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Oda a los abuelos ‘postizos’

Abuela Amparito y Papó
Abuela Amparito y Papó

MARTA CORRAL | O falar non ten cancelas | Sábado 2 febrero 2019 | 12:45

Cuando estaba en párvulos me mandaron dibujar a mis abuelos y los dibujé. Francisca, mi profesora, paró a mi madre ese mismo día en la puerta del colegio para decirle, alarmada, que había pintado seis abuelos y que, conociendo a mi familia, no le salían las cuentas. Que a ver qué era eso de seis abuelos que yo veía tan normal.

Mi madre le explicó que, para mí y mis hermanos, los abuelos de mis primos, Papó y Amparito, eran unos más. Así que sí, teníamos la suerte de tener tres abuelas y tres abuelos. Los Fernández García, los Corral Pena y los De Amallo Nogueira. Cuatro de sangre y dos postizos, como solíamos decir, irónicamente, porque siempre nos han tratado igual que a sus nietos de verdad.

Quizás tengo que justificar por qué estoy contándoos algo tan personal y lo haré enseguida. Tal día como hoy, 2 de febrero, día de la Candelaria, nació mi abuela Amparito hace 100 años. Con su lucidez intacta a pesar del peso de los días, ella nunca se imaginó llegar a vivir un siglo y menos después de que, en los ochenta, un oncólogo predijese -con gran acierto- que le quedaban solamente tres meses de vida.

Hablar de abuela Amparito me transporta a la niñez. A esos veranos eternos en Barallobre, a jugar al parchís, al sabor de la crema americana, al puré de verdura con picatostes y a los huevos encapotados. A trastear con la arquitectura de Alfonso XII. A las novelas de Agatha Christie, los partidos de tenis y los clásicos de Hollywood. Su marido, Papó, también era una de mis personas favoritas. De hecho, su adiós fue mi primera gran pérdida, la que me hizo comprender qué era, de verdad, echar de menos a alguien.

La vida de los abuelos es una lección gratis, una clase magistral que, en su caso, acabó enseñándome la generosidad y la templanza con la que uno se puede enfrentar a la muerte. Con su pitillo BN -fumaba de un modo elegante, al estilo de los actores de los 40-, echaba el día haciendo cholladas en casa mano a mano con mi abuelo Carlos y curtiéndose al sol (si cierro los ojos todavía puedo ver el contraste de sus empeines quemados y los dedos blanquecinos cuando se quitaba sus zapatillas de lona azul marino).

Aunque su condición de postizos no les obligase a ello, nunca escatimaron los besos y los abrazos, la paciencia con una niña redicha que lo preguntaba todo. No fallaron en ningún cumpleaños, en ningún santo. Quizás fui yo, soy yo, la que ha tacañeado demasiadas visitas. Además, fueron capaces de criar a una de las mejores personas que conozco, mi tío Pablo, el primero de la saga familiar en cumplir el 4 de enero. Bondad infinita.

Por eso ahora, hoy, cuando mi primera abuela llega a los 100 años (espero que los otros dos que me quedan hagan lo propio, siempre que sigan estando bien), quiero brindar por ella y por todos los abuelos, postizos o no, para que sepan que si me he convertido en la persona que soy ha sido, sin duda, por haber tenido la suerte de tenerlos en mi vida.

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