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Los perros son para el invierno

MARTA CORRAL | ‘O Falar non ten cancelas’ | Viernes 8 agosto 2014 | 15:35

I have a dream. Yo tengo un sueño que un día en una de las playas de Ferrol pueda ir acompañada de mi perra y habrá más personas con perros y nadie nos multará por ello ni nos mirará mal; porque reconocerán que tenemos el mismo derecho que los que no tienen perros que les acompañen a la playa.

Yo tengo un sueño que un día las ordenanzas municipales las cumplan también los políticos y no sólo la ciudadanía, porque a ellos no tenemos cómo hacerles cumplir sus propias leyes; porque los ciudadanos no ponemos multas, sólo nos las ponen.

Al contrario de lo que dice el anuncio, yo sí tengo sueños baratos. Sueños que, en muchos lugares, se llaman derechos. Sueños que, para quien ha tenido que pagar 300 euros de multa, se tornan en pesadillas. Sueños que nos prometieron cumplir si aprobábamos el curso y aquí seguimos esperando, como aquéllos niños que veían que a sus compañeros les compraban una bicicleta por sacar peores notas que ellos, mientras sus padres repetían: «Aprobar es tu obligación».

La realidad es que llevamos 318 días esperando desde que el pasado 25 de septiembre se aprobara en la comisión informativa de Medio Ambiente, Urbanismo, Servicios y Seguridad del Concello de Ferrol, de manera inicial, la nueva ordenanza municipal sobre animales de compañía. Se ratificó en la sesión plenaria del 27 de febrero, es decir, 156 días después. Luego, oficialmente, todos los ferrolanos playeros que vivimos con perros llevamos poniéndole una vela a Dios y otra a Borja Carro exactamente 162 días.

Como pueden observar llevo la cuenta perfectamente, pero no se crean que suelo andar con tantos números en la cabeza. El tema es que me va en el bolsillo y eso sí lo tengo yo más clarito. Desde el 30 de abril y hasta el 1 de octubre estoy obligada a que mi perra -se llama Poe, así ya se la presento a ustedes y dejo de denominarla como si fuera un cánido más, porque no lo es- no ponga una pata en ninguno de los arenales del municipio. A ninguna hora. Da igual que llueva, truene o haga un sol de carallo.

Pero, tonta de mí, dejé de poner el grito en el cielo por la ampliación de la restricción en las playas -antes sólo estaba prohibido llevar animales el temporada de playa, los meses de junio a septiembre-, confiando en que, si hay una ordenanza aprobada que pone: «O Concello habilitará ALOMENOS unha praia para o seu desfrute con animais de compañía», pues oye, la habilitarán ¿no?

Pero claro, llegó el verano -o bueno, si lo prefieren, el semi verano o el galician summer– y aquí estamos Poe y yo sin poder ir a tomar el sol, a pegarnos un buen chapuzón o simplemente a pasear. Porque, me gustaría dejar claro para todas aquellas personas que no tienen la suerte de convivir con un perro, que los perros se bañan en el mar, los perros juegan en la arena y los perros se tumban al fresco de la sombrilla.

Comprendo que a quien le moleste la presencia de perros en la playa; pero les advierto que la gran mayoría de los propietarios de animales no queremos una playa habilitada para que vayan a hacer sus necesidades y campen a sus anchas molestando a los demás. Les aseguro que son una minoría -de incivilizados, sucios y tocapelotas (a los que tenemos perros nos molesta más que a los que no los tienen, porque pagamos justos por pecadores, créanme)- las personas que no recogen las heces de sus perros y no están pendientes de su animal.

Es ya un tópico, pero creo que la huella que dejamos los humanos en la naturaleza es mucho más duradera que la que dejan los animales. Las colillas, las latas de refresco, el papel de aluminio del bocata. Saben a lo que me refiero, ¿verdad?

Sin ánimo de entrar en disputas entre personas a favor y en contra de los perros en la playa, yo no quiero aguarle la fiesta a nadie, pero pago los mismos impuestos al igual que mis vecinos y por ello reclamo el derecho que me viene dado en un documento oficial. ¿Qué harán en otros lugares?

Pues en la civilizada Europa, eso que nos queda allá arriba, los perros tienen una consideración completamente distinta. No sólo pueden viajar en los transportes públicos, si no que, por ejemplo, en Berlín, hay personas que reciben una prestación por hacerse cargo de canes abandonados. Por supuesto hay playas para mascotas o, en su defecto, un horario establecido en el que pueden acudir -a primeras horas de la mañana y a últimas de la tarde-. Recuerdo el letrero en un arenal de Holanda: «Prohibido perros y cometas hasta las 18:00 horas».

En muchas ciudades de Alemania, país al que miramos siempre de reojo y con pelusilla, los propietarios de perros pagan una cuota de 30 euros anuales a cambio de ciertos servicios que les ofrece el Concello: cursillos de adiestramiento, servicio efectivo de acogida y refugio, espacios para que los perros hagan sus necesidades o parques caninos donde soltar a las mascotas.

¿Por qué nos cuesta tanto copiar lo que funciona en otros lugares? No digo que ahora vean el cielo abierto a meternos un tasazo semejante, pero ya que va a empezar a funcionar el registro municipal de perros, ¿por qué no contribuir con 5 euros, por ejemplo, a cambio de que se nos tenga en cuenta y se habiliten verdaderos espacios para mascotas o se invierta en protectoras y refugios?

Estas entidades están soportando un nivel de ocupación brutal. Buscando casas de acogidas para perros y gatos que un día fueron un regalo ideal para el pequeño de la familia, pero después molestaron, porque crecieron y comen, hacen pis y necesitan una educación.

Para más inri, es en esta época estival cuando más abandonos se registran. Los personajes -por suavizar los términos-, que se van de vacaciones y miran a su perro como si fuera un lastre, dejándolo a su suerte en cualquier rotonda.

Mientras, los que viajamos en furgoneta para que ellos puedan acompañarnos o buscamos perreras flotantes -hermanos, tíos, suegros… benditos seáis- que los cuiden durante nuestra ausencia o pagamos religiosamente un hotel canino, no tenemos ninguna facilidad. Nos obligan a estar encerrados. A jugarnos el tipo yendo a calas inhóspitas a las que por no ir, no va ni el sol. A soportar que nos critiquen -sobretodo a los que tenemos perros grandes y negros-, como si fuésemos un peligro público, porque desde el Concello no nos amparan y nos empujan a infringir las normas si queremos disfrutar con ellos.

Estoy convencida de que todo podría cambiar si conviviesen un par de días con uno de ellos. Yo, a Borja Carro, le presto encantada a Poe que, por cierto, está aquí a mi lado mirándome con sus enormes ojos avellana y diciéndome: «Ya paró de llover, ¿cuándo acabas eso y nos vamos a la calle?».

En serio, he visto a personas que nunca han dejado que los perros se acercaran demasiado y después, cuando su hijo o su nieta cruzaban el umbral de la puerta con un perro, aceptándolo con resignación, no tardaban en disfrutar con sus gracietas, en agradecer sus bienvenidas diarias como si no le hubiesen visto en 10 años y a admirar la lealtad de la que son capaces.

Yo ya no me imagino la vida sin Poe, a pesar de que no pueda ir a la playa, a pesar de la pereza de bajar con ella los días de ciclogénesis explosiva, a pesar de los puñales cada vez que vamos a veterinario por el injustísimo aumento del IVA.

Sólo pido que, si nos exigen cuidarlos, alimentarlos y proporcionarles un ambiente cómodo en condiciones sanitarias óptimas, pongan ellos algo de su parte. Les recuerdo que somos muchos los que amamos a los perros, les recuerdo que pagamos, les recuerdo que votamos, les recuerdo que tenemos memoria.

POE EN LA PLAYA DE BARES

Un comentario

  1. Ni mas claro ni mas alto..correcto…gracias y opaii…glo nela rita y kina…la gran familia.

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