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Matices y romanticismo en la pizarra de la ciencia

RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Sábado 9 noviembre 2013 | 16:57

La ciencia no pertenece únicamente a gente con gafas gruesas y cara de intelectual atormentado. Bueno, no les pertenece en exclusiva, encaja en perfiles muy diferentes.

De todas las edades y condiciones, pero abundando los jóvenes por encima de los 30, la galería Sargadelos de Ferrol se ha quedado pequeña este sábado para escuchar a Antonio Cantó. Es Yuri para sus muchos seguidores.

El ferrolano César Toimil hizo posible un sueño: no llegaban las sillas para escuchar al valenciano, más que un entendido. Casi un gurú. El fotoperiodista de la delegación de La Voz de Galicia en la urbe naval quería algo diferente a lo convencional. Dos partes diferentes para conseguirlo: una charla abierta a las preguntas de la audiencia y un paseo, café o lo que fuese para hacer todavía más cercano el contacto con el conferenciante.

Toimil tenía mucho que contar. Con la ironía que le caracteriza, habló de la adversidad. Del desafío que la antigua URSS afrontó con el desastre de Chernóbil, que cambió mentes y paisajes en el entorno más inmediato a la central. Presentó a Antonio Cantó diciendo que él era el responsable de muchas noches de insomnio con el iPad pegado a los dedos.

¿De qué se quería hablar? De la capacidad humana para «meter la pata» y, curiosamente, «lamerse las heridas» justo a continuación. Chernóbil es un ejemplo claro. El material que el ferrolano recogió en sus siete viajes al norte de la actual Ucrania ya se exhibió en el Centro Torrente Ballester y en el mismísimo Museo Nacional dedicado a la catástrofe en Kiev.

Pero le dio una vuelta ante la concurrencia en Sargadelos. Mostró algunas de sus imágenes, que desnudan una realidad caracterizada por la falta de medidas de seguridad, los detalles que nos distancian de la cultura soviética o el avance en las obras del sarcófago que cubrirá el reactor accidentado. Probablemente, ya en 2014.

La escena cambiará de componentes y colores, pero seguirán primando los mismos destellos en una ciudad completamente abandonada, Prípiat. Urbe fantasma, pero diseñada para cambiar el modelo urbanístico en los años setenta del pasado siglo. Muchos de sus habitantes, en primera línea de la debacle, fueron evacuados sabiendo que no volverían.

La localidad fue saqueada. Infraestructuras simbólicas como una noria, una escuela o un hospital resistieron con heridas de guerra. Toimil encuentra siempre anécdotas nuevas, sigue fascinando con el testimonio de lo que los ojos y su cámara vieron. Las golosinas que se colocan sobre las tumbas de los niños, las que ellos mismos llevan a las de sus abuelos. Otra manera de vivir y de observar la muerte.

Máscaras en colegios para seguir los protocolos de evacuación que se acabaron demostrando insuficientes. Era la Guerra Fría. «El silencio es brutal», suelta el fotógrafo. Para imágenes, las que vio el casco del bombero que se asomó a la central. Sobrevivió, escondido. Apenas unos segundos para capturar instantáneas, las condiciones no son las adecuadas para un humano.

El golpe es tan impactante que Toimil conserva en su mano la medalla de un liquidador. Uno de los cien militares del Batallón 771 que pisó tierra quemada tras el siniestro. Décadas después, no tienen el dinero suficiente para sus medicamentos.

El Gobierno no reconoce completamente sus minusvalías y sobreviven a duras penas, «con un valor fuera de lo normal». «Soy un liquidador como él», reseña el ferrolano. La medalla llegó a Ferrol por sorpresa, en una caja. Disimula muy bien la emoción, pero ha vivido cosas que casi no se imaginan.

Apenas unas familias volvieron a sus casas, gracias a un gesto de las autoridades hacia este entorno rural. «Gente que te transmite muchísima vida, alegría», enfatiza el fotógrafo. Niega la existencia de un turismo de masas y aplaude que se saque partido de esas visitas, para espantar a simples curiosos.

Aparece Yuri en escena. Antonio Cantó niega que sea un «oscuro agente» al servicio de «intereses capitalistas». Tampoco «comunistas». Provoca reacciones encontradas. La energía nuclear, empieza, no se compara con la elección entre Madrid o Barça.

Hay «muchísimos matices», porque «no es intrínsecamente peligrosa». En su intervención, y sobre todo en el turno de preguntas, Fukushima es una constante. Muy reciente, muy doloroso el episodio.

Un instante de la conferencia (foto: Raúl Salgado)

Un instante de la conferencia (foto: Raúl Salgado)

El maremoto no llegó a los 40 metros: tuvo picos de 40 metros. Que no es lo mismo. Realmente, entre 11 y 13 metros, apunta Cantó. Con un referente claro: en 1896, Japón vivió un tsunami realmente destructivo, de 38,2 metros. Pero era otra época, en todos los sentidos. Preguntó «quién instala una central nuclear de seis reactores» junto al mar. «Ahorrar costes» era la clave.

De izquierda a derecha, Antonio Cantó y César Toimil, este sábado en la galería Sargadelos (foto: Raúl Salgado)

De izquierda a derecha, Antonio Cantó y César Toimil, este sábado en la galería Sargadelos (foto: Raúl Salgado)

«Se podía haber evitado, de la misma forma que el de Chernóbil», sentencia Yuri. Por tanto, en un país comunista y en otro que sostiene el capitalismo, «los mecanismos de fondo» fueron comunes. Eso sí, discutir el modelo establecido y criticar tras los errores es tan complicado que pocos se atreven. «Hace falta mucho valor», añade.

Los asistentes piden que el micrófono funcione correctamente. Tienen ansia por escuchar y tomar nota. Por seguir pensando. La técnica no acompaña y Cantó se pone de pie, se mezcla con hombres y mujeres.

Rozando la psicología, indica que ante las catástrofes «empezamos a perder muy rápido la perspectiva» y tiramos de «orejeras». 26 de abril de 1986: los técnicos de la central rusa estaban «discutiendo a gritos sobre chorradas». A su lado, el mundo se venía abajo.

El motivo es tan simple como que «habían perdido completamente el sentido» de lo que estaba pasando. Paralelismos: en la Segunda Guerra Mundial, un general alemán diseñaba medallas encerrado en un despacho mientras las tropas soviéticas estaban «corriendo por las calles». Aferrado a «lo que en el pasado le funcionó». Error.

La principal desventaja de la opción nuclear, según el orador, es la posibilidad de accidente. Es difícil saber los efectos a largo plazo. En el más cercano, sobresale lo anímico. «Una evacuación es una catástrofe en sí misma», remarca. Habla de su tierra, Valencia. La central de Cofrentes es más limpia que la propia capital levantina, a su juicio.

En verdad, «toda la energía que utilizamos es nuclear». Depende del sol, «un gigantesco reactor de fusión nuclear». No hay productos sin química, «todo es químico». Si somos sinceros, «todos somos nucleares». Asevera que hay algo «romántico en la ciencia», aquello de que somos polvo de estrellas. Cada vez hay más planetas y más lunas, la imaginación al poder. El pálpito, hay algo extraño más allá, «formas de vida extremas en lugares diferentes».

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? A esta última responderá el ponente. Procedemos de «átomos cocinados en estrellas que murieron» para que nosotros estemos ahora aquí. La magia de ser conscientes de que «la vida, en cuanto es posible, aparece».

Deleita Cantó, modulando la voz. Tiene marca propia, resume lo que el espectador busca. Como si fuese la clase del mejor profesor, la más importante del curso en el aula magna de la facultad.

Piensa en el futuro, ya que «una sociedad en expansión necesitará cada vez más energía». El mundo necesita otra orientación, abarcando en parte el aspecto medioambiental. «Nunca hacia atrás», es su consejo. Es al término de estos aspectos cuando se somete al público. Fukushima copa las preguntas. Habla de la precariedad laboral de Tepco, que esta semana empezó a retirar las barras de combustible de la instalación.

Condiciones de trabajo poco dignas para los liquidadores de la costa nipona, inacción gubernamental. Cita a la Yakuza, la mafia japonesa. Tilda de vergonzosa la respuesta de los implicados.

No hay que temer, no habrá nuevos desastres. Ni explosiones nucleares «ni nada que se le parezca». Pero hay que tener cuidado. Los seguidores de Yuri saben lo que preguntan y él acusa a los organismos internacionales, por no haber tomado el control desde el primer minuto.

Opina y se moja. Recuerda que, en Chernóbil, la última URSS puso «todos los medios necesarios». Ya se pagaría el esfuerzo. En Japón se mira cada céntimo en algo que no se puede guiar por la racanería. Se podría «congelar el terreno», es solamente una idea.

También habla de España: los cambios políticos perjudican al avance científico. «Los países sin ciencia no tienen futuro», sentencia. Los que no investigan, ni en medicina ni en lo demás. No habrá avances sociales, a pie de calle, y se dejará el primer mundo.

Muchas frases, reflexiones que van más allá de la ciencia. Es nuestro verdadero día a día. El reloj de Chernóbil está parado. El corazón de los que buscan respuestas a las inquietudes del mundo no para de latir. Sobre una pizarra, todo se ve diferente.

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