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Mira, ¿y quién vivirá ahí? El día que pisamos las casas de Ucha sin sentirnos extraños

El edificio de Acevedo visto desde 'El Correo Gallego'

MARTA CORRAL | Ferrol | Domingo 13 junio 2021 | 14:25

Y cuando una creía que no podía estar más enamorada de la ciudad en la que vive, va el fotoperiodista José Pardo y la invita junto a un grupo de privilegiados a traspasar la puerta de cuatro de las joyas con las que el arquitecto Rodolfo Ucha salpicó Ferrol. Ha sido este sábado y me temo que seré sumamente cursi al reconocer que todavía no me he repuesto de la visita, pero qué le vamos a hacer.

Ha sido como conocer la trastienda de un lugar que se creía explorado hasta el tuétano. Pero resulta que no, que traspasando algunas puertas conocidas el mundo parece otro e incluso una se presta a vivir otras vidas, en otras épocas, junto a personas que no conocía. El privilegio se lo debemos a la edición del libro de Pardo, A Buxaina de Ucha, una excusa para programar estas jornadas técnicas en las que unos pocos periodistas nos hemos podido infiltrar entre los arquitectos sin esforzarnos por pasar desapercibidos.

El recorrido comenzó en la Casa Chalet de Antón, una de las más retratadas porque todo el mundo se ha imaginado a sí mismo, al menos una vez, leyendo en esa torre con la luz tenue del anochecer. Teniendo que encender una lamparita para acabar el capítulo antes de bajar a prender la chimenea recubierta de azulejos. Y el sonido de los pavos de fondo. Y las vistas a la boca de la ría despidiéndose del sol. Desde hace años allí viven las Discípulas y el edificio se usa en parte para el alumnado, en parte para sus estancias privadas.

En este punto pesco con destreza a dos arquitectos que no solo me explican lo mucho que no sé, sino que me invitan a una infusión y me sacan fotos como creyéndome que vivo en esos lugares, que yo es al juego al que he venido a jugar aquí. Nos vamos al edificio de El Correo Gallego y aquí sí que nunca había entrado. Y recorro aquello que ahora es un almacén pensando en lo muchísimo que tendría que vibrar el suelo con las rotativas funcionando, con el trajín de redactores y linotipistas subiendo y bajando las escaleras de caracol.

Recuerdo aquellas cartas al director que les enviaba el propio Ucha, queriéndose desvincular el pobre de la responsabilidad de ejercer de jefe de bomberos que conllevaba su puesto de arquitecto municipal. Y me imagino el aire cargado de humo y las botellas de güisqui en el segundo cajón del escritorio de los periodistas de un periódico que nació en Ferrol y del que en Ferrol ya no queda nada porque se esfumó el día que Patricia Hermida dijo adiós.

Y subo hasta donde no se podía para descubrir los pisos falsos del edificio, los que no se ven desde fuera, y me tropiezo con una máquina de escribir Olympia que obviamente no se corresponde con el tiempo del diario ferrolano —se fue a Santiago en 1938—, pero qué más darán las fechas aquí cuando yo ya me veo aporreándola para escribir la crónica del día en el que José Pardo editó un libro sobre Ucha y nos llevó de la mano por el Ferrol oculto y majestuoso.

La siguiente parada es el edificio de la antigua Caja de Ahorros de Ferrol, en Real 152, y allí nos recibe el actual arquitecto municipal, Felipe Cotovad, que agradece que le haya llamado ferrolanísimo en la entrevista que le hice a Pardo, pero es que se me ocurren pocas personas que se merezcan ese calificativo además de él. Pieza fundamental del trabajo exhaustivo que ha realizado el fotoperiodista ferrolano, nos dice que subamos rápido, que justamente está entrando la luz por uno de los lucernarios.

Quizás nos precipitamos en la rapidez con la FP2 puesta y eso el bueno de Cotovad no nos lo había avisado, pero allí estábamos recobrando el aliento delante de una de las claraboyas de Ucha menos conocidas. Asomándonos por el hueco de la escalera que subieron y bajaron aquellos contables, con visera y manguitos, llevándole el balance correspondiente al señor director que, quizás, les mandase esperar hasta que acabase, puro en boca, su reunión con uno de los dueños de la ferretería Romero Hermanos.

Me fijo al bajar en las puertas de las viviendas y una de ellas tiene un ramillete junto a la mirilla y recuerdo que San Juan está próximo y que el destino inevitable de ese manojo va a ser la hoguera. Y pienso qué deseo puede pedir una persona que ya es tan afortunada como para vivir ahí, a pesar de las maldiciones que seguramente habrá recitado cada vez que tenga que subir cargada con la compra.

Y pisamos la baldosa hidráulica del portal para salir de nuevo a la calle y poner rumbo a la plaza de Galicia donde se levanta una de las obras más majestuosas de Ucha. Pardo ha logrado que una de sus inquilinas, Silvia, nos abra las puertas de su casa para que sintamos la punzada de la envidia en el estómago. Y aquellos salones nos abren el apetito de estar sentadas recepcionando a las visitas e invitando a café y pastas en esos ratos que se prolongaban hasta que el cañonazo de la Puerta del Dique anunciaba el ocaso.

Y hay un sillón en la galería redonda que nos llama a siesta, a libro, a cotillear la cola que hay a las puertas del edificio de Correos. Y dicen que se vende un piso en el edificio y una recuerda que es periodista y quiere llorar, pero al menos le queda el consuelo de imaginarse pisando descalza el suelo original de taracea que Ucha pensó y algún maestro carpintero materializó en 1910. Y los sueños, que yo sepa, todavía no nos los ha arrebatado la precariedad.

Nadie quiere irse de allí, pero nos invitan a irnos, al principio con sutileza y después sin paños calientes. Vamos al Casino Ferrolano para asistir a la charla que pondrá el broche de oro a las jornadas justo antes de la visita a la exposición, que estará en el Torrente Ballester hasta el mes de agosto. Paramos antes en la pecera y de repente somos señoras a oscuras pasando revista a los transeúntes de la calle Real bajo los frescos de la Capilla Sixtina gallega que pintó Bello Piñeiro.

Y conozco a la hija de Ucha, a Lucila, y también a su nieto Rodolfo y a su nieta Clara. Y esta me cuenta que la habitación de su abuelo era la puerta a un mundo mágico que contaré en otro lugar porque no puede esta historia reducirse a los párrafos finales de una crónica, sino saborearse desde la entradilla. Y nos sentamos en las mesas de bridge bajo las lámparas monumentales y la periodista e historiadora Ana Martín dirige con maestría una animada conversación que, por momentos, traspasa el umbral de la emoción de la mano de la bisnieta del genio, la también arquitecta María Laborda.

Y aquello se había convertido de pronto en una tertulia como aquellas que poblaban los edificios públicos de Ucha en los primeros coletazos del siglo pasado. Y fluía la cultura y resonaban las risas. Y, por un momento, todos formamos parte de la familia del gran arquitecto dejándonos llevar por sus recuerdos, como si estuviésemos en una sobremesa de patrón en Seselle, pero sin chupitos. Y, de lejos, sonó la melodía que Manolo Pardo le regaló a su hijo para que su libro fuese todavía más ferrolano, y también el tintineo de la Guardia Blanca del rey de Siam cayendo, pieza a pieza, a los pies de la cama en la que un hombre soñó Ferrol.

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