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Nuestra espectacular costa norte y su inminente apertura al gran turismo

RAFAEL SAURA | Non serviam | Viernes 3 julio 2015 | 10:59

El alpinista, explorador, aventurero y comunicador Jesús Calleja, a través del capítulo de su próximo programa titulado Volando Voy, rodado recientemente en la espectacular comarca de Ortegal para la cadena televisiva Cuatro, va a hacer una enorme contribución al conocimiento y valoración pública de la joya paisajística, geológica, biológica y cultural de la que disfrutamos los habitantes de esta costa situada en el extremo noroeste de Galicia.

Una contribución, la del programa televisivo, que sin duda incrementará notablemente el turismo en la zona, con todo lo que ello implica de positivo para la conservación de este magnífico espacio natural y para la economía de sus habitantes. El poder de la televisión, como sabemos, es enorme en cuanto a animar a las personas a conocer lugares que hasta la emisión de los programas pasaban desapercibidos y eran infravalorados incluso por los habitantes autóctonos.

La iniciativa que, de forma independiente a lo anterior, ha puesto en marcha la asociación Amigos do Parque Xeolóxico do Cabo Ortegal para conseguir la declaración de la zona de A Capelada como “geoparque” contribuirá también de forma decisiva a la promoción turística de una parte especialmente singular de este territorio.

Si tenemos en cuenta que habitamos en un espacio industrialmente deprimido, cualquier impulso a la dinamización económica, sea a través del fomento del turismo o por cualquiera otra vía capaz de poner en valor los recursos locales debe ser valorado de forma muy positiva.

Dicho esto, conviene ahora estar prevenidos ante los posibles riesgos que esta apertura al turismo de masas puede conllevar para la conservación de este patrimonio natural que ha llegado a nuestros días en un estado prácticamente prístino y que tenemos la obligación de legar a quienes vengan después de nosotros, en unas condiciones que no sean peores que aquellas en que nos lo hemos encontrado.

Y el riesgo principal que corremos de degradarlo radica básicamente en las intervenciones que los políticos se vean tentados a acometer y en aquellas otras agresiones que se permita emprender a la iniciativa privada en las áreas que se consideren sensibles.

Introducir la excavadora, el asfalto, el ladrillo, e incluso el granito de canteras foráneas en espacios naturales tan singulares como el que nos ocupa, hace ya mucho tiempo que no tiene nada que ver con el progreso sino más bien con la destrucción del entorno a causa de la ignorancia y la falta de sensibilidad ambiental y paisajística de algunos gobernantes.

La apertura de nuevas pistas absolutamente inútiles e injustificadas –de la que ya hemos sido testigos con anterioridad en otros sitios- no sólo destroza el paisaje original de forma irreversible sino que contribuye a la inmediata desaparición de la fauna autóctona y a la introducción de plantas invasoras. La huida de los pájaros a causa del ruido provocado por automóviles y motos, y la aparición de la hierba de la Pampa (los famosos “plumeros”) debido a los desmontes, son simples ejemplos que resultan evidentes incluso para el ojo más inexperto.

Las pistas de asfalto que permiten a los visitantes de tacón de aguja, corbata y zapatos de punta llegar directamente en coche a los puntos singulares, no sólo privan del paseo necesario para apreciar el entorno en todas sus dimensiones, sino que atraen a todo tipo de vándalos, a menudo más interesados en organizar botellones que en disfrutar, con la respetuosa admiración y serenidad que se merecen, de esas zonas especialmente gloriosas.

Urbanizar el monte o los acantilados de la costa levantando centros de interpretación in situ, instalando alumbrado público y abriendo accesos de hormigón, asfalto, piedra e incluso madera sólo contribuye a banalizarlos, convirtiendo un paisaje natural con personalidad propia en un simple paseo marítimo, cuando no en un parque temático sin interés cultural alguno. Allí donde podíamos asomarnos a una estampa real que nos ilustraba acerca de cómo era el mundo antes de la aparición del ser humano, vemos ahora explanadas abiertas con explosivos y excavadoras, y pavimentadas con un granito absolutamente ajeno al entorno.

La punta costera donde está emplazado el faro de Ortegal, frente a los famosos islotes conocidos como Os Aguillóns, es ya un ejemplo de esto. Bajo ese granito foráneo y puesto para la foto, cortado a máquina y por lo tanto más propio de un entorno urbano que de un espacio agreste, yace sepultado el suelo original de eclogita, esa roca verde tachonada de cristales de granate que se originó bajo la corteza terrestre a profundidades y presiones inimaginables, que se considera una rareza geológica difícil de encontrar en superficie y de la que ahora hablan todas las guías que tratan de promocionar A Capelada.

La ignorancia unida a la falta de sensibilidad y cultura ambiental es especialmente destructiva cuando quien la padece debería ser el encargado de combatirla. Dado que no es suficiente con la buena intención ni con recurrir sólo a la asesoría de un arquitecto para gestionar debidamente un patrimonio como éste, lo mejor es abstenerse de emprender intervenciones que puedan resultar irreversibles sin establecer un debate previo entre expertos que conozcan a fondo cómo se actúa respecto a estos temas en otros parques y reservas naturales gestionadas de forma seria y responsable en el resto de España y del Mundo.

Ante la duda, lo mejor es no tocar el patrimonio y legarlo a las generaciones futuras tal como nos lo hemos encontrado. Aunque en mi opinión están de más, acepto que la colocación de pequeños paneles informativos o de algunos sencillos bancos en los acantilados, como se ha hecho en la ruta de Loiba, sea aceptable, precisamente porque en cualquier momento pueden ser retirados sin que dejen cicatrices de su presencia.

Por otra parte, las casas de turismo rural, los restaurantes, los hoteles, los aparcamientos y las tiendas de suvenires –que son en último término lo que dejará el dinero- no son en absoluto incompatibles con los senderos de tierra ni con los miradores naturales si guardan con respecto a ellos la distancia conveniente.

Tal vez pocos hayan reparado en que la instalación de cualquier forma de alumbrado público próximo a la costa hubiese impedido, por ejemplo, la realización de esa foto del famoso banco de Loiba que el proyecto TWAN (The world at night) ha seleccionado entre aquellas que muestran los mejores cielos nocturnos del mundo; una foto que por sí misma está contribuyendo ya a la atracción de visitantes.

Aparque usted junto al centro de interpretación, donde se le dará un folleto explicativo, y camine después aproximadamente media hora hasta llegar al primero de los puntos que ha venido a ver. Si le dedica 3, 4 o más horas podrá visitarlo casi todo y le sacará un mayor rendimiento a la visita. Por favor, respete el entorno y no deje basura si no quiere ser multado. Nos veremos a la hora de comer en el restaurante o más tarde en el hotel o en la casa rural si ha decidido llevarse para la excursión un bocadillo. Entonces podrá relajarse tranquilamente delante de una buena cena y no habrá pasado de largo habiéndose hecho sólo la consabida y apresurada foto con la que se conforma la mayoría.

Algunos desconocedores de lo que supone la conservación del patrimonio natural y aun del histórico, suelen oponer a esta clase de exigencias de un mínimo esfuerzo para el visitante el conocido argumento de “Todos tenemos derecho”, queriendo decir con esto que todos tenemos derecho a tener acceso en automóvil hasta el mismo punto de “besar el santo”. Si hiciésemos caso a esto, habría que construir, por ejemplo, un aparcamiento al pie del Naranjo de Bulnes –o del Everest- y un ascensor de cristal en una de sus caras para que cualquiera pudiese subir a la cumbre y disfrutar de una falsificación de la experiencia de escalarlo, sin tener que despeinarse.

Sabemos que por todo el planeta y sobre todo en los parques nacionales –incluyendo los españoles- existen áreas de reserva cuyo acceso está vedado al ciudadano común y reservado a los científicos en aras de la preservación de determinados ecosistemas o especies amenazadas de extinción.

Algunas áreas menos restringidas han adoptado un numerus clausus de visitantes simultáneos para evitar su degradación; y otras, como yo propongo establecer para esta zona costera, sólo obligan a aparcar el vehículo a una distancia calculada que obligue a desplazarse algunos kilómetros a pie, por senderos de tierra que no alteran el paisaje, a los verdaderos interesados en la visita. Este pequeño esfuerzo hace, por sí mismo, las veces de filtro en cuanto la intención del visitante, disuadiendo a los vándalos, reduciendo la masificación, protegiendo el espacio natural de forma sostenible en el tiempo, y mejorando, en consecuencia, la calidad de la visita, así como el éxito y rendimiento económico a medio y largo plazo de la oferta turística.

Varios acontecimientos recientes, como los que ya he mencionado, parecen indicar que estamos en el momento preciso para poner en valor este hermoso patrimonio que ha llegado casi intacto hasta nosotros, y obtener de él un rendimiento sostenible. Por fortuna, también ahora disponemos de los medios y el conocimiento para hacerlo correcta y responsablemente desde el principio. No desaprovechemos la oportunidad que se nos brinda.

*Rafael Saura es escritor. Puedes leer aquí la entrevista que Ferrol360 le hizo el pasado diciembre; aquí, su web personal.
Faro cabo Ortegal: «Bajo ese granito foráneo y puesto para la foto, cortado a máquina y por lo tanto más propio de un entorno urbano que de un espacio agreste, yace sepultado el suelo original de eclogita» (foto: Rafael Saura)

Faro cabo Ortegal: «Bajo ese granito foráneo y puesto para la foto, cortado a máquina y por lo tanto más propio de un entorno urbano que de un espacio agreste, yace sepultado el suelo original de eclogita» (foto: Rafael Saura)

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