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No disparen al vecino

James Stewart en el papel de LB 'Jeff' Jefferies del clásico de Hitchcock

MARTA CORRAL | O falar non ten cancelas | Miércoles 25 marzo 2020 | 15:20

Escribo estas líneas desde casa y espero que me lean también desde allí. Y que estén bien. No me refiero únicamente a que los suyos y ustedes mismos estén bien de salud —que con la que está cayendo no es poco—, sino que estén pasando estos días en condiciones dignas. Y lo digo porque otra de las cosas que nos está enseñando la pandemia es que estar bien también es una cuestión de clase.

No es lo mismo pasar el confinamiento en un chalé con piscina que en un piso interior de 30 metros cuadrados. No es lo mismo afrontar la cuarentena con un sueldo y la garantía de seguir teniendo empleo cuando todo esto termine que hacerlo firmando un ERTE o cesando como autónomo. No es lo mismo no poder poner la calefacción que poder encender las luces como si se fuera de Fenosa. No es lo mismo teletrabajar desde el sofá que jugártela limpiando escaleras o trabajando en un almacén de alimentación.

Conviene tener esto muy presente cuando el día nos toque pesimista y darse cuenta de que, por desgracia, quizás nuestro vecino esté pasándolo mucho peor que nosotros aunque tenga perro, uno de los bienes más preciados por los ignorantes. Creo que además de ejercitarnos a base de sentadillas que se multiplican en las stories de Instagram es necesario ponerle el mismo énfasis a trabajar nuestra empatía.

Ahora que hemos abierto las ventanas a la comunidad es un momento inmejorable para ello. Seguramente como la mayoría de ustedes también yo salgo a la ventana a las ocho de la tarde. A estas alturas me siento un poco como el bueno de LB Jeff Jefferies convaleciente en su apartamento de Greenwich Village donde transcurre el clásico de Alfred Hitchcock.

Ya tengo hecha mi particular fotografía del vecindario: la señora mayor que vive sola y sale en bata para anunciar que «faltan cinco minutos», los niños que han puesto arco iris en las ventanas, el matrimonio mayor que siempre da las gracias por nuestra preocupación, el vecino que hace de pincha empezando por el himno de España y también el fotógrafo del edificio granate que a veces nos caza con su cámara.

Somos todos diferentes, pero esta mierda nos ha hecho salir a aplaudir al unísono a todos los que se están jugando el pellejo por nosotros con la misma disciplina social que insuflaban los cañonazos del Almirante Boom, el vecino de los Banks en Mary Poppins. También salimos a sonreírnos, a saludarnos, a ver otras caras, a tranquilizarnos después de otro día con muchos fallecimientos encima.

Todos, en mayor o menor medida, lo estamos pasando fatal. En mi caso, después de llevar 17 días trabajando sin librar, solo espero que llegue el viernes por la tarde para desconectar de las redes. Ojo, no les cuento el tema laboral para que me echen flores, mi mérito se limita a escribir desde mi piso como hacía antes. Se lo cuento porque si no tuviese que estar conectada me informaría una vez al día y abandonaría el resto en pro de la lectura, la música, el cine y las lavadoras. Es curioso cómo me tranquiliza ahora hacer la colada.

No sé si les ha pasado a ustedes, pero desde el comienzo de la cuarentena he pasado por varias fases: una primera explosión de memes cuando todavía no éramos capaces de medir la tragedia que se nos venía encima; el aluvión de críticas políticas que ahora mismo, creo, carecen de sentido; la consciencia del miedo por nuestros seres queridos vulnerables y el señalamiento de los transeúntes.

He vivido algunas más después (porque esto es una auténtica montaña rusa emocional que solo la primavera nos ha venido a hacer más fácil), pero quiero pararme en esta última. Reconozco que yo también he señalado, que me he mostrado como una señora del visillo virtual para atacar a esos irresponsables que se estaban saltando el confinamiento según mi propia visión carente de toda prueba. Lo lamento muchísimo.

Afortunadamente no duró más de 48 horas, como a la mayoría de mis contactos, pero no a todos. A diario leo con una mezcla de pereza y decepción las múltiples denuncias en las redes sociales de la gente que se ha quedado en esa fase, sin avanzar. Veo horrorizada a gente chivándose en SocialDrive de que «hay un grupo de jóvenes» en tal calle o que «una vecina ha bajado al perro más de 20 minutos».

En Facebook la cosa empeora. Hay un grupo en el que no sabría decirles cómo aparecí en su día que es grotesco. El nombre es algo así como Galicia se queda en casa y el contenido es, en su mayoría, atroz. El nivel de delirio de los usuarios que escriben a cada minuto es preocupante. Una retroalimentación de odio que termina, lamentablemente, en las múltiples situaciones de acoso que estamos viendo y son reales, no únicamente virtuales.

Personas con TEA que tienen permitido pasear están siendo increpadas desde las ventanas, padres y madres denuncian que les han llegado a tirar objetos por ir con sus hijos por la calle cuando no tienen con quién dejarlos para ir a la compra. Somos unos miserables. De hecho, aunque sospechemos que alguien está infringiendo las normas, lo aconsejable es llamar a la Policía y no hacer el ridículo como, por ejemplo, el hombre de Ferrolterra que lanza pitillos por la ventana para impartir justicia.

Este nacho grabó un vídeo desde su ventana, en el que se oye a una niña o niño pequeño con él, y lo colgó en el Facebook. En su calle había una ambulancia parada y otro nacho hablando con el copiloto apoyado en la puerta del vehículo. Sí, fatal todo, no hay duda. Pero claro, el tipo que graba empieza a increparles, se genera una bronca y acaba arrojando su pitillo y, de paso, dándole un ejemplo bárbaro a su hija o hijo.

Si esto pasaba después de una semana confinados, ¿qué acabaremos haciendo en los próximos días que se avecinan durísimos? Hagamos un ejercicio de cordura, dejemos un poco las redes sociales de lado y busquemos entretenimiento en otras cosas, por favor (lean, por ejemplo, las magistrales columnas de cuarentena de Patricia Hermida). No sabemos qué motivo tiene el vecino para bajar a la calle. No sabemos si va a hacer algo permitido o no. No sabemos lo que pasa en su casa. Solo sabemos que todos estamos jodidos porque nos estamos jugando la salud, la economía y la libertad. Y esto solo se gana con amor.

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