducir aquí, pero el sentir sí fue ese. En aquel momento fue la primera vez que un entrenador compartió conmigo “su soledad”.

Pensemos que un entrenador de un equipo de cierto nivel de exigencia va a ser un gestor tanto de personas como de las distintas facetas del juego. Va a tener que dirigir a los jugadores, a sus ayudantes, estudiar a sus rivales y diseñar la mejor forma de obtener la victoria. Elabora un plan para tener las mejores opciones de vencer, que en deporte de rendimiento es la gran búsqueda y para lo que estamos todos los que nos reunimos dentro de este tipo de equipos.

Somos muchos los que podemos sentarnos al lado del entrenador para ayudarlo, pero como decimos, estamos para ayudarlo a él a dirigir al equipo por el camino escogido, pensado, imaginado. Por eso son necesarios los ayudantes, para atender a facetas del juego y de los jugadores que no deben distraer al entrenador mientras ejecuta el plan maestro.

Y cuando éste no da el resultado esperado, cuando el rival vence con su estrategia o cuando en un momento relevante del partido las decisiones no son acertadas, es cuando el entrenador percibe toda la responsabilidad de su cargo. Y si esto se produce en ciertos niveles competitivos es cuando la carga puede resultar insoportable o inasumible.

Allí, la soledad del entrenador aparece y es cuando se podría iniciar un proceso de mejora o simplemente uno de abatimiento y autocomplacencia. Todo proceso de crisis nos da la oportunidad de obtener valiosas lecciones, nos da la mano para salir adelante y es parte necesaria de cualquier proceso de vida.

Constantemente vemos a entrenadores que salen en los medios de comunicación pensativos en el entrenamiento, rodeados de sus ayudantes, pero al mismo tiempo ensimismados. Tampoco nos resultan extraños los comentarios acerca de cómo ha envejecido el aspecto de entrenadores de los equipos de mayor visibilidad de nuestro país.

Pues bien, esta soledad es el reflejo del peso de una responsabilidad por parte de una persona señalada como un líder, o que al menos tendría que serlo. Joaquín Caparrós decía que a pesar de estar rodeado de personas hay momentos en los que estás solo y donde tienes que decidir. Es evidente que cualquiera de nosotros tenemos que hacer lo mismo en los distintos momentos de nuestro día a día, la diferencia está en la trascendencia de esas decisiones y en las condiciones en las que deberemos de tomarlas.

En psicoterapia se suele decir que no es bueno tomar decisiones importantes en aquellos momentos en los que estamos alterados o en los que notamos que tenemos un “secuestro emocional”. Es un error humano muy comprensible y habitual, pero de igual manera, bastante devastador y que suele conllevar muchos más perjuicios que beneficios.

Pues bien, el entrenador debe de tomar sus decisiones constantemente en un estado muy alterado, sobrecargado de informaciones y con su pulso explotando en su pecho como si fuera él el que está jugando. En esas condiciones percibe el partido, lo analiza, lo detiene en aquellos deportes en los que sea posible hacerlo y da las instrucciones pertinentes.

Un lector poco aficionado al deporte de alto rendimiento, al deporte espectáculo, podría decir que tampoco es para tanto, que el deporte no tiene mayor trascendencia y que por ello estas decisiones no pasan de lo anecdótico. Nada más lejos de la realidad. Aún asumiendo que el deporte espectáculo va a tener el impacto en cada uno de nosotros que decidamos que tenga, las decisiones de los entrenadores se asemejan en mucho a los de los grandes directivos de cualquier empresa de peso en nuestra sociedad y economía.

Son personas que dirigen los destinos de sus jugadores, empleados que han puesto su presente y puede que su futuro en sus manos, de otros muchos profesionales ayudantes, y por supuesto de una entidad que los acoge a todos y que va a depender a todos los niveles de las muchas decisiones que se vayan tomando y de sus consecuencias.

Por otro lado, estas decisiones las va a tomar delante de una masa muy grande de personas que se definen como seguidores del equipo y que ponen día tras día parte de sus emociones en manos de ese equipo. Por lo tanto, no se trata de cuestiones de “vida o muerte” pero tampoco neguemos inocentemente su valor en nuestra sociedad.

Pero podemos buscar ejemplos en otros ámbitos, en este caso sí de “vida o muerte”. Ya adelantábamos en el inicio que se trata de un tema que queremos enfocar desde una perspectiva amplia o que al menos se irá abriendo. Pues bien, hace unas semanas, uno de los grandes cirujanos españoles decía algo similar en otro contexto completamente diferente. Cuando está operando y se da cuenta de que algo va mal, de que algo imprevisto acaba de suceder o cuando se encuentra con algo que le muestra el riesgo vital de su paciente, a pesar de estar rodeado de su equipo, profesionales en los que confía y que sabe que lo van a apoyar en lo necesario, siente el peso de la responsabilidad y percibe su soledad.

¿Para qué nos sirven todos estos ejemplos aparte de para conocer mejor el mundo del entrenador deportivo o el de otros profesionales con grandes responsabilidades en sus manos?. Pues nos vale para darnos cuenta de que nuestra realidad es esencialmente subjetiva, depende de cada uno de nosotros, de cómo la percibamos y de cómo la vivamos.

No va a depender de las cosas que nos vayan pasando ni siquiera de las personas con las que la compartamos, sino de nosotros mismos. Es muy habitual escuchar a personas que manifiestan un gran descontento y culpan de ello a sus allegados, a su pareja, a sus jefes, a sus compañeros del trabajo o a los Gobiernos. Nadie niega que todos ellos puedan tener influencia sobre nuestras posibilidades y por eso sobre nuestra vida, pero su incidencia va a estar siempre mediada por nuestros procesos cognitivos, por nuestros filtros mentales; y ahí tendremos mucho que decir.

El entrenador va a seguir experimentando su soledad en diferentes momentos de su profesión, y como seguramente la vivirá con una gran pasión, también se la llevará a su casa. La diferencia va a estar en la forma en que afronte este proceso, a quien acuda para que lo ayude a buscar crecer con la experiencia.

La autocomplacencia es una forma de padecer las consecuencias de un mal resultado, repartir culpas y señalar a los responsables es otra, pero todas ellas empequeñecen frente al peso de una verdadera reflexión acerca de los por qués de lo sucedido, del origen de las decisiones, del motivo profundo por el que se percibe esta soledad. Y esto, nos sirve a cualquiera de nosotros.

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