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«Nos sentimos ferrolanos de segunda»: las quejas de los vecinos de A Cabana por el «abandono» del Concello

La reja que guarda el perímetro de la pista está muy deteriorada (foto: Ferrol360)

MARTA CORRAL | Ferrol | Domingo 21 noviembre 2021 | 20:22

Hubo un tiempo en que A Cabana, como solía decirse en Ferrol cuando algo superaba las expectativas, era Hollywood. El barrio rural se asoma al mar como pocos rincones en la ciudad, con playas de aguas tranquilas al abrigo de la ensenada, un dique de mareas único —que de no estar cerrado a cal y canto sería uno de los lugares más visitados de nuestro patrimonio—, arboledas y una capilla de comienzos del XVII que no se entiende sin su tradicional romería de San Antón. En su atalaya se posan algunas casas majestuosas que sirvieron de hogar a los estadounidenses adinerados que venían a pasar un tiempo a la base de A Graña en los 60.

Sin embargo, esta zona antaño codiciada y privilegiada se ha convertido en un lugar que ni los propios vecinos reconocen por la falta de mantenimiento que llevan soportando durante años. Acudimos a su llamada para darnos un paseo por la zona y tomar un café con ellos en uno de sus famosos mesones. Nos basta este ejercicio para corroborar su relato: «Aquí pagamos de IBI entre 250 y 370 euros, por ponerte dos ejemplos, para que veas que es lo mismo que en el Ferrol urbano, pero aquí somos ferrolanos de segunda», critican.

Parte de las fortalezas de A Cabana son también sus debilidades puesto que en el barrio confluyen zonas de distinta titularidad: de la Autoridad Portuaria, del Concello de Ferrol y de la Diputación de A Coruña. Esto provoca que, en muchas ocasiones, se pasen la pelota unos a otros y eso se traduzca en un inmovilismo insoportable. Con la deuda histórica de las aceras más cerca de cumplirse —las obras avanzan ahora por la rotonda de la avenida 19 de febrero con la carretera de A Malata—, son muchas otras las demandas que ponen encima de la mesa.

El parque central de A Cabana, llamado a ser una zona de ocio para toda la familia, acusa el paso del tiempo y el nulo mantenimiento. A un parque infantil con columpios parcheados y deteriorados se suma una pista multideporte con un perímetro de reja que es un auténtico peligro, lleno de abolladuras y con alambres sueltos. Las porterías han perdido los puntos de ensamblaje y los hierros se han caído o están a punto de hacerlo. La iluminación es prácticamente inexistente y los árboles se comen el espacio pidiendo una poda a gritos.

«Hemos reclamado las podas varias veces por registro, porque se han caído ramas en varias ocasiones; de hecho, han llegado a cortar el tráfico. Pero es generalizado, no solo en los árboles del parque, sino que en resto también: se comen las terrazas de los bares y la propia carretera, a la que se están precipitando sin que nadie haga nada hasta que haya un accidente», lamentan, confirmando además que las hojas tampoco se recogen en otoño «ni por casualidad».

En mitad de la conversación con los vecinos aparece la única barrendera que pasa por A Cabana, una mujer cuya ruta abarca desde Arquitecto Marcide hasta allí. Pregunto si le he entendido mal cuando me lo dice, pero le había escuchado bien. Hace lo que puede. Va por fases procurando recoger todo lo posible a lo largo de la semana, pero a todas luces el trabajo es ingente y el recorrido digno del Libro Guinness de los Récords.

Se suma otra vecina que vive un poco más arriba y confirma que ella, que pasa de largo los 70 aunque tiene una vitalidad que ya nos gustaría a muchas, es la que limpia las cunetas de alrededor de su vivienda para evitar inundaciones, algo al parecer muy común allí: «Este es otro problema, porque los caños se atascan y, cuando llueve, el agua corre sin control por las pistas y acaba rompiendo el asfalto, así que también tenemos bastante socavones y baches», confirman los demás.

A todo lo anterior hay que añadir la falta de iluminación, con farolas apagadas o directamente destrozadas; las señales verticales y horizontales rotas, descoloridas o inexistentes, y papeleras desbaratadas que llevan años sin ser sustituidas. «Es un abandono total y es una pena. Primero por nosotros, los vecinos, pero también por toda la gente que viene con sus hijos o a tomarse algo. Esta zona es privilegiada, vivimos felices aquí, pero pedimos un mínimo de consideración para que, al menos, nuestros hijos no corran peligro cuando jueguen».

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