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Me gusta Ferrol

RAÚL SALGADO | @raulsalgado | Ferrol | Martes 11 marzo 2014 | 16:44

Me gusta Ferrol, me gustas tú. Hoy en día, dependiendo del lugar al que arrimes la oreja, esta frase en tu boca puede parecer hasta un atrevimiento. Son tiempos de tapar las vergüenzas, de pasear con la cabeza agachada. Cuando los brotes verdes llaman a tu puerta, hay que quitarse la bata y los rulos y fingir que todo vuelve a ir bien.

Pero, claro, es que la realidad es otra bien distinta. Si el barrio en el que nació la ciudad fuese un juego de mesa, parece que cada vez estuviésemos más cerca de la macabra meta.

Un cascote se deja arrojar a la acera y morimos todos. No ha llegado con vallas que cada día ocupan más espacio, con una calle permanentemente cortada al tránsito, con la principal de la barriada cerrada -al igual que la ya acostumbrada Praza Vella- porque Carvalho Calero parece lamentarse y desprender enfado desde el lugar en el que descansa.

Un pequeño corazón cercado, constreñido. Porque no le dejan respirar. Porque aquí nadie tiene la culpa, porque el dinero parece existir para otras cosas y siempre habrá tiempo para culpar a otros que se fueron o van a volver.

Jugando con la tranquilidad a prueba de bomba de una ciudadanía anestesiada, asistimos adormilados a una decadencia que no conoce límites. Esa parálisis nos mantiene aletargados ante unos datos del paro que no conceden tregua, una destrucción progresiva del tejido auxiliar que no impide sonrisas Profidén en bares y tiendas de primera aunque la ciclogénesis no deje secar los quebraderos mentales.

Atravesar la ciudad junto a forasteros te convierte en el guía del dolor. Todo lo acompañas con un “podía estar mejor”, “con lo bonito que es” o el habitual “qué pena”. Pero, amigos, llamemos a las cosas por su nombre. La caída en desgracia alcanza dimensiones no abarcables, como en otras urbes distintos látigos agravan las injusticias.

Nos quejamos de un comercio que no se ha adaptado a las circunstancias, pero no veo que en localidades cercanas y más grandes abran sus puertas aunque sea un festivo cualquiera y los cruceros atraquen en su privilegiada primera línea. Quizás la clave sea otra, ya conocida: somos los más criticones del lugar.

Mientras en zonas no lejanas todo es artificial y falsamente perfecto, aquí nos empeñamos en hacer todavía más insoportable lo que ya pesa como un yunque. La mediocridad es el signo del tiempo que nos toca vivir, pero no solo en Ferrol. Por eso triunfan los programas de nostalgia televisiva, sobre todo si tienen aderezo musical.

Nos gusta echar la mirada atrás porque entre la generación de nuestros padres y la que impulsamos nosotros media el abismo de la ilusión, la necesidad de poner todo a andar y, también es cierto, las vacas algo más gordas.

Gira la rueda de aquellos teléfonos (fijos) de los 70. Nos inundamos con fotos del Banco Central, donde hoy reside Zara Home -entonces no existía ni la propia Zara-; Barros tenía largas colas más allá de Navidad, en vez de tapiar su rostro con unas míseras maderas como ahora.

La playa de Copacabana nos hacía pensar que desconectar unos minutos era posible sin tener que ir a Doniños. Bar de moda incluido. Cuestión de gustos. Aplaudo el cielo despejado de Curuxeiras; el silencio de las calles históricas de Esteiro, los arcos de Fontelonga y la Casa do Patín. Me habría gustado ver aquella plaza de Armas que desafiaba a la gravedad, notablemente más esbelta que la desvencijada del siglo XXI.

También sin comercios, ahora que se lleva devolver los pulmones de la ciudad a su configuración original. Yo no acabo de verla con el obelisco que ahora sustentan los jardines de San Francisco en pleno centro, pero a todo llegaremos.

Como en el Cantón, con su pajarera, su invernadero y su discoteca setentera que hoy es ludoteca y antes fue biblioteca. Sobra decir que no echo de menos el caballo de Franco, pero su caos circulatorio trae mucho a la mente. Sus fuentes, sus jardines. Allí da la vuelta el aire; el sol, cuando quiere molestar, encuentra el horno en Amboage.

Qué complicado resulta aguantar estoicamente el impacto del sudor en tu peinado engominado, en tu camisa con un vintage cocodrilo, en tus pantalones altaneros o falda sugerente. ¿Qué dirá la nueva ordenanza de terrazas sobre las miradas ante el Marqués? ¿Servirá la de estacionamiento para que aparcar sobre la acera deje de ser deporte ferrolano?

Parece que al subir o bajar, no sé qué es peor, por Rómpete el alma no quisiéramos ver el agua de la ría, la que impide al marisqueo exportar su calidad. En el mismo lugar, los gritos de admiración desde el Casino al paso de los tronos nos sumergen en una Semana Santa cada vez más próxima.

La misma en la que, por unos días, seremos otra vez felices. Con pandillas, paquetes de pipas, silencios, risas y algunos recuerdos. En la que los bares volverán a quedarse sin espacio, en la que tropezaremos sin enfado en unas calles atestadas. Lo dijo el otro día Juan Fernández en el pleno: con lo del tráfico en el centro “no podemos hacer nada”.

No tiene solución con una tableta de chocolate que solo entiende de onzas estrechas. En verdad, qué más dará un atasco, incluso la lluvia, si veremos la luz, aunque no haya motivo.

Cuando Ferrol tenía playa a un paso del centro esta se llamaba Copacabana

Cuando Ferrol tenía playa a un paso del centro, esta se llamaba Copacabana

Vendrán ideas sobre cómo afrontar esto, entre cerveza y pincho. Cómo no creer en el futuro si hay niños que quieren rejuvenecer las Pepitas, nunca lo habríamos pensado. Sí, para ellas es la carpa de Amboage. Quizás se acerque el momento para volver al Rena, hoy apenas su pórtico; los Goya, el Avenida. Restos del séptimo arte que ahora se deja llevar por la zanahoria de lo agresivamente comercial, acaso por cierto afán palomitero.

En la película con la que los volvería a abrir saldría una cena a la luz de las velas en la lancha. Bajo los fuegos de Amboage, mirada al cielo. Nunca me ganaré el jornal emulando a Woody Allen con el pulpo a la mugardesa como protagonista.

Sin embargo, no es necesario ser modelador de grandes historias para saber que la cadena que cierra el paso al Parador cada noche puede levantarse para ver tiempos mejores. La Cuesta de Mella carece de motivos para mantenerse hundida; el mirador perfecto.

La Pescadería de Ucha puede y debe seguir acogiendo buen producto e ideas frescas, las bodas en San Julián continuarán mereciendo alfombra de color y despliegue adecuado. Será posible que el Sánchez Aguilera nos vuelva a obsequiar con conciertos legendarios, previa ayuda a los que más lo necesitan y han encontrado allí mismo, en un vetusto cuartel, el rincón en el que esconderse del temporal. Algo que muchos parece que no quieren ver.

Una urbe que retrocede a las clases, que ve cómo su casco histórico envejece al calor de viejas ayudas y la nueva hornada se guarece en barriadas de las que ya habíamos olvidado su condición obrera. Comparar a Ferrol con otras ciudades es tan inútil como hacerlo con tu padre y tu madre o la Real y la Galiano. Aunque en esta última te puedas llevar todo un antiguo centro comercial por un alquiler que no me parece desmesurado.

El Parque adquiere nuevos bríos: pavos reales, pista de baile y hasta el renacimiento de su cafetería. Solo faltan los guateques y las manos arrimadas a lugares a los que no se deben arrimar. Bueno, siempre se ha hecho allí. Todo esto lo sabemos aquí, entre nosotros. Pero difícilmente llega fuera de puertas, donde se tienen que conformar con retazos de ciertas historias y mitologías. Comunicados y versiones oficiosas.

Sigo esperando que el levantamiento del veto sea cierto, que no haya que enseñar imágenes de olas surgidas del lanzamiento de petroleros solamente como muestra de memoria histórica. Que podamos exhibir secuencias con llenos de A Malata en ascensos por venir.

Regresar al baloncesto como si Aller y Aldrey tirasen de la cuerda para que Lavodrama vuelva a casa. El retorno desde la discreción de Pazolo o Manu Miranda, y de Sueiro, para insuflar todavía más ánimo al Racing desde el que hoy ilusionan otros nombres llamados a tanto o más.

Pablo Rey o Jorge Rodríguez; Manu Barreiro, cómo no. Y tantos. Desbordar las gradas con gritos, como un sábado por la noche en la calle del Sol. Los diminutivos femeninos y masculinos de la gente bien, bailes y postureo en la playa de Cabanas y la actual Punta Arnela, antes una maderera con los troncos a la deriva.

Todo vuelve, con ligeros cambios: de las sesiones bailongas a los actuales selfies en photocall en un mismo escenario, la mismísima La Concha. Lo que satisfizo a maduritos colma ahora los deseos de adolescentes, ya ves.

Pese a que las grúas sigan esperando, aunque desembarque alguno y critique la fe que él mismo profesa. Aunque se permita que foráneos mantengan viejos estereotipos, que tantos comentarios no se ciñan a lo real. Pese a que se pierda el tiempo en envidias y críticas baratas. La incoherencia está en nuestro código genético.

De aquí se van los mejores. Una ciudad a veces cainita, capaz de devorar al más preparado y cubrirlo con cualquier mentira. También de encumbrar al que menos se espera/merece con gloria absurda. Como todas, pero sitio distinto. Nos acostumbramos con excesiva facilidad a los silencios y las brumas. Ser ferrolano es un regalo. Me gustas tú, me gusta Ferrol.

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