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«Mi única protección era recordar su cara»

MARTA CORRAL | Ferrol | Jueves 22 enero 2015 | 13:21

En un mundo que parece cuestionarse todavía los frecuentes ataques verbales o físicos a los que se ven sometidas las mujeres que, libremente, caminan por la acera a diario; el tema que hoy nos ocupa debería servirnos a todos de reflexión, de consecuencia directa de la permisividad, de la impunidad, de la falsa tolerancia hacia este tipo de conductas condicionantes que, en los últimos días, ha centrado el debate en torno al -a mi juicio, mal llamado-, piropo.

Sin entrar a valorar la polémica surgida, lo cierto es que hay quien se cree con el derecho de juzgar abiertamente el físico de una mujer cuando se cruza con ella por la calle o abusar físicamente de ella aprovechando las aglomeraciones de, por ejemplo, una discoteca. El silencio cómplice de algunas mujeres, a las que se les ha convencido de que lo mejor es callarse o cambiarse de acera o aceptarlo como algo inevitable, legitima a quien lo hace.

Mientras, ella pasa corriendo frente a ese taller por el que tiene que cruzar todos los días, con los brazos cruzados y la cabeza agachada, ellos silban, ríen, relinchan. Ella se ha planteado cambiar su ruta, incluso lo ha hecho algunas veces, pero no quiere que la condicionen, porque ella es libre.

Conocí a Ana esta semana. Su nombre no es Ana, pero no puede correr el riesgo de dar un paso en falso. Su historia me ha conmovido, me ha indignado. Me ha hecho replantearme que, lejos de creer que en una ciudad tan tranquila como Ferrol no puedan ocurrir estas cosas, las mujeres todavía no estamos a salvo.

Un hombre abusó de ella en el portal de su casa, en el barrio de Ultramar. Un hombre que ella no conocía, al que nunca había visto antes. Un hombre que hoy está condenado por abuso sexual y amenazas, que no se puede acercar a ella a menos de 100 metros, que permanece en libertad vigilada y que tendrá que entrar en un programa específico de educación sexual.

Todavía algo nerviosa, relata cómo se abalanzó sobre ella a plena luz del día, intentando empujarla dentro del ascensor. Por suerte, su reacción -cuyo origen aún desconoce-, le sirvió para deshacerse de su agresor y ponerse a salvo. Después, acudió a la comisaría.

«Me sentí desprotegida»

Cuando das un paso incuestionable como es denunciar un abuso, en el que tú eres la única y verdadera víctima, lo que esperas del sistema es que automáticamente te proteja, te ponga a cubierto, te facilite una guarida donde luchar contra los fantasmas inevitables fruto de una situación traumática. Pero no, Ana se sintió tremendamente vulnerable.

Si bien es cierto que, como ella misma dice, la Policía Nacional se puso en marcha muy rápidamente para identificar a su agresor y en el proceso judicial la Fiscalía actuó de oficio defendiendo sus intereses, las diligencias judiciales -a pesar de haber sido un juicio de los llamados ‘rápidos’-, no fueron lo óptimas que ella esperaba: «Sentí que no me amparaba la ley si yo no me hubiese movido como lo he hecho», lamenta.

Por si fuera poco, ella, la víctima, se sintió juzgada por algunas mujeres -sorprendentemente o no-, cuya primera pregunta al escuchar su historia fue: «¿Cómo ibas vestida?». La suerte es que Ana es una mujer valiente, independiente, con las cosas claras, a quien los comentarios de este tipo no le afectan: «No soy un cacho de carne», sentencia.

Vivir con miedo

Después del abuso y hasta que se hizo pública la sentencia, Ana vivió una auténtica pesadilla. Una psiquiatra tuvo que recetarle ansiolíticos y pastillas para conciliar el sueño: «Estaba en una cafetería mirando para todos lados, en alerta. En mi trabajo estaba constantemente con el nervio de que pudiese entrar por la puerta. Estuve sin salir de casa una buena temporada».

Su única obsesión era no olvidarse de su agresor porque, como ella misma admite: «Mi única protección era recordar su cara». Y la recordó. Lo reconoció a los pocos días y no sólo fue capaz de ir a hablar con él, sino que fichó su vehículo, facilitando así la labor de la Policía: «Eso me tranquilizó, ahora sabía quien era y podía identificarlo».

Ahora, algo más tranquila desde que sabe que este hombre no podrá acercarse a ella desde el 25 de noviembre -una fecha bien simbólica en este caso-, no ha podido evitar cambiar ciertas rutinas de su día a día: «Yo nunca miraba hacia atrás en la calle y ahora lo hago. Y, por ejemplo, cuando se va a abrir el ascensor doy un paso atrás, como un acto reflejo, por si hubiese alguien esperando al otro lado».

Denunciad, valientes

Ana tiene constancia de que su agresor ha abusado, presuntamente, de otras mujeres en el barrio, en plena calle. Una de ellas llegó a denunciarlo, pero finalmente se echó atrás y retiró la denuncia: «Puede que sea porque él tiene una familia influyente», confiesa.

El patrón que repite este individuo siempre es el mismo. Se acerca a las mujeres en plena calle e intenta tocarles los pechos, al tiempo que se dirige a ellas con una serenidad absoluta, para hacerles algún comentario sobre su cuerpo.

«Hay que denunciar porque es lo que nos queda» dice, reconociendo que el esfuerzo de contarnos su historia tiene el doble objetivo de animar a las mujeres a que este tipo de agresiones no queden impunes y ponerlas en alerta pues, como ella misma dice, «este hombre puede estar por otra zona y hay que ser precavidas».

Agradeciéndole a Ana la inmensa generosidad que ha demostrado al narrar su historia y al enfrentarse, ante una desconocida, al recuerdo de un episodio tan complicado de su vida, me despido con un abrazo.

Cuando volvía a casa, caminando, no podía evitar mirar a mi alrededor, analizando a las personas que compartían acerca conmigo. ¿Cómo hubiese reaccionado yo? ¿Hubiese tenido la valentía de Ana no sólo para enfrentarme a ese hombre sino para no cuestionarme mi condición de víctima?

No somos culpables por llevar minifalda. Ni por tener las tetas grandes. Ni por tontear con un hombre y después no querer ir más allá. Ni por ir solas al cine. Ni por estar desnudas en la playa. Ni por sonreír en los pubs.

Nada le da derecho a nadie para estigmatizarnos, violentarnos, para quitarnos libertades, juzgarnos, tocarnos.

Nadie debe coartar nuestra libertad y, si lo hacen, debemos denunciarlo. Porque si no lo hacemos, estaremos autocensurándonos y seremos juez y parte de nuestra propia sumisión.

2 comentarios

  1. Excelente artículo; donde hay periodismo profesional, se nota.
    Comparto el consejo y ese antepenúltimo párrafo: el que simboliza la libertad de la mujer para vestir, actuar y comportarse como quiera

  2. Buen artículo y excelente enfoque.
    Me gustaría conocer el nombre del individuo en cuestión.

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