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Los lugares vividos

RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Martes 25 febrero 2014 | 17:25

Grabados para siempre. Cercanos en la memoria. Pasos, huellas y tazas de café. Latidos y miradas furtivas. Retazos de una ciudad acogedora, el querido diario del nacimiento a una nueva vida. Yo, un chico de barrio, tengo todo mi historial fuera de él. Estudié en Esteiro, jugué en A Magdalena, descubrí rincones en Canido y abrí la ventana en Ferrol Vello.

Pero soy de O Inferniño, ya ves. De un Manuel Rivera que no soportaba más el paso del tiempo, de un Porta Nova que nos empeñamos en pisotear como si fuese la panacea. El tiempo da y quita razones.

¿Qué tengo en cada punto del mapa? De Esteiro podré contar mis viajes en el autobús para ir al colegio. Lo que le costaba entrar de culo a un aparcamiento tan estrecho, pegado al costado de la piscina de Batallones.

Sentarme en el centro de aquella alfombra para leer cuentos, pedir una manzanilla si las cosas se torcían a la que acabó siendo la madre de una mente prodigiosa que hoy vive en Barcelona. Los últimos pelones, permitidme que use esa palabra, que adecentaban el escenario de nuestro crecimiento.

Llegué a la adolescencia y sustituí el transporte por el coche de San Fernando. Atravesaba la casi nueva avenida de Esteiro a horas oscuras, todo para poder ser pájaro libre por la tarde.

Los bocatas de la cafetería, que tener cafetería debajo de clase ayudaba a sentirse como en una de esas series americanas que nos ponían. Qué diría yo, Salvados por la campana. Las excursiones más allá de O Cebreiro, el despertar al cine independiente, las clases de Latín y Griego.

Siempre me sentí atrapado en la red de aquel lugar. Encajado entre páginas de historia ya no local, sino nacional. Una porción de terreno ganado al mar separada por vallas de un astillero pujante con sirena al amanecer y un cuartel de Dolores que privaba del tacto del mar a un muelle de Fontelonga que es un tesoro escondido.

Luis Enrique entrenaba en su campo de fútbol mucho antes de que el Celta llamase a su puerta. No fue el único, ni muchísimo menos. También él se acercaría al Agra en horas que teóricamente teníamos que dedicar a ir a clase. O al Boss, ya por entonces. Callejuelas con olor a Casa do Patín, Carlos III con barras de pan almacenadas en el horno.

Sintiéndome casi tan joven, superé el umbral de los 20. Estrené mi vida laboral en un edificio impecable, baldosas amarillas y encarnadas. Las nubes de un antiguo gimnasio y de las glorias del Oar no tapaban la información que allí se fabricaba.

Vista a?rea del Isaac Peral y del Saturnino Montojo (foto: Xunta)

Vista aérea del Isaac Peral y del Saturnino Montojo (foto: Xunta)

Escaleras de nervios y prisas, estudio de sonrisas y alguna lagrimilla temporal, ventanales asomados a un Amboage que no se paraba nunca. Una cantera de profesionales que ahora, con alegría, veo que demuestran a diario su poderío.

Poco tiempo libre dejaba todo aquello. El suficiente para, a mitad de camino, descubrir el Derby mientras la fotografía cegaba mis ojos como una pasión que nunca abandonaré. A Pepe, a Carlos, a sus cafés largos y a sus charlas que tanto me enseñaron.

Sus sillas con vistas a Real y Carmen, sus semblanzas ecuestres, el reducto de un pasado que deja buen sabor. Luego vendrían las copas, tiempo después. Las confidencias, los descansos.

Un buen día, la maleta me llevó de Amboage al Cantón. Me gusta lo tradicional, ya ven. Llegó entonces Bonilla, ese churro suelto a pie de taza pequeña. Escapadas bajo la lluvia, que también caía hace años, no solo en 2014.

La ida y el regreso de cada tarde al nuevo hogar por la calle de la Iglesia, por la Pescadería de Ucha. El calor y el verano saben a triunfo en Ferrol Vello, a plenitud, a saber lo que se quiere y atraparlo con las manos.

No todo fue así de bonito, claro. Pero ahora lo de rebobinar solo lleva a lo bueno. A todo esto, a más cosas que vienen a la mente cuando ya has escrito. Nada es igual cuando pasan los años, pero quedan bares, caras y sitios. Gestos alegres en rostros desconocidos, la atrevida timidez.

Mirarse a la cara en la calle María, que las manos vuelvan a irse para juntarlas con otras que piden calor en cualquier terraza de A Magdalena. Las yemas de tus dedos. Nunca nos habíamos marchado, pero ahora sí que hemos vuelto.

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