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Motivación en el deporte de competición y en la vida

JOSÉ BARCIA TUCCELLI | Motivación para el cambio| Viernes 16 octubre 2015 | 9:19

Cualquier persona que haya estado o que esté relacionada con el deporte de competición sabe que elevar o mantener la motivación de los deportistas es esencial para obtener buenos rendimientos dentro de la propia competición. Estamos muy acostumbrados a escuchar o a leer noticias relacionadas con esto, incluso expresiones coloquiales que ya se nos han hecho familiares como por ejemplo: “este equipo aún tiene hambre de títulos”.

En el deporte de competición convivimos con la motivación, pero también lo hacemos en nuestra vida diaria, cuando decidimos hacer ejercicio o practicar algún deporte por salud o como distracción, o incluso cuando nos disponemos a comenzar nuestra jornada laboral sea cual sea nuestra ocupación. Nuestros jefes tienen la misma labor que un entrenador, mantener nuestra motivación para que los resultados estén dentro de lo deseado.

Pues bien, vamos a intentar tratar algunas cuestiones que resulten de utilidad tanto a nivel del deporte de competición como para nuestros objetivos personales en aquellos casos en los que hagamos ejercicio físico para mejorar o para mantener nuestra salud. Cuando hablamos de motivación tendremos que tener en cuenta que estamos delante de procesos impulsores, que se refiere a esa sensación de querer hacer algo, de sentirnos con fuerza para emprender nuestro camino, de querer comenzar ya…; pero por otro lado, tenemos también otro tipo de procesos que normalmente obviamos, que son los orientadores.

La motivación necesita ser bien dirigida, si no nos conducirá al fracaso; y aquí es donde solemos encontrar la mayor cantidad de errores. De nada nos sirve un impulso sin dirección, porque lo único que va a conseguir es que nos estrellemos, y que tras el golpe, abandonemos nuestro objetivo. Es habitual escuchar a entrenadores que en sus charlas motivacionales dirigen la atención de los deportistas precisamente hacia aquello que desean evitar, y después se frustran cuando obtienen lo contrario de lo que querían.

Pensemos por ejemplo en un entrenador de fútbol que en el descanso del partido le dice al jugador encargado de distribuir el balón en el mediocampo: “¡y ahora no vayas a empezar a fallar pases fáciles como hiciste en el último partido!”. O un entrenador de baloncesto que en el inicio del partido dice en su arenga en el vestuario: “todos los equipos saben que salimos muy mal al inicio…¡no vayamos también a hacerlo hoy!”. O cualquiera de ellos que les dicen al grupo: “¡no nos vamos a dejar amedrentar por el ambiente!, ¡no tengáis miedo!”. Cualquiera que haya estado en un vestuario de cualquier equipo podrá reconocer estas frases u otras similares sin dificultad porque se repiten constantemente, semana tras semana.

Lo mismo podríamos decir en deportes individuales si contextualizamos las arengas dentro de las características y condiciones del deporte en cuestión. El error está en que estos entrenadores están centrando la atención de los deportistas en aquello que intentan evitar y no tienen en cuenta que no es posible “no pensar” en aquello que nos preocupa. Si le decimos a nuestro jugador que no piense en los fallos que cometió en el último partido, tan pronto tenga un error va a relacionar al instante ese primer fallo con lo sucedido en el pasado, y simplemente porque le hemos dicho que no lo hiciera.

Lo que tendremos que hacer, lo que tendría que tratar de hacer cualquier entrenador, es centrar la atención de su deportista únicamente en lo que desea que se haga; más allá de la carga emocional que desee imprimir a sus discursos, más allá de querer activar a sus deportistas, nunca debe de perder la dirección de sus palabras porque lo podrán llevar al éxito o al fracaso. Como decimos, esto también nos sirve cuando nos disponemos a hacer ejercicio o a practicar algún deporte en entornos menos exigentes a nivel de rendimiento, o incluso fuera de cualquier tipo de competición.

En muchas ocasiones nos encontramos con ganas y con la convicción de comenzar a introducir cambios en nuestros hábitos, arrancamos con mucha fuerza, y como hemos dicho antes, aprovechamos esa misma fuerza para estamparnos contra un fracaso; y es porque no hemos conseguido dirigir de manera acertada nuestro empuje. En este caso tendremos que tener claro lo que queremos conseguir, que no es lo mismo que aquello que queremos evitar. Y una vez tengamos esto claro, buscaremos dentro de nuestro entorno las posibilidades que se ajusten a lo que estamos necesitando para lograr nuestros objetivos, que además nos resulten atractivas, que nos proporcionen algo que nos guste y que se acomoden a nuestra situación y condiciones actuales.

Es muy importante hacer una buena elección cuando nos disponemos a comenzar con un programa de ejercicio físico, ya que de lo contrario, y como hemos dicho, estaremos desaprovechando el impulso que nos proporciona nuestra motivación y nos veremos abocados al abandono de la actividad, y lo que es peor, en muchos casos a reforzar convicciones negativas sobre nuestras capacidades. Propongámonos un objetivo y salgamos con decisión a por él, porque sin duda podemos hacerlo; pero escojamos aquello que nos ayude a lograrlo.

José Barcia Tuccelli es licenciado en Educación Física y en Psicología y tiene una amplia experiencia en el campo del ejercicio físico, la salud y el deporte de rendimiento.

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