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Los tiempos de la exageración

RAFAEL SAURA | Non serviam | Miércoles 9 diciembre 2015 | 11:54

Una de las paradojas de la sociedad pretendidamente informada en que vivimos es la permanente exageración informativa a que nos vemos sometidos por parte de los políticos y, en general, por los representantes de cuantos colectivos desean obtener rendimientos sociales ante algún asunto que les afecta, ya sea en lo económico, en lo ideológico, o en su cuota electoral o de poder.

Para nuestro «El que no llora no mama», tienen los británicos su «The squeaky wheel gets the grease» (la rueda que chirría consigue la grasa); pero en ninguna de estas dos expresiones de sabiduría popular parece incluida necesariamente la exageración intencionada, como sesgo a la verdad, como una forma de mentira.
Ni el bebé miente a su madre cuando llora porque tiene hambre, ni la rueda miente al carretero cuando le advierte de que su eje necesita lubricación.

En los casos que yo comento, sin embargo, los colectivos mencionados pretenden predisponer a la opinión pública en una determinada dirección a través de una realidad intencionadamente manipulada.

Un ejemplo elocuente de este fenómeno lo padecimos el pasado verano con el presupuesto extraordinario de 4 millones de euros que la comunidad de Madrid dedicó a la apertura de comedores escolares durante el período vacacional de los niños, con el que se ofrecieron de forma gratuita 5.500 plazas diarias de almuerzo en los centros, dirigidas principalmente a aquellos menores que ya disfrutaban de beca de comedor durante el curso. La alcaldesa criticó la medida adoptada por la presidenta comunitaria argumentando que la cifra de niños malnutridos en Madrid que sus técnicos estimaban, ascendía a 25.563.

La realidad, sin embargo, es que a finales de julio de 2015 sólo 600 niños se habían apuntado al plan de comedores veraniegos, lo que supuso cubrir apenas un 10,9 % de las plazas ofertadas, y representó un 2,3% —o 43 veces menos— de lo estimado por los técnicos municipales.

Otro ejemplo de exagerada sobreactuación lo tuvimos en 2002 con la catástrofe ecológica provocada por el naufragio del petrolero Prestige.

Tras las necesarias labores de retirada del grueso del petróleo y el vaciado de los tanques del buque sumergido aún había supuestos expertos que afirmaban que la contaminación medioambiental tardaría más de 50 años en desaparecer completamente de nuestras costas.

Quienes habíamos vivido de cerca el desastre anterior del petrolero Mar Egeo en 1992 y el del Urquiola en 1976, sabíamos que, en las condiciones propias de Galicia —con una importante oscilación mareal y un poderoso oleaje oceánico—, una vez realizadas las necesarias labores de limpieza mecánica de la costa, el petróleo restante se degrada y desaparece de forma natural —especialmente en el exterior de las rías— en el transcurso de un solo año. El mar actúa como una potente lavadora que jamás descansa, la radiación solar no tarda en evaporar los aceites convirtiendo el viscoso crudo en simple polvo que se deshace entre los dedos, al tiempo que las bacterias realizan su importante trabajo de biodegradación. Por último, los organismos marinos supervivientes vuelven a colonizar por sí mismos las áreas afectadas.

Sin menospreciar el daño que un desastre como este provoca a corto plazo en los ecosistemas y en la economía local, cabe pensar que determinados “expertos” sobreactuaron, tratando también en este caso de manipular a la opinión pública.

Aunque los ejemplos mencionados representan una muestra extrema de este fenómeno, lo cierto es que hemos terminado acostumbrándonos a lo disparatado de las cifras que se hacen púbicas en los medios cuando de ellas depende el interés político o económico de determinados colectivos.

Los ciudadanos comunes hemos aprendido a hacer la media aritmética entre las cifras de participantes en una manifestación que declaran sus organizadores y las que presentan los políticos contra quienes van dirigidas. Hemos aprendido a dudar de las cifras de desempleados, de fraude fiscal, de economía sumergida o de pobreza y marginación que declara el gobierno y de las que dice manejar la oposición.

Si bien es cierto que resulta difícil establecer cifras exactas en asuntos como estos, no es menos verdad que las diferencias deberían ser menos exageradas, si quienes las hacen públicas quisieran mantener un mínimo de honestidad y credibilidad.

Algo no funciona bien cuando el ciudadano debe concluir que prácticamente toda la información sensible que recibe de colectivos políticos o sociales con supuesta vocación de servicio público está exageradamente inflada o desinflada y, en definitiva, manipulada con el sesgo que a cada cual parezca convenirle.

Exagerar o minimizar de forma intencionada este tipo de datos no es sino una forma maquiavelismo que utiliza la manipulación informativa para obtener el favor de la opinión pública; una estrategia ciertamente deshonesta que en los sectores más informados e ideológicamente menos integristas de la población consigue, a menudo, el efecto contrario al pretendido. Evitar que esta perniciosa práctica continúe sin recibir el rechazo social que corresponde, debería ser uno más entre los cambios que resulten de la catarsis democrática a la que en los últimos años estamos asistiendo.

*Rafael Saura es escritor. Puedes leer aquí su entrevista en Ferrol360; aquí su web personal.

Un comentario

  1. Siempre da gusto leer a un experto en contaminación ambiental!

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