Home / Opinión / Cosas de Noelia / Mi vecino ya no educa

Mi vecino ya no educa

COSAS DE NOELIA | Miércoles 24 septiembre 2014 | 12:45

El portal de un edificio tiene un poderoso influjo que afecta a todo aquel que se halla en él o a una distancia máxima de un palmo, de tal manera que si llegas a un portal propio o ajeno y hay una persona apoyada al marco de la puerta o a una distancia no superior a la indicada, la saludas, no corriendo la misma suerte aquella situada a una distancia mayor. Esto es así.

El influjo se extiende por las entrañas del edificio: en las escaleras se saluda, como norma de vida. A no ser que el edificio sea público, como el de la Xunta de la Plaza de España, porque no vas a ir repartiendo «buenos días» a todos esos humanos que eligen usar las escaleras para no perder un lustro de sus vidas en el ascensor.

Eso sí, en cualquier ascensor se saluda al entrar, más que nada porque tus ojos se espetan contra los ojos de otro y no queda más remedio, y, en ocasiones, al salir del mismo, con un casi imperceptible «chao», mientras tu hombro se adelanta para escabullirse del encierro incluso antes de que la puerta se abra del todo.

El “influjo del saludo” es la única característica que ha sobrevivido al tiempo. Porque hoy los portales ya no son sagrados. Se ha producido un cambio espectacular: los niños y adolescentes no los respetan y los adultos se han ablandado. Los niños suben y bajan arrollando todo lo que está a su paso, no conocen la norma de la puerta: «Antes de entrar, dejen salir» y si el edificio alberga alguna clase a la que acuden, acampan en las escaleras sin moverse ni un milímetro, por lo que tienes que ir esquivándolos con el equilibrio propio de un miembro del Circo del Sol.

Y no les digo nada. ¿Por qué? Porque pertenezco a la generación de vecinos que ya no educan a los niños de la comunidad vecinal.

«¡En el portal no se juega!» nos gritaba nuestro vecino con un trueno hecho voz y escapábamos a la calle como ardillas asustadas. De hecho, si estábamos sentados en el escalón exterior de la puerta del portal y esta se movía levemente por la corriente de aire generada por el vecino que acababa de salir de su casa, nos levantábamos antes de sufrir el incómodo momento de la regañina por parte de un adulto que no era de tu familia de sangre.

Y digo de sangre con toda la intención. Éramos una gran familia. Porque el mismo adulto que te reñía por estar jugando en el portal, en-el-portal-no-se-juega-que-la-calle-es-muy-grande-venga-para-fuera, era el mismo que te defendía de los niños abusones del edificio de enfrente. El mismo vecino al que podías ir a pedir una bolsa de leche cuando te quedabas sin ella y la tienda ya estaba cerrada. Sí, una bolsa de leche. Esa que sujetabas por las esquinas en horizontal, la sacudías, le cortabas el pico con unas tijeras y colocabas en una jarra de plástico azul. Esa bolsa que ahora sólo ves en algunos bares.

La vida en una comunidad de vecinos era maravillosa, con todos los elementos propios de una gran familia. Una energía que fluía por los elementos comunes uniendo las diferentes viviendas. Actualmente cada piso es un compartimento estanco, como nichos que simbolizan la muerte de la simbiosis vecinal.

El ascensor ha contribuido mucho a la desunión vecinal, como por todos es sabido. Tuve la suerte de pasar la niñez en un edificio sin ascensor. Quizá no pensasen lo mismo los del sexto, claro, pero yo vivía en un primero. Y era feliz. Y tenía terraza. En mi familia siempre hemos tenido terraza. De hecho, para mí busqué un piso con terraza. Una terraza pintada de verde, con geranios, cactus, aloeveras, mesa, sillas, dos pelotas de tenis, la ropa de los vecinos…

Antes (ese término para evocar tiempos pasados que nuestra mente concibe como mejores) cuando al vecino le caía una prenda de ropa, bajaba inmediatamente a pedirla o mandaba a sus hijos. «Dice mi madre si me puedes dar el calcetín…». Porque “dice mi madre” era una introducción muy socorrida por los niños de la época para dejar claro que no era cosa propia. «Dice mi madre si me vendes tres huevos…» que el crío lo decía con vergüenza, porque ¡qué mínimo comprar seis! El tendero debía saber de quién provenía la idea.

Junto con la salvaguarda del portal, la otra gran preocupación de la época era la luz. Si los niños encendíamos la de las escaleras siendo aún de día, los mayores nos echaban la bronca y nuestros padres la ratificaban. Como era menester. Adultos dándose la razón, chocando sus manos en alto, unidos por un objetivo común: la educación de los niños.

Y los niños imitando esa preocupación de nuestros mayores y concibiendo la electricidad como bien de lujo, también avisábamos a los vecinos que se habían dejado la luz de su puerta encendida. Nos avisaban y los avisábamos, todos contentos y satisfechos.

Ahora (ese término para referirnos a la ácrata y despreocupada actualidad) no me avisan. Ya puede quedarme la luz de las escaleras tres días encendida que los vecinos no me avisan. Como si arde. Como si para pagar la factura tengo que pedir un crédito llevando un oveja que me bale.

Yo tampoco lo hago ya. Después de la cara de susto que me puso uno de ellos cuando lo hice, no me quedaron ganas. Supongo que ya estaba preparado para decirme que no quería cambiarse de compañía de gas ni suscribirse al Círculo de Lectores y se encuentra con su vecina diciéndole que tiene la luz de su puerta encendida… Seguramente se sintió como un pastorcillo ante una aparición. Espero no ser “La Rara” de la comunidad, aunque no lo descarto.

Los vecinos de hoy ni te avisan de la luz ni vienen a pedirte las prendas que caen en tu terraza. ¡No vienen! Al principio no sabía qué hacer con ellas. Decidí dejarlas encima de los buzones. De allí desaparecen y nunca nadie dice nada: ni gracias, ni disculpa.

Me imagino a mis vecinos cogiendo la ropa de encima de los buzones como ese que dice «mi tesorooo» y correr agazapados escaleras arriba.

Una vez, de manera única y excepcional, vino el crío que he bautizado como “el niño de antes”, porque saluda en el portal y hasta aguanta la puerta. No sé en qué piso vive. Ahora esas cosas no se saben. «Dice mi madre si me puedes dar el teni, que cayó» me pidió, mirándome con sus ojitos negros y redondos llenos de timidez. Casi lloro. Le dije «¡claro!», le invité a pasar y casi le hago un chocolate con churros, pero me acordé que estamos en 2014 y puedo ir a la cárcel, él también debió percatarse porque en cuanto tuvo el “teni” en la mano se marchó corriendo como un gato.

Pero me quedé contenta. Hay esperanza. Los niños pueden ser cívicos. A pesar de los adultos.

Fotograma película La Comunidad de Alex de la Iglesia

Fotograma película La Comunidad de Alex de la Iglesia

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*

En Ferrol360 utilizamos cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando, estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies. Puedes pinchar el enlace para tener más información. ACEPTAR
Aviso de cookies